La campaña electoral está empezando en Brasil y ya tiene su diseño esbozado, proyectando una derrota aplastante para Jair Bolsonaro. La oposición entre los dos candidatos favoritos a la presidencia es flagrante, no permitiendo ningún tipo de comparación entre el desempeño de uno y otro.

El principal síntoma de la derrota es que Bolsonaro se comporta como un perdedor. Demuestra que si se cuentan los votos, perderá. Busca exteriorizar responsabilidades, intensificar amenazas.

Bolsonaro no se comporta como un ganador, no transmite, ni siquiera a los suyos, el sentimiento de victoria. Por el contrario, su discurso se estructura en la perspectiva de su derrota. ¿Qué hacer? Sin saber el resultado, ¿tratar de impedir las elecciones antes de la derrota?

Las diferencias en las encuestas son indiscutibles. No solo en la opción de las mujeres, los pobres, el nordeste, los negros, los jóvenes -que son la gran mayoría de la población-, sino también en el nivel de rechazo a Bolsonaro, que, incluso en las encuestas menos fiables, nunca deja de ser muy alto.

Y, sobre todo, Bolsonaro no revela ninguna capacidad para revertir su descrédito. Ni con las mujeres, ni con los pobres, ni con los nordestinos, ni con los negros, que son la gran mayoría de la población. No solo no tiene un discurso para ellos, sino que su discurso solo acentúa este rechazo.

Su gobierno es un desastre, en todas sus políticas. En educación, en economía, en política de derechos humanos, en seguridad pública, en política de salud pública, en términos de cultura, en política exterior.

No muestra capacidad para obtener nuevo apoyo o recuperar el apoyo perdido. Su discurso y comportamiento, por el contrario, le hacen perder apoyo, distanciarse de aquellos a los que debería tratar de conquistar.

Como si todo esto fuera poco, se enfrenta al político más prestigioso y de apoyo popular de la historia de Brasil. El contraste entre los dos es devastador para él. Lula da Silva recuerda los logros de su gobierno, comparándolos con los desastrosos resultados del gobierno de su oponente.

Bolsonaro será derrotado. No revela, en el tiempo que resta hasta las elecciones, posibilidades de recuperación. Ni con auxilios económicos eventuales, ni con discurso difícil que suavice los rechazos.

Ya expone cómo comportarse ante un muy probable resultado negativo. Tiene la posibilidad de Donald Trump, de cuestionar los resultados. Para ello, se sale con propuestas de conteos paralelos -incluidos los militares- o la absurda e imposible posibilidad de suspender las elecciones, ante eventuales situaciones de inestabilidad generalizada.

En cualquier caso, la postura de Bolsonaro es la del perdedor. Por mucho que de repente sugiera un resultado favorable, nadie en los medios incorpora esta posibilidad. En estos círculos, la duda es si la victoria de Lula se dará en la primera vuelta o en la segunda. Un pasaje a la segunda vuelta ya se daría como un logro por parte de Bolsonaro.

La posibilidad de algún movimiento golpista es cada vez menos factible. Incluso con la eventual participación de los militares, sobre todo porque la administración Biden y los propios militares estadounidenses expresan posiciones claramente en contra de cualquier aventura golpista. Se acuerdan siempre que Bolsonaro es amigo de Trump, lo cual bastaría para no interesarse en que continúe en el gobierno de Brasil.

Tampoco existe, o puede existir, la posibilidad de crear un clima favorable a algún tipo de golpe de Estado en el frente interno. No hay participación de sectores representativos de la sociedad. La actitud favorable de gran parte del gran sector empresarial no reemplaza la participación mayoritaria de la población.

Las aproximadamente 10 semanas que faltan para la primera vuelta de las elecciones presidenciales suelen multiplicar las concentraciones masivas de Lula, mientras que Bolsonaro tiene dificultades para salir del corralito hacia el que sigue encaminado su discurso.

————-

LA IDEOLOGÍA DEL ODIO AUMENTA EN LA CAMPAÑA

REDACCIÓN / En octubre el gigante de América Latina elegirá el presidente que regirá el destino de 200 millones de brasileños. A medida que se acerca la fecha aumenta la violencia política. El número de asesinatos políticos ha aumentado año tras año desde que llegó al poder Bolsonaro en 2018. También la venta de armas. Una de ellas sirvió para acabar con un militante del Partido de los Trabajadores (PT) en la ciudad Foz de Iguazú a manos de un policía ultraderechista que lanzaba vivas a Bolsonaro. Lula, que ya hace su campaña con chaleco salvavidas, declara que este crimen no puede disociarse del “discurso de odio estimulado por un presidente irresponsable” y rezagado en los sondeos.

«Es el más reciente y trágico episodio de una escalada de violencia política en nuestro país», denuncia en una nota la alianza liderada por el PT e integrada por los partidos Socialista Brasileño, Comunista de Brasil, Verde, Socialismo y Libertad, Rede de Sustentabilidad y Solidaridad.

Indican que la violencia está estimulada «por las actitudes y el discurso de odio del actual presidente de la República contra todos los que de él divergen o le hacen oposición».También presentaron al Tribunal Superior Electoral (TSE) un Memorial de la Violencia Política contra la Oposición en Brasil.

(*) Politólogo brasileño