Querido Juan,

Hay momentos en que me gustaría creer que existe otra vida después de ésta. Me pasa cada vez que os vais alguno de los míos. Si así fuera, que dejara de ser ateo quiero decir, e incluso creyera en cielo e infierno, te imaginaria pululando entre nubes con un pliego en la mano para recoger firmas contra los abusos de los arcángeles y la abolición del mismo dios. O tal vez, exigiendo que las calderas de Pedro Botero, tengan un horario más acorde con las necesidades humanas y la conciliación laboral. Vamos, algo así como lo de la función única y el día de descanso. Si se consiguió aquí, ¿por qué no intentarlo en el más allá?.

También te oiría despotricar cuando a algún querubín despistado, se le ocurriera ponerte un plato de aceitunas en la mesa del café, porque digo yo que, puestos a fantasear, en ese paraíso de los cómicos donde estarías, tiene que haber bares y cafés. ¿Dónde si no se iban a hacer las tertulias, buscar trabajo, inventarse historias, aprender de los compañeros, o, simplemente, poder explicar que tu odio a las olivas viene de tantas que tuviste que recoger de crío? Claro que, si se tratara de una querubina, o mejor aún, diablesa, ya te encargarías tú de bajar el volumen de la vehemencia y, si acaso, darle fuego con tu mechero amarillo, siempre amarillo, cuando, acabado su turno, la invitaras a tomar una copa en Bocaccio.

Te vería reunido con la Santísima Trinidad, reprochándoles a los tres miembros de la cúpula que, por mucho que se las den de accesibles y campechanos, siempre acaban por juntarse con la élite y, como ya hiciste con Felipe González, les retarías a bajar a la tierra e ir a ver cómo se las apañan para salir adelante en tu pueblo, en Bormujo. Aunque igual te pasa lo mismo. Cuando el entonces presidente ajustó una fecha para ir, resultó que coincidía con que ese día tenías doblaje y le dijiste que se buscara otra. Y es que tu trabajo siempre ha tenido más valor que lo que puedan hacer los poderosos. Lo tuyo trata de la emoción. Lo de ellos, de otra cosa bien distinta. Por eso tu nombre quedará por siempre y para siempre unido, al amor a la vida.

Así que mi querido amigo, mi entrañable compañero, en ese mundo donde te imagino, salúdame a mis padres, a Omarcito, al maestro Mario, a Terele, a Ágata, a mi tío Damián, a Sanchito, al Aute y a tantos y tantas queridos y queridas. Pero, sobre todo, como os conozco, no vayáis a empezar a rodar sin mí. Esperadme porque esa película sí que no me la pierdo.

Eso es lo que me gustaría, pero va a ser que no. Así que mejor descansa en mi corazón, vive en el recuerdo de los personajes que has colmado de cariño y dignidad y sigamos manteniendo firmes las ideas.

Ya sabemos lo que pasa cuando se cree en dioses. Para que existan seres superiores, por regla de tres, tiene que haber otros inferiores. Y eso no nos ha gustado nunca.