“Todo ha quedado atado y bien atado”, dijo el dictador fascista Francisco Franco cuando nombró a Juan Carlos I futuro rey de España.

El poder económico, el poder político y el poder mediático, se encargan desde siempre, desde el dominio casi absoluto del capitalismo en el mundo, de crear una realidad ficticia que oculte la realidad cotidiana que vive la mayoría de la población.

Esta realidad que inventan los poderosos minuciosamente y con un envidiable rigor y entusiasmo, responde, naturalmente, a sus intereses y disimula cuando no niega, la injusticia esencial en que se basa el sistema que defienden.

La guerra de Ucrania es un ejemplo. Los medios, el gobierno y la derecha convierten la complejidad del conflicto en un cuento para niños, en una pelea entre buenos y malos. Los buenos son los ucranianos invadidos y los malos los rusos invasores. Putin es el nuevo enemigo público número 1, el único culpable perverso de la guerra. Nada sobre el origen de la guerra, nada sobre la participación decisiva de EEUU y la OTAN.

Por supuesto, nada sobre otras guerras tan crueles y aborrecibles como ésta. Nada sobre la invasión y genocidio continuos de Israel sobre el pueblo palestino, nada sobre el bombardeo atroz y permanente sobre el Yemen.

No se trata de justificar la injustificable invasión rusa, ni la culpabilidad de Putin. Se trata de reclamar el derecho de estar bien informados, para tener una opinión adulta.

Pero claro, si fuera así no podríamos aceptar la sumisión del gobierno español y de otros gobiernos europeos y de la misma Unión Europea, a las órdenes estadounidenses.

Por eso, por esa desinformación que no es ni involuntaria ni casual, Pedro Sánchez puede asegurar un día que no enviará armas a Ucrania y al día siguiente anunciar el envío de armas a Ucrania. Como si fuera un cambio propio de opinión y no una orden de la OTAN.

Donde manda el rey, no mandan los súbditos

El rey emérito huido ha vuelto. Liberado por la justicia, que de ningún modo es igual para todos, de los delitos, presuntos delitos, perdón, cometidos en la acumulación de una riqueza sin explicación, regresó sin culpas ni cargos.

La derecha, que la corrupción no le altera los nervios ni lo más mínimo, insistió en el cuento que junto a los medios y los políticos de entonces, todos, al menos los del bipartidismo y los que participaron en la inmodélica Transición, elaboraron después del 23 de febrero, para galardonar a Juan Carlos con la medalla de salvador de la democracia. Supimos años posteriores, gracias a varias investigaciones responsables y muy poco difundidas, que el papel del rey Juan Carlos, no fue ese ni mucho menos. Todo lo contrario.

Pero claro, si hubiéramos sabido la verdad en ese momento, se desmoronaba uno de los pilares del sistema.

Cómo será que hasta el mismo gobierno “progresista” de Pedro Sánchez, se unió al PP y a Vox para que el Congreso no investigue las múltiples denuncias que pesaban sobre el susodicho.

Donde dije derogar digo modernizar

La reforma laboral del PP (antes hubo una del PSOE, no olvidemos) es un instrumento fundamental para el dominio de los empresarios sobre los trabajadores. Así lo entendieron distintos miembros del gobierno y por eso prometieron (pueden prometer y prometen, total…) derogarla dado el progresismo que los impulsaba.

La realidad A, sin embargo, los sorprendió pactando con los empresarios y los sindicatos mayoritarios. ¿Y qué pasó? Pasó que el consenso dejó la derogación para tiempos futuros, muy futuros. Y todo quedó en algunos retoques, más para la galería que para otra cosa. El economista Daniel Albarracín (otros también) demostró –en un artículo en Público- que esas reformas de la reforma no significan ni mucho más empleo ni una mayor estabilidad.

Entonces frotaron la lámpara de la realidad B y lo que realmente fue una claudicación ante el poder económico se transformó en una victoria obrera. En “un día histórico para los trabajadores” dijeron. Los empresarios y la derecha política que aplaudieron la decisión del gobierno, no se enteraron de que habían perdido. Son así de despistados.

El que no cambia todo no cambia nada

El neo-reformismo vigente, aunque se ponga ropa progresista, solo aspira a lavarle la cara al capitalismo, es decir es conservador de un modo de vida que acepta inamovible, que no se toca, que no se discute, que no se puede. Solo la izquierda trasnochada y antigua no entiende que esto es lo que hay, que la realidad es la que es y que si pretendemos cambiar la sociedad por otra mejor, justa y democrática, lo que conseguiremos es que vengan “los otros”. Como si los otros no estuvieran donde siempre.

A ellos siempre les quedará París

A las clases populares siempre les queda la lucha. Y como parte de esa lucha pensar la realidad desde otro punto de vista que no sea el de los opresores, el de la realidad B.