“Sólo es verdad lo que sucede
cada trescientas noches”
«Ficciones», Jorge Luis Borges

La encriptación o cifrado es un mecanismo de seguridad que permite modificar un mensaje de modo que su contenido sea ilegible, salvo para su destinatario. Hoy en día el término está muy en uso por cuanto suele referirse a encriptación informática. Pero el cifrado de mensajes es muy antiguo, así el primer “documento” cifrado, o encriptado, que se conoce es una tableta de arcilla del siglo XVI a.C. que se encuentra en Iraq. Un alfarero dejó grabada una receta secreta suprimiendo las consonantes y alterando el orden de las palabras.

No obstante, el campo en el que más desarrollo e importancia ha tenido el cifrado de mensajes ha sido en el ‘arte de la guerra’. El nazismo sofisticó ‘Enigma’, una máquina patentada en el primer cuarto del pasado siglo para sustituir caracteres por otros según un código secreto. Y creyeron que era inviolable. Pero el equipo del polaco Marian Rejewski, que colaboró con el del británico Alan Turing (considerado el padre de la informática) consiguió hackearla. Sin duda fue una hazaña fascinante que inspiró libros y películas como Enigma (2001) o The Imitatión Game, (2014), pero también sabemos ahora que durante años dejó de lado el relato de una parte igualmente importante de quienes trabajaron en ese proyecto: el grupo de siete españoles exiliados que pertenecían al servicio de inteligencia de la Segunda República, comandados por el criptógrafo vallisoletano Antonio Camazón.

Faustino Antonio Camazón Valentín, nacido en Valladolid en 1901 y gran aficionado a las matemáticas, se estrenó como criptógrafo en el norte de África en busca de Abd el Krim. Dominaba cuatro idiomas y llegó a conocer hasta doce, incluido el japonés. Durante la Guerra de 1936/39 trabajó descifrando mensajes para los servicios de inteligencia de la Segunda República, fue jefe de los servicios técnicos del Departamento Especial de Información del Estado (DEDIDE) y del Servicio de Información Militar (SIM); estuvo en el frente del Ebro y en Tardienta (Huesca). Ya entonces tuvo noticias de la máquina criptográfica ‘Enigma’, pues los alemanes habían proporcionado algunos ejemplares a la Legión Cóndor que ayudaba a los sublevados españoles.

Al acabar la guerra fue a parar a un campo de concentración para los exiliados españoles. Durante su estancia consiguió filtrar una carta con la ayuda de los basureros a los servicios de inteligencia franceses, conocido como ‘Deuxième Bureau’ y dirigido por George Bertrand, quien ya sabía que en Polonia se había recurrido con éxito a matemáticos para descifrar mensajes y replicar ‘Enigma’, por lo que decidió incorporar al grupo español a sus servicios. Bertrand regularizó la situación de estos siete republicanos exiliados españoles para que entraran en ‘Bruno’, el «templo secreto» situado en el castillo de Vignolles, al noroeste de París.

Pero este equipo internacional criptográfico tuvo que emigrar tras la invasión de Francia cuando el mariscal Pétain firmó en junio de 1940 el armisticio con Hitler. Se desmanteló el puesto ‘Bruno’ y el equipo formado por Bertrand de criptólogos polacos, franceses y españoles acabó finalmente en Argel, hasta donde Camazón pudo llegar gracias a su falsa identidad, a nombre de André Magnol, y donde se estableció con el resto del equipo bajo la tapadera de un almacén de pescados. Con todo, los matemáticos polacos y el equipo español, en colaboración con Turing consiguirían hackear la máquina ‘Enigma’, construyendo réplicas y las primeras computadoras para descubrir los cambiantes códigos de encriptación.

Al acabar la II Guerra Mundial, Camazón volvió a Francia y acabó jubilándose en los servicios secretos franceses, por cuya labor sería condecorado. Trabajó en el ‘Deuxième Bureau’ en el Ministerio de Asuntos Exteriores como experto en Latinoamérica y España; ahí se enteró de que los servicios secretos británicos y norteamericanos habían impedido varios atentados contra Franco. Antonio Camazón recibió ofertas de otros servicios secretos, pero siempre quiso mantener su fidelidad por Francia, que tanto había hecho por él y sus compañeros.

Volvió a España en 1968 a través de Canfranc y se estableció en Jaca, donde vivió discretamente y falleció en 1982. Descansa junto a más de 300 republicanos en el cementerio municipal. A día de hoy, el grupo polaco sí ha sido reconocido en su país, pero en España no hay nada que recuerde su gesta.