El PSOE acaba de celebrar los cuarenta años de permanencia oficial de España en la OTAN señalando que la alianza “es crucial para la seguridad de Europa y para el orden mundial”. Si el anuncio de convertir Madrid en sede de la próxima cumbre de la OTAN ya me había provocado serios problemas digestivos, el tono atlantista, belicista y palanganero del PSOE en las últimas semanas me ha transformado la úlcera en profunda mala hostia. Por supuesto, el partido del régimen no demuestra nada nuevo.

En junio de 1980, durante su primera visita a España, Jimmy Carter tuvo especial interés en reunirse con Felipe González, aquel chico que recibía financiación de Washington a través de las fundaciones socialdemócratas alemanas. El presidente estadounidense quería conocer de primera mano qué cambios habría en España en el caso de que los socialistas gobernasen y cuál sería el futuro de las bases militares estadounidenses en el país. Tras el encuentro, el político sevillano aseguró que seguía siendo contrario a la entrada en la alianza, aunque dejó bien claro que la OTAN era necesaria frente al Pacto de Varsovia, obviando (no por casualidad) que el Pacto de Varsovia había nacido para defenderse de la OTAN y no al contrario. Por contra, Tierno Galván, alcalde de Madrid en aquel entonces, se negó a participar en el acto de entrega de las llaves de la ciudad a Carter y señaló: “Parecería una nueva rendición de Breda”.

EE.UU. pretendía incorporar a España en la OTAN a toda costa, aunque chocase con las claras reticencias existentes en los partidos políticos y la sociedad. La pretensión de neutralidad y no adhesión a la alianza le costó a Adolfo Suárez (UCD) el golpe de Estado del 23-F. Su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, corrió a solicitar la adhesión once meses más tarde, haciéndose efectiva el 30 de mayo de 1982, a pesar de que el 52% de la ciudadanía se declaraba contraria a la adhesión y solo un 18,1% se mostraba favorable. Entre los votantes del PSOE, el rechazo ascendía a un 74% y un 82,2% exigía un referéndum, donde el 71,7% aseguraba que votaría en contra.

El 29 de octubre de 1981, Felipe González clausuraba el XXIX Congreso del PSOE enumerando los motivos por los que su partido se oponía a entrar en la OTAN, basándose en el documento “50 razones para decir no a la OTAN” que había elaborado Javier Solana. En esas mismas fechas, el PASOK de Andreas Papandreou también practicaba el timo del tocomocho y obtenía la mayoría absoluta en Grecia con un programa que incluía la salida de la OTAN y la CEE. Cinco meses después de la entrada oficial de España en la OTAN, el PSOE se presentó a las elecciones generales con una campaña donde popularizó el eslogan de «OTAN de entrada, no», obteniendo la mayoría absoluta más aplastante conocida en democracia. El gobierno de González tardaría cuatro años en cumplir su promesa de celebrar el referéndum sobre la permanencia en la alianza. Bajo el eslogan de “Vota SÍ, en interés de España”, el PSOE se quitaba definitivamente la careta y arrastraba a su electorado. Los gastos originados por la campaña del referéndum ocasionaron al partido una deuda histórica de 11.300.000 euros que el partido arrastraría hasta que varios bancos se la condonaron por arte de magia en 2006, con José Luis Rodríguez Zapatero en la presidencia del gobierno.

Cuando en 1991 estalló el escándalo de los ejércitos clandestinos y anticomunistas de la OTAN en toda Europa, conocidos como Gladio en Italia, el gobierno español aseguró que nunca había existido una sucursal española, «ni antes ni después» de su entrada en la alianza. Pero durante la votación de una resolución de condena en el Parlamento Europeo, varios diputados del PSOE se ausentaron del hemiciclo para no votar y otros lo hicieron en contra, a pesar de que la resolución estaba apoyada por el Grupo Socialista europeo. En 1995, Solana era elegido secretario general de la OTAN y, en 1999, ordenaba bombardear Yugoslavia. Y así hasta hoy.

Ojo. El PSOE no practica el travestismo político, siempre ha cumplido los cometidos que le han sido encomendados. Otra cosa es que sea capaz de engañar a alguien..

— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?