Cuando estábamos al límite de nuestra salud mental, al borde de asumir una lesión psicológica de manía persecutoria, resulta que era verdad, que no éramos “conspiranoicos”, sino que la conspiración existía.

Y ha sido como siempre, a la hora de justificarlo todo: la estrategia se ha operado por razón (de estado) de un bien supremo a proteger: la patria, ese refugio de canallas, esa entidad por la que no vale la pena derramar ni una sola gota de sangre, rechazando de manera incluso visceral esa eslogan aún vigente, inventado en la etapa más negra de este país lúgubre: Todo por la patria, que desde jóvenes, refugiándonos en el sentido del humor (quizás acompañado por un escalofrío de miedo), hemos trocado en: Todos por la tapia.

Es decir, nos habíamos refugiado en la novela, y más específicamente en la novela negra, a la hora de detallar el entramado de elementos que pueden confluir en la existencia de una policía patriótica que opera, que conspira, que monta una trama contra alguien. Que logra organizar una trama contra alguien en la que coinciden como piezas complementarias policías, jueces, políticos y periodistas. Y en la que figura como estructura determinante el mantenimiento del poder por una serie de grandes intereses. En este caso el poder, ya muy astillado y pútrido, del llamado régimen del 78.

En el caso de Julio Anguita no lo pudimos demostrar, y se reían de nuestra imaginación literaria. Estábamos locos, delirábamos. Pero Julio recibía una presión por tierra mar y cielo con fuerza de infarto, con fuerza de tres infartos, para ser más específicos. El problema de Julio (del PCE y de IU) no era otro que haber dado la impresión de que podía crear hegemonía a la hora de marcar una alternativa al bipartidismo y a la España atada y bien atada del Caudillo, que desarrollaba una democracia formal higiénica y apacible, derivada de la modélica Transición. El problema real de Julio es que se apoyaba en una gran organización. Se ha hecho famoso el hat trick anguitiano: Programa, programa, programa. Pero se ha disuelto por el camino lo que todos sabíamos que había que repetir después: Organización, organización, organización. Porque sabíamos que de otra manera no se podía crear hegemonía al gramsciano modo.

En el caso de Podemos, como trasunto organizado del 15M, su pecado mortal radicaba en el hecho de haber llegado a conseguir, junto a otros, cinco millones de votos. Ese día el sistema bipartidista, y al mismo tiempo el Estado borbónico, temblaron. Temblaron, se echaron agua en el rostro, se llamaron entre ellos, y organizaron la respuesta. Quizás la sobreexposición de Pablo Iglesias nos jugó a todos una mala pasada, junto al rechazo de una especie de prepotencia, que le hacía escupir por el colmillo con un gesto a lo Mackie el Navaja, y con audacia infantil gritar aquello de que el poder consistía en asaltar los cielos, como le dijo Marx a Kugelmann a propósito de la Comuna de París (ver las cartas del Moro). Pero el caso es que todos nos confiamos y cedimos, en el momento en que Mackie necesitaba hacerse el héroe y abandonarlo todo: perdía el cargo y perdía el espacio político, pero ¿y el gesto? Los demás perdíamos mucho más y ni siquiera conservamos esa sinceridad inteligente que a veces le da por reconocer las derrotas. Las derrotas de todos. Las victorias de la trama, que parecía inexistente.

Y de pronto la trama en mitad del escenario. Obscenamente desnuda y natural, superando cualquier novela, superando incluso el color triste, solitario y final del negro. ¿Y ahora qué hacemos? ¿Cómo se extirpa la trama? ¿Hasta dónde llegan sus ramificaciones, sus raicillas? ¿Cómo luchar contra el lawfare, los bulos, el periodismo (pútrido) de estado, la política de los políticos de mercado? ¿Ha llegado la metástasis incluso hasta nosotros?

No estábamos locos, pero tampoco tuvimos la suficiente fuerza, el convencimiento profundo de que había algo más allá, algo que solo la literatura, como una gran mentira que dice la verdad, podía desentrañar y exponer. Pero la literatura nunca hace propuestas organizativas.

Y termino, desde el ostracismo, rodeado por una ola de calor infame y una nube de calima sucia, con la pregunta de siempre: ¿Qué hacer?