La “alarma antifascista” podría haber funcionado si el nuevo fascismo no fuera percibido como una opción más en el mercado electoral. Una opción que ha crecido y para poco nos ha servido sacar nuestras antiguas pancartas.

La extrema derecha es un movimiento en auge, aquí y en el mundo entero. Y más nos valdría comprender cuáles son las razones sociales que lo sustentan y amplifican, más que mirar el fenómeno como si fuera una lección de historia repetida.

Para la Europa liberal y democrática (por no intentar entender a la vez realidades diferentes, como la yanqui), todo iba bien mientras que había crecimiento económico y un cierto bienestar social. O al menos esta era la visión idílica que iba escondiendo bajo la alfombra la pobreza de una capa de la sociedad cada vez más amplia y la irresponsabilidad de los Estados que necesitan la inmigración y no trabajan en la integración de las personas que el sistema necesita, que no son ciudadanos de pleno derecho. Es la Francia de los 90,s en la que crecía el Frente Nacional en los barrios obreros, cada vez más depauperados y que veían cómo sus hijos e hijas ni siquiera podían aspirar a vivir como ellos, ya que se deterioraban las condiciones laborales y sociales (Informe Petras, la advertencia que no se atendió). Identificar este deterioro con el problema de los que vienen de fuera fue fácil. A la vez, una generación inmigrante que crecía en guetos sin futuro, que fue radicalizándose, incluso en ocasiones hacia el yihadismo. Una bomba social perfecta.

La Europa liberal y democrática se fue haciendo neoliberal, destruyendo el derecho laboral, las redes sociales de solidaridad, quebrando el espinazo de los sindicatos. La diferencia entre el liberalismo y el neoliberalismo es que el segundo no necesita la democracia y cuestiona cualquier respuesta social de solidaridad y ayuda mutua. El neoliberalismo es antisistema en la medida es que es antiliberal. Y mientras el sistema liberal democrático es cada vez más incapaz de dar respuesta a cada vez más capas sociales, el neoliberalismo impugna la misma democracia.

UNA ESTRATEGIA EXITOSA

El auge de la extrema derecha es la sustitución de un liberalismo clásico y formalmente democrático por un neoliberalismo que necesita ser autoritario para contener la respuesta social que provocan las medidas ultracapitalistas. Así se convierte en la crítica a un sistema que no funciona y que no da respuestas al conjunto de la sociedad.

El capitalismo crea cada vez más caos y el sistema de partidos crea un panorama con organizaciones interiorizadas, donde la lógica del poder interno sustituye a la realidad social.

La extrema derecha acusa al sistema en el seno de sociedades que vamos sufriendo una crisis tras otras y donde no podemos mirar con esperanza al futuro.

Esta es la paradoja: ¿no éramos la izquierda quien denunciábamos el sistema? La verdadera lucha política contra la extrema derecha pasa por impugnar el liberalismo que se convirtió en factor común entre los partidos del sistema (socialdemócratas y conservadores), así como el funcionamiento de una democracia insuficiente.

Acompañando a la impugnación que hace la extrema derecha, existe un discurso que nosotras podemos interpretar como casual, oportunista o demagógico. No es un discurso con un fundamento en una sesuda explicación. Pero funciona señalando problemas y respuestas que sí que preocupan al menos a una parte de la población. Así, podemos hablar que los ocupas te van a quitar la casa. Los datos no permiten hablar de un fenómeno social como éste, pero la extrema derecha da la respuesta, acorde con las empresas de seguridad que en su publicidad inciden en el mismo mensaje.

A día de hoy, la extrema derecha marca el debate social, un privilegio que le debemos arrebatar.

EL CASO ESPAÑOL

No nos fiemos de la actual crisis de Vox, cuya causa son las elecciones andaluzas y la salida de tono de Macarena Olona. En Italia, a Salvini le ha sustituido Meloni, siendo el problema el mismo.

El éxito anterior de Vox se basó en la reacción contra varias realidades sociales: el proceso de independencia de Cataluña, el auge del movimiento feminista y el fantasma de ETA.

Creo que el punto de inflexión de la derecha española se produce antes, en el debate sobre el derecho al aborto. Recordemos que el Ministro de Justicia, Ruiz Gallardón, preparó una reforma que limitaba el derecho ya reconocido. Fue Mariano Rajoy quien paró esa reforma, pensando que debía mantenerse en un terreno templado para consolidar el poder del P.P. Gallardón dimitió y el ultracatolicismo que se encontraba en ese partido, rompe con él. Pero hace tiempo que España no es un país católico, y que medidas como el divorcio y el aborto está ampliamente apoyadas por la población. Kikos, focolares, Opus Dei, y sobre todo El Yunque, constituye la primera camada ultra, la que cuestionó a un P.P. que tenía mayoría absoluta. Si con esa mayoría no se prohíbe el aborto, ¿para qué queremos esa derecha?

La crisis del Procés dio alas a Vox. Conectó con la España del “a por ellos”. Y aún no se ha hecho la pedagogía necesaria para el común de los mortales asumamos que enfrentar a un pueblo con otro nos lleva a un continuo enfrentamiento civil insoportable. La salida federal es la solución para poder convivir los diferentes pueblos desde el reconocimiento y el respeto. Que no se puede ser español odiando a lo catalán, que no podemos pretender hundir en la miseria al que opina diferente, sino crear cauces para resolver los problemas entre los territorios. La solución de Vox es el enfrentamiento, la ilegalización, eternizar el conflicto para ganar en Castilla, Andalucía o Murcia.

Pedagogía política para combatir el enfrentamiento civil que propone Vox. Tanta como para explicar y fijar la realidad de la desaparición de ETA. Y Especialmente aquí, ya que el Estado Español no ha explicado bien el final de ETA, su aislamiento social, la izquierda abertzale diciéndole a la banda que se había acabado la fiesta. Y, más chocante aún, la falta de explicación (o al menos insuficiente) del papel que los socialistas vascos jugaron en el diálogo con Batasuna. Sin embargo, a Otegi lo mandamos a la cárcel y se oculta el proceso de diálogo mantenido. ETA no existe porque fue superada por el conjunto de la sociedad vasca, incluido el mundo abertzale. Y no decirlo le da fuerza a la extrema derecha. Euskadi se merece un tiempo para cerrar heridas, y el resto de España también.

Por fin, nos fijamos en el éxito del movimiento más masivo, más liberador y transformador que hemos vivido en los últimos años, el del feminismo. Respecto al feminismo, Vox muestra su verdadero sentido reaccionario. Los avances sociales que este movimiento va forzando, son un peligro para la convivencia y la “familia natural” que defiende la extrema derecha. Es miedo, puro miedo a perder los privilegios que a los hombres y a alguna mujer asignó el patriarcado. Una imposición inaceptable, que rompe el imaginario de la España católica y de orden que comparten con el franquismo. Pero no van a poder parar esta marea que ya atraviesa generaciones y que ni las mujeres ni muchos hombres vamos a permitir pasos atrás.

En este panorama político, solo estoy dispuesto a conceder a Vox y a la extrema derecha la ventaja que están alcanzando marcando el debate social y político, con un mensaje simple cuya ventaja es responder a un problema concreto. Es así como desarrolla su “batalla cultural”.

Igual la izquierda debería hacer como hizo el Partido de los Panteras Negras: un decálogo que todo el mundo entendía en el gueto, porque todo el mundo tenía problemas de vivienda, de educación, de seguridad (o de la falta de seguridad que provoca el racismo policial), etc. ¿Cuáles son los problemas de la mayoría social en este momento?, ¿Qué proponemos para afrontarlos?

Y todo ello, empezando por la movilización contra la guerra y el final del conflicto en Ucrania, causa principal de muchos de estos problemas.

(*) Militante del PCE