He participado en la última reunión de Comité Central del PCE antes de retirarme. Ha sido una reunión telemática, no “presencial”, como se dice ahora. Pensaba lanzar un mensaje sencillo de despedida, hablando de cuarenta y tantos años de militancia en ese órgano, pero al final no he dicho nada. No veía un ambiente propicio. Total, alguien que se despide. No tiene mayor importancia.

Fui elegido a principios de la democracia y en la defensa que se hizo desde la tribuna sobre mi propuesta se dijo que yo provenía de una provincia, Jaén, donde había registrados siete mil militantes (recomiendo Comunistas en tierra de olivos, de Luis Segura).

A Jaén se entra llorando y se sale llorando. La Universidad de Granada me mandó como profesor de lingüística al recién creado Colegio Universitario de Jaén, que poco después se convertiría en universidad. Frente a Granada, donde yo había vivido hasta entonces (allí me nacieron), Jaén tenía un ambiente especial, por eso hablábamos de que era algo así como Macondo. Uno se decía al principio que nada se le había perdido en aquella tierra de paso que, eso sí, le había quitado el sueño al dictador por la fuerza de su sentido de clase. Pero al final era difícil, precisamente por la gente, buscar un motivo de despedida para dejar aquella tierra de olivos. Inolvidable.

Si intentara reducir los distintos debates del Comité Central a uno, destacaría de inmediato el debate permanente, a partir de las primeras elecciones, de la disolución del partido. El debate entre renovadores y (¿qué denominación utilizar?) oficialistas. Un debate con las fronteras abiertas, sobre todo para el paso hacia las filas renovadoras, aquellos excamaradas que solían perder los debates en el interior del partido y ganarlos fuera, en los medios de comunicación. Eso sí, tras cada crisis todo se partía, y quedábamos la mitad, y después la mitad de la mitad.

Tras las elecciones del 82, y sus resultados, consecuencia en parte de nuestra lucha divisiva (los diputados electos cabían en un 600 y sobraba sitio), la respuesta fue distinta, como diferente era la política de alianzas que preconizaba Carrillo, por ejemplo, o Iglesias y los demás, de otro lado. Carrillo encaminó el eurocomunismo no a un frente amplio, alternativo, en cuyo seno siguiera la existencia plena del PCE, sino a suturar el descosido de 1920, regresando a la casa común. De otro lado se teorizó, muy en línea con nuestra cultura, la necesidad de una política de convergencia, tal como aprobó el Comité Central.

Los primeros en materializar aquella política de unidad fuimos los comunistas andaluces a través de Convocatoria por Andalucía. En un mitin de más de veinte mil personas en la plaza de San Francisco de Sevilla, el 28F de 1984, dijimos que el PCA solo no podía y que se trataba de compartir candidaturas y programas. Intervinimos Julio Anguita y un servidor.

Cuatro años después Julio Anguita, en la senda de Pepe Díaz y Pasionaria, dirigía desde la silla principal del Comité Central un partido que se aprestaba a reproducir las extensiones y travesaños de clase del Frente Popular.

El debate sobre Maastricht no solo nos dividió sino que fue un impacto muy serio contra la soberanía popular y la posibilidad constitucional de organizar nuestro propio futuro. Aquella Constitución del 78 no era ya la misma, ni la Transición en realidad había sido como la contaba la versión oficial. Por eso, al preparar el discurso de la fiesta, dijimos que nos separábamos de aquel patriotismo lleno de resonancias franquistas, de transformaciones encubiertas, en torno al liderazgo de un rey taumatúrgico, al que pronto se le quedaron pequeños los bolsillos.

Mientras tanto en Italia, tras la muerte de Berlinguer, se disolvía el histórico PCI y Achille Ochetto, con las orejas gachas, les comentaba a los dirigentes de la Internacional Socialista que quizás se habían equivocado al romper la casa común en 1920.

No leímos bien en primera instancia todas las consecuencias que se podían derivar de aquella masiva autoconvocatoria de la izquierda sumergida el 15M del año 2011. Pero después allí estábamos, junto al resto de componentes que, a través de la consecución de cinco millones de votos, hicieron temblar al sistema, y supieron poner al régimen bipartidista del 78 ante un espejo (uno de los espejos deformantes del Callejón del Gato). Nosotros, los comunistas, habíamos comprendido que no sabíamos retroceder ni había ya sitio adonde hacerlo.

Chile seguía tejiendo el gran cañamazo de su frente amplio, en sintonía con Uruguay, por ejemplo. Francia, años después, sabía enhebrar los perfiles de una nueva unidad popular, que podía servir de referente en gran parte de Europa. Y nosotros nos dispusimos a colaborar en la conquista organizativa, política e ideológica de un frente amplio. No sin dudas, no sin nuevas divisiones, pero con la conciencia clara de que era el único camino.

Tal vez tenía que haber dicho algo como esto en mi último Comité Central. Pero no lo hice. Quizás mejor así, para que nadie pudiera pensar que me aprovechaba de un tiempo histórico que es de todos. Ustedes perdonen.