Parecía una caja de cerillas calcinada en el cielo.
Una cosa negra y alargada y calcinada en el cielo.
La veías entre los tocones rebrotados de los árboles.
La veías detrás de la aguja ocre de la iglesia.
La veías detrás de las lágrimas de quienes sobrevivieron.
La veías en la indignación de los que sobrevivieron.
La veías detrás de las imágenes de los que se convirtieron en ceniza.
La veías detrás de las imágenes de los que saltaron al vacío.
La veías por la tele detrás de las imágenes de las ventanas en llamas
que subían por el revestimiento de aluminio.
La veías en imágenes impresas de las llamas que ardían en el tejado.
La oías en la intensidad de las voces en la calle.
La oías en los gritos al aire clamando justicia.
La oías en los pubs en las calles en los semisótanos en los albergues.
La oías en el gemir de las mujeres y en el grito callado
de los huérfanos que erraban por las calles.
La veías en tu bebé que no podía dormirse por la noche
desasosegado por los espíritus que aún rondan por allí
intentando escapar al fuego asfixiante y negro que se lanzó a por ellos.
La veías en los sueños que tenías de muertos que se preguntaban
si tenía sentido vivir, ser pobre en una tierra en la que a los pobres
se les quema vivos de repente y sin previo aviso.
Pero cuando la veías con tus ojos parecía que lo que veían los ojos
no tenía sentido, no tiene sentido, no podrá tener nunca sentido.
La veías en el cielo, alta y negra y calcinada.
Contabas pisos y ventanas y veías
el amarillo repugnante del revestimiento a medio quemar
y lo que veías era algo que sólo se ve en las pesadillas.
Como una zona de guerra trasladada al corazón de un barrio de moda.
Como una zona de guerra colocada aquí en medio de la ciudad.
Ver con los ojos lo que sólo se ve en las pesadillas
convierte en noche el día y vuelve el mundo del revés.

Ahora están muertos los que respiraban,
los que vivían han dejado la tierra viva.
Si quieres ver cómo mueren los pobres, ven a la torre Grenfell.
Mira la torre y sueña un sueño capaz de cambiar el mundo.

Los vecinos de la zona la llaman el crematorio.
Ha puesto al descubierto las corrientes submarinas de nuestro tiempo.
Los pobres que pensaron que votar a los ricos les salvaría.
Los pobres que se creyeron lo que la prensa contaba.
Los pobres que escuchaban asustados.
Los pobres que viven en sus cuartos y que sueñan por sus hijos.
Los pobres somos tú y yo, tú en tu jardín de flores,
en tu casa de libros, que observas desde lejos
un destino que se acerca con otro nombre.
A veces una nación necesita una imagen para despertarse
de su secreta vergüenza. Y ahora la imagen consiste en todos
los nombres de los quemados vivos en la escalera o en su habitación,
que no tenían ni idea de por qué murieron o de cómo les traicionaron.
No murieron cuando murieron; sus muertes tuvieron lugar
mucho antes. Sucedieron en la conciencia de personas que nunca
los habían visto. Sucedieron en los márgenes de beneficios y
en la legislación. Murieron porque se podía hacer dinero y ahorrarlo.

Ahora están muertos los que respiraban,
los que vivían han dejado la tierra viva.
Si quieres ver cómo mueren los pobres, ven a la torre Grenfell.
Mira la torre y sueña un sueño capaz de cambiar el mundo.

Decían que la torre era fea, que hacía daño a la vista.
La gente guapa que vivía alrededor en sus casas preciosas
no quería que una torre tan fea rebajara el valor de su propiedad.
Diez millones dedicados a envolver la torre con un revestimiento.
¿Se había probado su eficacia antes de aplicarlo a este engendro,
se probó su resistencia a las llamas, se comprobó que las resistía?
Pero la torre quedaba bien bonita, ya lo creo.
Y, sin embargo, ni un aspersor antiincendios en veinticuatro pisos.
Ni una alarma que funcionase en los veinticuatro pisos
ni tampoco una salida de incendios, sólo una única
escalera diseñada en el infierno, que esperaba
su momento infernal. Son las cosas que pasan en nuestro tiempo.
Que quede bonito por fuera, pero que su interior
sea una trampa mortal. Que el vacío suene bien,
que lo vacío quede bonito. Eso es lo que todos ven, el aspecto
que tiene, lo bien que suena, no lo que es de verdad, que nadie ve.
Pero si miras bien sí que lo ves, y si escuchas lo oyes.
Hay que mirar debajo del revestimiento.
Hay revestimiento en todas partes. Revestimiento político,
económico, intelectual: cosas que parecen bonitas
pero que no tienen centro ni corazón, sólo relleno moral.
Dicen palabras, pero son palabras vacías.
Hacen los gestos y son gestos huecos.
Vienen sus cuerpos a la torre calcinada, pero no sus almas.
Ahora están muertos los que respiraban,
los que vivían han dejado la tierra viva.
Si quieres ver cómo mueren los pobres, ven a la torre Grenfell.
Mira la torre y sueña un sueño capaz de cambiar el mundo.

Aquí las voces han de hablar por los muertos.
Hablar por los muertos. Hablar por los muertos.
Mira cómo cubren sus fotos las paredes. La pobreza tiene
su propio color, su propia raza. Eran musulmanes y cristianos,
negros y blancos y de los colores intermedios. Eran jóvenes
y viejos y guapos y de mediana edad. Había niñas vestidas
con su ropa favorita y con el corazón abierto al futuro.
Había un anciano con sus nietos;
estaba Amaya Tuccu, de tres años,
reducida a cenizas sin haber visto las mentiras del mundo.
Hay nombres que eran seres vivos que soñaban
con ser famosos o estar contentos o con educarse o con el amor
y que ahora son las cenizas de una cáscara de cinismo calcinada.
Había dos italianos, jóvenes, encantadores,
que hablaban con sus amigos por el móvil desde el infierno
mientras el humo de los beneficios sofocaba sus voces.
Estaba el bebé lanzado por la ventana por una madre consciente
de que iba a morir de todos modos.
Estaban los que se tiraron por la ventana
y los que murieron porque les dijeron que se quedaran
dentro de sus pisos en llamas. Estaba la niña a la que vieron
caer ardiendo desde el piso veinte. Qué más puede decirse.

Ahora están muertos los que respiraban,
los que vivían han dejado la tierra viva.
Si quieres ver cómo mueren los pobres, ven a la torre Grenfell.
Mira la torre y sueña un sueño capaz de cambiar el mundo.

Está siempre la discrepancia
entre lo que sucede y lo que nos cuentan.
Los datos oficiales se detuvieron en treinta.
La verdad en este mundo es más escasa que el oro.
Sacaban a oscuras los cuerpos
y todavía siguen los cuerpos en la oscuridad.
Oscuro el humo y la cabeza oscura.
Los que vivían ahora están muertos.

Y mientras la torre ardía
ellos tropezaban con cuerpos por la escalera
que estaba en la más completa oscuridad.
Y los que sobrevivieron
duermen como refugiados en el suelo
de un polideportivo.
Y como las criaturas a las que asusta la oscuridad
alguien importante revolotea
hablando con la policía y con los valientes bomberos,
pero evita a las víctimas,
cuyos corazones deben estar rebosando miedo.
Los que vivían han dejado la tierra viva.

Pero si vais a la torre Grenfell, si os podéis arrancar
de la pista de tenis y de vuestras cenas perfectas,
si vais mientras el negro esqueleto de esa torre se alza
vivo todavía e irreal en el aire, como aviso
para otras torres parecidas, respiraréis el aire denso del luto,
de las mujeres que lloran espontáneamente
y de los niños que deambulan aturdidos
y de los hombres que se secan las lágrimas a escondidas
y de la gente que observa incrédula esa forma siniestra en el cielo.
Veréis los árboles con sus hojas verdes y limpias
e inhalaréis el incienso para purificar
el aire de todas las desdichas.
Veréis laderas de flores y paredes
blancas de papel en las que sollozan palabras
y velas encendidas para bendecir a los muertos.
Conoceréis el sentido propio de la palabra comunidad,
compartir plato y charla, ver voluntarios alrededor,
respiraréis el aire de las incineradoras
fundido con el perfume de la flor.
Si quieres ver cómo mueren los pobres, ven a la torre Grenfell.

Búscales el sentido a estas cifras,
pues la verdad no mata, sino que deja que el alma viva.
Diez millones de revestimiento falso
para un fuego en el que cientos lo perdieron todo.
Los cinco millones para aliviar a las víctimas
debieran cambiar el credo de la nación.
Puede una imagen dar vida y puede también matar
pero el corazón va más lejos que la maña política.
En la era de la austeridad
mueren los pobres para que otros prosperen.
Bibliotecas y guarderías van escaseando
y en esta orilla se gesta un tiempo extraño.
La espada del destino amenaza la sordera del poder.
Mira la torre y haz porque un pensamiento que cambie el
[mundo pueda florecer.

Junio 2017

(*) Es un poeta y novelista en lengua inglesa, nacido en 1959 en la ciudad de Minna (Nigeria). Pasó su infancia en Inglaterra, a donde emigró con su familia.

Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Essex y comenzó a escribir en 1976. En 1980 publicó en Inglaterra su primera novela, Flowers and Shadows, que narra la decepción que un joven siente ante la corrupción imperante en Nigeria, en la que su propio padre está implicado.

Miembro de la Real Sociedad de Literatura, ha recibido numerosos premios. Aunque se ha relacionado su obra con el realismo mágico, Okri rechaza esta etiqueta. Muchas de sus obras han sido inspiradas por su directa experiencia de la guerra civil en Nigeria.