El pasado 28 de abril, se celebraron los actos conmemorativos del holocausto judío, en Jerusalén. El día elegido se lleva a cabo de acuerdo al calendario hebreo, que va por el año 5.872, y que es diferente a la fecha en que se celebra ese día en el resto del mundo, el 27 de enero, día en que el Ejército Rojo Soviético, liberaba el complejo de campos de concentración de Auschwitz en la Polonia ocupada por los nazis.

En ese acto, el primer ministro israelí, Naftali Benet aseguró que: “El Holocausto es un evento sin precedentes en la historia humana. Me tomo la molestia de decir esto porque a medida que pasan los años, se comparan más y más eventos severos con el Holocausto”. Así, Benet, que estima en 6 millones las víctimas judías del holocausto, ignora otros grandes genocidios, como por ejemplo el de los nativos indios en los territorios de EEUU, que según declaraciones del ministro de defensa de Bélgica en 2004, lo consideró como el peor genocidio de la historia. Se le olvidó decir, que al Rey Leopoldo de Bélgica se le atribuye, con documentación abrumadora, la muerte de más de 10 millones de congoleños, que no aceptaron la esclavización en su propio país. Tampoco se conoce mucho de las 10 millones de víctima chinas producidas por la invasión del Japón con sistemas de exterminio que escandalizaron a los propios nazis.

Benet también desprecia la mención a otras víctimas de los nazis, como los comunistas, los gitanos, o los homosexuales, pero sobre todo oculta el genocidio que el Estado sionista israelí realiza contra el pueblo palestino.

El 15 de mayo se cumplen 74 años de la Nakba, la “catástrofe” en lengua árabe, fecha en la que, interpretando unilateralmente la decisión de NNUU de crear dos Estados en Palestina, los dirigentes judíos sionistas decidieron proclamar el Estado de Israel, expulsando de sus tierras y de sus casas a unos 800.000 palestinos, que con sus descendientes suman más de 5 millones actualmente, y siguen viviendo en campos de refugiados, a pesar de que NNUU exige el derecho de que regresen a sus hogares y sus tierras o sean indemnizados adecuadamente.

Unas 530 aldeas palestinas fueron destruidas y sus habitantes huyeron o fueron asesinados por las nuevas fuerzas militares sionistas. El ejemplo trágico de esta política, fue Deir Yassin, pueblo palestino que algo más de un mes antes, el 9 de abril, fue asaltado y la mayoría de la población, la que no pudo escapar, fue asesinada.

El genocidio del Estado sionista de Israel contra el pueblo palestino no es algo del pasado, se está desarrollando todos los días mientras el mundo lo ignora. El Estado palestino, dentro del territorio que le asignó NNUU en 1948, sigue sin existir, por la negativa de Israel -con el patrocinio de EEUU-, que veta su reconocimiento en el Consejo de Seguridad. Diariamente, territorios teóricamente perteneciente a la Palestina árabe son ocupados por colonos judíos que roban las tierras, los cultivos, el agua a la población palestina y la sigue acosando a su vez para que no puedan cultivar, trabajar, comerciar, en el menguante territorio que les va quedando.

Todos los asentamientos de colonos judíos en territorio palestino son ilegales según el derecho internacional y se consideran crímenes de guerra. Al construir asentamientos, Israel comete violaciones masivas de derechos humanos contra la población palestina ocupada, incluidas demoliciones de viviendas, desplazamientos forzados y robo de tierras. Según el derecho internacional, los palestinos tienen derecho a utilizar la resistencia armada contra la ocupación militar israelí. Sin embargo, a diferencia del reconocimiento de legitimidad que se da a Ucrania para que se defienda del ataque de Rusia, armándola hasta los dientes, a la población palestina ocupada que se opone a la ocupación judío-sionista se le considera “terrorista”.

La guerra invisible e impune continúa matando palestinos
En mayo del año pasado, en lo que se denominó la Intifada de la unidad, las protestas que se generaron frente a las prohibiciones y restricciones de acceso a la Mezquita Al-Aqsa en Jerusalén, y a los desalojos forzados de familias palestinas en el barrio Sheikh Jarrah, generaron un respuesta de movilización palestina que trascendía su aislamiento territorial. Por un lado, la población palestina que está reconocida como ciudadanos de Israel (aunque sean de 3ª categoría y sufran la marginación del Estado, aunque suponen el 20% de la población), por otra parte, toda la Cisjordania, la Palestina ocupada y finalmente la Palestina de la Franja de Gaza. La respuesta del Estado sionista fue el arresto de unas 2.500 personas, el apaleamiento de palestinos en la calles, o los intensos bombardeos de la Franja de Gaza, durante 11 días, que dejaron más 250 personas muertas y miles de heridas, en un territorio donde 2 millones de personas están bloqueadas de hace 15 años.

La misma política represiva de la ocupación continúa sin disimulo en 2022. El coordinador especial de la ONU para el Proceso de Paz en Medio Oriente, Tor Wennesland, en su informe periódico al Consejo de Seguridad, el pasado 25 de abril, detalló que las fuerzas de seguridad israelíes asesinaron a 23 palestinos, entre ellos tres mujeres y cuatro niños, y fueron heridos 541 palestinos, incluidas 30 mujeres y 80 niños durante manifestaciones y operativos policiales. Los colonos israelíes, por su parte, cometieron 66 ataques contra palestinos, causando nueve heridos y dañando propiedades palestinas.

El pueblo palestino no se va a marchar de su tierra por más que lo hostiguen, el Estado sionista no puede asesinar a una población palestina que supera a la judía y que va a seguir luchando por su libertad. Las bases para la paz existen. Palestina acepta la convivencia con los judíos y su religión, pero nunca va a aceptar un Estado sionista opresor, donde los no judíos no son reconocidos ni tienen derechos. El pueblo palestino no está luchando contra el judaísmo, sino contra una corriente política racista y de extrema derecha que se llama sionismo.

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