Decía el bueno de Julio que estos son tiempos de disyuntiva. El punto de partida necesario, en la actual coyuntura política, debe ser, ciertamente, el propio de la duda metódica brechtiana. La interrogación sobre quién delinque más, el que funda un banco o el que lo desvalija. O, si prefieren, en clave ibérica, qué resulta menos aceptable: la apropiación indebida de la banca en forma de deuda pública o los colaboracionistas que arman y hacen posible tal posibilidad. Soy de la idea que los más peligrosos en tiempos de ascenso del neofascismo son los colaboracionistas. Acabo de leer las memorias de Toni Negri y no me cabe duda que la estrategia del terror contra el poder obrero, contra la insurrección de las clases populares se sostiene siempre gracias a estos operadores imprescindibles, o en argot jurídico, de estos colaboradores o encubridores necesarios. Sea los aparatos parapoliciales del Estado, las cloacas, o los medios de representación informativa, cada vez más, merecidamente descalificados como la canalla. Y es que, como decía Vázquez Montalbán, en el mundo al revés el lujo es un derecho y los derechos sociales un lujo. Ya lo anticipó Marx, en los Grundrisse, en la línea de lo que Weber cuestionaría, no hay principio de acumulación sin despojo y cierta renuncia propio de la ética protestante del capitalismo. Así, afirma Marx, “el culto del oro tiene su ascetismo, sus renunciaciones y sacrificios: el ahorro, la frugalidad, el desprecio de los gozos terrenales, temporarios y pasajeros en la permanente búsqueda del tesoro eterno”. Pero no viene al caso recordar el discurso contra los PIGs del protestantismo holandés o la tóxica presencia en nuestra cultura barroca del puritanismo anglosajón. Conviene más bien, con la que viene cayendo, pensar en el discurso del vellocino de oro proveniente de Bruselas, tanto como el dinero imaginado que brilli brilli en las pantallas de la licuefacción digital desde la debida ironía o necesaria distancia crítica como dispositivo de resistencia, pues solo el humor o, como dice el bueno de Alcaraz, el rumor de los muros nos pueden arrojar luz en la actual ceremonia de la confusión.

En su film El Capital, de 2012, el maestro Costa-Gavras aborda la abstracción de la forma dominante de relación y su principio de universal equivalencia y lo hace comenzando con una secuencia sobre lo contingente de la vida de los protagonistas, cuando un gran magnate, aquejado de un mal, muere y ello permite al actor principal asumir el cuadro de mando de la multinacional. En palabras de la promoción de la película, somos esclavos del Capital. Nos tambaleamos cuando cae y nos regocijamos cuando triunfa. La lógica del swing, la inmanencia del intercambio y el azar, la ley de hierro del orden que nos define el relato periodístico del monopolio informativo sobre lo que decir y pensar tiende a desorientarnos en el eterno retorno de la nadería hasta el grado de terminar entonando el himno de la legión. Bien lo ilustra la serie “Los favoritos de Midas”, inspirada en el relato corto de Jack London ‘The Minions of Midas’. De 1901, del XIX al siglo XXI, la lógica del Capital no ha variado: opera por chantaje. En el guión de Mateo Gil, el protagonista es el sistema, la lógica abstrusa de la corrupción moral de los actores sociales como norma. La misma racionalidad que acaba con la vida de quienes cumplen con el deber: sean policías (Willy Toledo) o periodista comprometida (Mónica Báez). En otras palabras, el dilema moral es desbordado por la deriva estructural del Capital: integración o muerte. Para ello, es preciso, como demanda el primer mensaje, eliminar todo escrúpulo ético. Desnudez, medio y angustia, esta es la clasificación de una lógica discursiva que nos confronta, en clave española, al devastador reclamo de la muerte porque, en efecto, el Capital mata, se alimenta de cadáveres y se proyecta espectralmente, de forma fantasmal, de ahí el anonimato de las sociedades anónimas. En ese escenario, el telón de fondo de la violencia en Europa, más allá de Ucrania, es la dialéctica de la guerra de clases y el miedo como parálisis de la putrefacción de la historia. La puesta en escena es la escena de representación del juego del Capital, su deriva sistémica por la que deambulan personajes secundarios, como la limpiadora del hogar de Víctor Genovés (evocador apellido), que interpela al protagonista indicando que cuando uno se instala se instala, se ancla, frente a la tendencia cosmopolita del modo de vida de las élites económicas. No olvide el lector que el grupo Malvar, como sucede sistemáticamente en la vida real, es un imperio mediático, no casualmente, sujeto a dinámicas especulativas y su cotización en bolsa. Frente al imperio de estas corporaciones, el individuo no es nada sin el grupo, pero es él quien toma las riendas de su vida y el que decide si quiere luchar solo, o en equipo. Jack London siempre estuvo muy interesado en el estilo de vida de los ricos, y en esta historia ideó un grupo anarquista llamado «Los esbirros de Midas» (los «sicarios» que eligió Borges, los «favoritos» en la serie). El cuento muestra lo poco que se valora la vida por ambas partes: por un lado, «Los sicarios» no muestran ningún remordimiento por las víctimas inocentes que matan para presionar al millonario, que a su vez, impertérrito, no cede ante nada. El cuento es el dominio de las cuentas proyectado socialmente en forma de distopía impuesta por el darwinismo social.

En la narrativa de esta miniserie, quedan evidenciadas las lógicas conectivas (de Kabul a Madrid, del periodismo al poder económico, del capital especulativo y los trabajadores expropiados, del amor y la guerra, del poder y el deseo) como se nos muestran las prevalecientes dinámicas disyuntivas (entre lo personal y lo político, entre vida y subsunción, entre familia y propiedad privada, entre, en definitiva, lo instituido y lo instituyente) con las que debe confrontarse los actores en la trama que se nos cuenta. Desde este punto de vista, el thriller es la suspensión de la historia, la tensión dramática no resuelta, salvo de forma violenta, como violencia es la lógica normativa de la moneda, según explicara Michel Aglietta. En definitiva, la bolsa o la vida. Vuelta al mundo como ópera de los tres centavos, en este caso in memoriam de César de Vicente Hernando.