LA REVOLUCIÓN DE GUANTE BLANCO Y LA VIOLENCIA

A pesar de los llamados en el seno del partido bolchevique a la mesura y a la convivencia, los defensores de la cultura proletaria y de la destrucción de lo que consideraban viejo y expresión de las viejas clases dominantes continuaron con sus ataques, sus agrias polémicas y sus intransigencias.

El problema no era la pertenencia a una de las muchas corrientes o asociaciones literarias, sino la actitud ante la nueva realidad, la relación con la revolución, con las reformas y cambios que se estaban produciendo, la relación con los diferentes proyectos del socialismo que se estaba construyendo.

El resultado fue una trágica ruptura y el enfrentamiento entre aquellos que negaban, por supuestamente burguesa, la cultura clásica, la herencia del realismo clásico ruso, y exigían una línea proletaria pura en la literatura como era el caso de las revistas Molodaia Gvardia y Na Postu, y aquellos que siguieron considerando a la cultura clásica como un referente y continuaron tomando como ejemplo a los clásicos rusos y de fuera de Rusia. Este posicionamiento radical, dio una riqueza inigualable e inimaginable a la cultura en general y a la literatura en particular durante largos años, pero al mismo tiempo, ante posturas tan radicalizadas, el conflicto se convirtió en tragedia desde el principio.

Es quizá el momento de recordar todo aquello de lo que hablábamos en las primeras entregas de esta serie, del nihilismo, del radicalismo, de la violencia en el movimiento revolucionario, y que hemos visto expresadas y sistematizadas en diferentes textos, como por el ejemplo en el Catecismo de un revolucionario de Nechaev.

Veamos un caso significativo. A mitad de diciembre de 1918 tuvo lugar la intervención de Trotsky en una reunión de las organizaciones locales y regionales del partido bolchevique en la ciudad de Kursk. En el salón de actos, ante los delegados y el público entró primero su guardia personal, su Centuria de Castigo todos ellos vestidos con cazadoras de cuero negro, botas altas de montar… limpios, aseados, impecables… después entraron los secretarios que debían tomar notas y levantar acta… tomaron asiento y pusieron sobre la mesa papel, lápices y sus pistolas Nagant … Después hizo su aparición el Jefe, Trotsky, con indumentaria similar, que tomando la palabra se dirigió a la audiencia: «Por desgracia, resulta que en nuestro partido todavía hay muchos intelectuales … que por lo que se ve no tienen ni idea sobre lo que es una revolución. Por ingenuidad, por desconocimiento o por debilidad de carácter ponen objeciones al terror. La revolución, camaradas, una revolución social de las dimensiones de la nuestra, no puede hacerse con guante blanco. En primer lugar esto nos lo demuestra la Gran Revolución Francesa cuyo ejemplo no debemos olvidar ni durante un solo minuto. … ¿Cómo podemos compensar nuestra falta de experiencia? Recuerden camaradas, ¡sólo con el terror! Terror constante y despiadado. … Nos vemos obligados a ponernos en la senda de la destrucción, la destrucción física de todas las clases, de todos los grupos de la población de los cuales pueden surgir posibles enemigos de nuestro poder. … Hay una sola objeción que requiere nuestra atención y exige una explicación: destruyendo de forma masiva, sobre todo a la intelligentsia, destruimos a los especialistas que nos son necesarios, científicos, ingenieros, doctores. Por suerte camaradas, en el extranjero hay especialistas de sobra. Encontrarlos es fácil. Si les pagamos bien vendrán de buena gana a trabajar con nosotros. Será más fácil controlarlos a ellos que a los nuestros. Aquí no estarán en contacto con su clase … estando políticamente aislados … serán neutrales».

Palabras similares a estas de Trotsky estuvieron en boca de muchos héroes de la “vieja guardia” y vienen a colación porque nos recuerdan a las de Nechaev y porque expresan de forma primordial ese estado de ánimo, radical y violento, acumulado durante decenas de años y que se encendió como un gran reactor social en los años de la revolución y la guerra civil. Y que una vez encendido, continuó activo durante los años veinte y treinta, tomando un cariz especialmente violento en la lucha por el modelo de construcción del socialismo. Y la literatura fue uno de los medios por los que se expresó aquel conflicto.

LA RAPP

La Asociación Rusa de Escritores Proletarios (RAPP según sus siglas en ruso), fue creada en el año 1925 en la Primera Conferencia de Escritores Proletarios de Toda la Unión. Agrupó en sus filas a unos cuatro mil escritores y fue la más importante y mayoritaria de todas las asociaciones de escritores de aquellos años, siendo su primer Secretario General Leopold Aberbaj.
Uno de sus principales objetivos fue la lucha ideológica contra otras organizaciones y asociaciones de escritores y sus diferentes tendencias programáticas. La principal idea fue la creación de una nueva literatura proletaria. Sin embargo, en poco tiempo, se reprodujeron en su seno las facciones y tendencias contra las que había surgido, convirtiéndose en una gran fuente de conflictos entre los escritores.

La RAPP pretendió desde el primer momento tener el monopolio del control ideológico en la literatura. Sus miembros se consideraban a sí mismos como los guardianes de la pureza ideológica del marxismo. También se consideraba como una prolongación del Comité Central del Partido y se permitían la libertad de hablar en su nombre en asuntos de literatura.
Una de las características de los miembros más radicales de la RAPP fue su rudeza, su grosería y su dogmatismo a la hora de intentar imponer sus criterios ideológicos. En la vida real y cotidiana estás maneras se expresaron en forma de persecuciones despiadadas contra muchos escritores. En unas ocasiones se les negaban los medios de subsistencia, por ejemplo no dándoles acceso a traducciones de obras en lenguas extranjeras, como fue el caso de Boris Pasternak que fue un gran traductor de Shakespeare. En otras ocasiones escribiendo críticas incendiarias de obras ya publicadas para boicotear nuevas publicaciones, bloqueando la puesta en escena de obras de teatro, como fue el caso de Bulgakov, o lanzando acusaciones de plagio como fue el caso de Mandelshtam.

Aberbaj no soportaba al gran Platonov. Ni a la persona ni a su obra, y realizó una desmesurada crítica de su relato Usomnivshiisia Makar (El dubitativo Makar). Sin embargo, Fadeev entendió que era un escritor de gran talento y publicó en 1931, en la revista Krasnaia Nova, que ya por aquellas fechas se encontraba bajo control de la RAPP, un nuevo relato de Platonov titulado Vprok. Aquella publicación generó una agria disputa. Algunos, los más puristas e intransigentes, consideraban su narrativa como antisoviética. A otros, al parecer, no les gustaba la amarga ironía de Platonov.

Aberbaj y sus compañeros de filiación, muy enfadados, quisieron expulsar a Fadeev de la redacción de Krasnaia Nova. En el conflicto tuvo que intervenir Stalin, quien a pesar de no gustarle la prosa de Platonov, impuso una solución salomónica. La intriga acabó, al menos de momento, con Fadeev continuando en su puesto y con una llamada de atención al escritor, al que continuaron publicando, aunque siguió no siendo bien recibido en algunas redacciones de revistas literarias.

Más dramática fue la situación vivida por Osip Mandelshtam. Cuando recitaba a sus amigos su famosa Oda en la que ironizaba sobre la figura de Stalin el poeta no podía entender el alcance de sus palabras. El caso es que Mandelshtam no había escrito aquella Oda, la tenía en su cabeza y la recitaba en improvisadas versiones a sus amigos de más confianza, apenas a un reducido círculo de 10 o 12 personas. Pero una de ellas resultó ser menos amigo de lo que Mandelshtam consideraba. Y le delató. El oficial que se encargó de la investigación le insistía al poeta durante la instrucción del caso que si el poema no había sido escrito ni publicado, pues no había delito. Pero Mandelshtam quiso dejar constancia de su rebeldía y escribió aquella Oda en un trozo de papel justo delante del instructor de su caso. Fue condenado a cuatro años de exilio en una aldea del interior de la URSS, con la condición de presentarse ante la policía una vez a la semana.

Algunos de sus verdaderos amigos se movilizaron para interceder por él y su caso llegó a conocimiento de Bujarin que escribió una nota a Stalin explicándole el arresto y condena de Mandelshtam. La nota se conservó en los archivos y ha sido publicada repetidas veces en la bibliografía sobre este caso, y en ella aparece una frase escrita por Stalin con su famoso lápiz en la que se lee: «¿Quién les ha dado a ellos autorización para detener a Mandelshtam. Qué desastre?».

¿Quiénes eran «ellos»? Stalin se refería precisamente a aquellos escritores que ejercían de celosos guardianes de la pureza revolucionaria y de la literatura proletaria. Stalin tuvo tiempo de intervenir y las autoridades permitieron a Mandelshtam elegir una ciudad para cumplir el exilio. El poeta eligió Vorónezh, próxima a Moscú, donde se instaló con su esposa y trabajó como periodista, desplazándose por toda la región, unas veces en coche otras a caballo, y donde tuvo contacto directo con los koljoz y sovjoz de la zona y pudo constatar el gran salto que supuso la colectivización tras los primeros años duros y trágicos. Al final, su actitud crítica con respecto al sistema soviético cambió de forma radical y dejándose llevar por el entusiasmo escribió una hermosa serie poética sobre su experiencia en Vorónezh. El colofón fue una nueva Oda absolutamente diferente a la primera en la que mostraba su gran admiración por Stalin.

Sus enemigos no pudieron perdonarle aquello y apenas unos meses después de instalarse de nuevo en Moscú, en mayo de 1938, Stavskii, a la sazón secretario de la Unión de Escritores de la URSS, antiguo dirigente de la RAPP y uno de los guardianes de la cultura proletaria, escribió una carta a Nikolai Ezhov, comisario Popular (Ministro) de Asuntos Internos, en la que decía que había que «resolver el problema que representaba Mandelshtam de una vez y para siempre». Le acusaron de contrarrevolucionario y de que su poesía no era lo suficientemente soviética. Un nuevo juicio rápido y casi en secreto y una nueva condena que fue rápidamente confirmada. Nadie llegó a tiempo de salvar al poeta que murió de tifus en un centro penitenciario de tránsito apenas unos meses después, a finales de 1938.

Otro ejemplo en la misma línea fue el caso de Bulgakov, quien ante una dramática situación de desempleo y falta de recursos económicos envió una desesperada carta a Stalin en la que le explicaba su caso y pedía autorización para abandonar la URSS. Stalin llamó por teléfono al escritor y le dijo que «volviera a pedir trabajo» en su teatro… No sólo fue readmitido, sus obras dramáticas volvieron a los escenarios y su narrativa publicada. Pero no acabó todo con aquello. Stalin tuvo que actuar de protector del autor y tuvo que salvarle de las garras de los guardianes de la pureza revolucionaria en varias ocasiones. En una de ellas, de sus paisanos ucranianos que no perdonaban a Bulgakov lo que ellos entendían como la defensa de los “blancos contrarrevolucionarios” que contenían sus obras y que fueron a Moscú a pedir, literalmente, su cabeza.

Lo curioso es que el relato histórico que nos han contado a lo largo de los años nos ha hecho asumir precisamente lo contrario de lo que realmente ocurrió, es decir que fueron víctimas del capricho de un supuesto poder despótico. Curiosa situación y clara expresión de la manipulación de la historia y de la conciencia social y de clase.


Finalmente, tanto fue el cántaro a la fuente, que acabó rompiéndose, y viendo que la RAPP no conducía a nada nuevo y con el fin de acabar en la medida de lo posible con aquellos rabiosos ataques contra otros escritores, fue disuelta en abril del año 1932 por las autoridades soviéticas, lo mismo que el resto de asociaciones de escritores existentes en aquel momento. En su lugar fue creada la Unión de Escritores de la URSS, de la que hablaremos con detalle en otra entrega.

(*) Historiador

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