El contador de historias comenzó: -Ezequiel nunca se pudo imaginar que aquella discusión con los dos muchachitos le costaría la vida. Ezequiel vivía como los pajarillos y no se metía con nadie, porque a su edad no hace falta meterse con nadie, ni comer demasiado. Ezequiel pasaba inadvertido, como un cero a la izquierda, y se contentaba con muy poco.

La chica Rosenberg quiere saber con qué se contentaba Ezequiel y lo pregunta.

-Me figuro que con un techo, un poco de comida, bebida y respeto. Eso es lo mínimo para ir tirando -le respondió el contador de historias.

-¡Ah! -contestó ella-. Entiendo. ¿Y qué le pasó?

-Todo a su tiempo -añadió el contador de historias-. Cada cosa a su momento. Verás, Ezequiel encontró un coche robado, sin ruedas, aparcado en la calle Molino de Viento, no lejos de la Corredera Baja, cerquita de la calle Escorial y decidió que aquello sería su casa. Quitó los asientos delanteros y los puso mirando al revés, luego tapió las ventanillas con cartones y se echó a dormir. De todas las casas que había tenido hasta ese momento, aquella era la mejor. Allí no molestaba a nadie y nadie le molestaba tampoco. De modo que decidió trasladar las bolsas con sus pertenencias y se instaló.

La chica Rosemberg formuló otra pregunta.

-¿Bolsas con pertenencias?¿No habías dicho que no tenía nada?

Todo el mundo tiene algo, ¿entiendes? Ezequiel poseía tres grandes bolsas con ropa que había ido recogiendo por ahí.

-Está bien. Puedes seguir, si quieres.

El contador de historias reanudó el cuento.

-En una de las bolsas había una carpeta pequeña, azul, con sus papeles. A saber: cartilla militar del Quinto Regimiento, fechada en 1938, cartilla de la Seguridad Social donde ponía que era vagabundo, una polvera de plata con la fotografía de una señorita en la tapa con el cabello largo y rubio ceniza y la nariz y la boca grandes. Además, el carné de identidad y una carta de su madre fechada en 1938 y enviada a su nombre, a la Segunda Compañía del mencionado Quinto Regimiento, apostado en Teruel.

-¿Nada más?

-No, ya no tenía nada más.

-Sigue, por favor. No tengo mucho tiempo.

-Bueno, como digo, Ezequiel era feliz a su manera. A veces sacaba del coche el sillón delantero y se sentaba en la calle a tomar el fresco y a beber vino de los tetrabricks que se compraba en la botillería de la esquina. Cualquiera que pasase por allí podía verlo mascullando frases y hablando solo. Parece que Ezequiel, de joven, había sido un gran hablador y, ya de viejo, seguía siéndolo.

-¿Y qué decía si se puede saber?

-Sospecho -contestó el contador de historias- que rebatía argumentos y completaba frases de viejas discusiones. De eso habla la gente cuando está sola. De las cosas que no dijo en su momento.

-Te inventas las historias, últimamente no me gustan nada tus historias. A ver si te aplicas más.

-Se hace lo que se puede. ¿Puedo continuar?

La chica Rosenberg suspiró y puso cara de escuchar con atención.

-Continúa, venga.

El contador de historias sabe que las interrupciones no son buenas, pero la chica Rosenberg tiene las piernas como las señoritas que montan a caballo en los circos, y tampoco tiene a nadie más para que le escuche, de modo que continúa sin más.

-Todas las mañanas, al levantarse, Ezequiel iba para la botillería y se compraba cuatro tetrabricks de tinto, una pistola de pan, una lata de foagrás y medio kilo de tomates maduros. El primer litro se le terminaba hacia las doce, el segundo a las tres y luego el tercero y el cuarto le duraban hasta que caía dormido. Casi siempre, el tercero y el cuarto se los terminaba dentro del coche, o sea, de su casa. La comida se la repartía poco a poco, sin prisa.

-¿Y así todos los días?

-Sí, todos los días, en invierno y en verano, siempre hablando consigo mismo, siempre echando tragos del tetrabrick. Así hasta que…

-¿Ahora viene lo interesante?

-Sí, ahora viene… Bueno, una noche, Tomás y su hermano Charli se encontraron a Mercedes en el bar de Rosa, ahí en la plaza del Dos de Mayo. Mercedes se había escapado de su casa en Tomelloso para pasárselo bien en Madrid y se hacía llamar Vanesa, tenía dieciséis años y enseguida se quedó encantada con los dos hermanos. Eran guapos, se peinaban hacia atrás con mucha agua y hablaban la mar de bien. Creyó estar viviendo un sueño. Aquellos chicos tan guapos, tan elegantes y tan finos se habían fijado en ella. Y al subir al coche sufrió un pequeño shock, ¡vaya coche!, era grande, olía la mar de bien y no se escuchaba el motor. La llevaron a la calle Molino de Viento y allí aparcaron el coche. Tomás empezó a besarla, sabía cómo besar a las chicas, cómo tocarlas con suavidad y su hermano Charli, detrás, también empezó a tocarla bajo la falda. A Mercedes, al principio, le gustó, nunca le había pasado una cosa así. ¡Nada menos que dos chicos tan guapos, guauuu! Pero poco a poco empezó a sentirse mal. Los dos hermanos actuaban como si pulsaran botones de una radio.

Mercedes empezó a llorar y quiso salir del coche, pero no la dejaron. Y dicen que Ezequiel se despertó en ese momento y comenzó a dar voces y a insultar a los chicos. Conociendo a Ezequiel, no me extraña nada, el viejo era de la vieja escuela y no podía permitir que dos hombres molestaran a una chica. Estoy casi seguro que golpearía el capó del Mercedes y exigiría que la chica se fuera y hasta juraría, tan seguro estoy, que retaría a los dos mozalbetes.

Mucho más tarde, Tomás y Charli le contaron a la policía, en presencia de su abogado, que Ezequiel les amenazó de muerte con una navaja y que se asustaron mucho, porque creyeron que era un ladrón. Uno de esos que pululan por el barrio. Explicaron que cuando la chica salió corriendo, ellos, de común acuerdo, decidieron quemar la chatarra para que el viejo se jodiera. Claro, no sabían que Ezequiel estaba dentro, durmiendo la borrachera, no querían abrasarlo. Por lo menos dijeron eso.

Y Ezequiel se quemó entero, se achicharró. No pudo salir, a lo mejor ni se dio cuenta.

-¿Qué sabíamos nosotros? -dijeron los dos hermanos-. Creímos que se había ido con la putilla aquella.

Y quedaron libres.