A principios del siglo XVI Tomás Moro imaginaba una comunidad ficticia que vivía en una isla llamada Utopía. Además de inaugurar un género literario en el que desde entonces  hemos soñado con el funcionamiento de Estados ideales alternativos a los que encontramos en la realidad, también trajo su reverso: las distopías, que son esos mismos sueños cuando se tornan pesadillas. Posibles mundos alternativos en los que no nos gustaría estar. Inquietantes o directamente brutales. Donde leve o salvajemente las sociedades humanas han perdido alguna de las cosas que las convierte en tales.

Hace poco más de una década, el nieto de Milton Friedman, uno de los economistas padre e ideólogo del neoliberalismo cuyas consecuencias de desigualdad e injusticia social vivimos en carne propia, fundaba el Instituto Seasteading con financiación de Peter Thiel, cofundador de PayPal junto a Elon Musk, ya saben, el de la carrera espacial privada y Tesla. Y ¿a qué se dedica el nieto de Friedman en Seasteading? Pues nada más y nada menos que a la creación de islas artificiales en aguas internacionales con el fin de evadir cualquier código legal e impositivo. Lo explico un poco más porque es mucho más surrealista de lo que suena.

El señor Friedman, criado en las ideas de su abuelo donde el sacrosanto mercado es la mejor guía para regir la vida de las personas, estima que los ciudadanos sufren no por las diferencias sociales y las desigualdades, sino por la falta de competencia entre las naciones, porque cambiarse de Estado debería ser tan fácil como cambiar de operadora de telefonía. Así que el objetivo es la creación de un archipiélago de países donde los gobiernos competirían por los habitantes. Así, según sus creencias ultraliberales, el Estado más ineficaz podría desaparecer porque nadie querría vivir en él. Y este sería el sencillo secreto para según sus promotores “ofrecer un nuevo orden social más justo, inclusivo y productivo”.

¿Empiezan a vislumbrar la distopía? Pues no se vayan que aún hay más

Una de las actividades que se proponen en estas islas sería ensayar nuevos fármacos, eludiendo las normativas que imponen  los Estados y atraer así a laboratorios y enfermos. Les tengo que confesar que a mi cabeza acudió en este punto la maravillosa, aterradora e inquietante novela de H.G. Wells, La isla del doctor Moreau. Pero sobre todo, las principales ocupaciones imaginadas para los ciudadanos imaginarios de las nada utópicas islas del señor Friedman son las relacionadas con la tecnología, como los codificadores de software que según el mismo declaraba literalmente «se podrían contratar a los mejores de muchos países, sin tener que hacer los trámites burocráticos para los permisos de trabajo». En fin, de derechos ni hablamos. Y como era previsible, esta filosofía de baratillo donde el estado nación tan solo es una rémora que oprime las libertades individuales y nos saquea con impuestos obviando la necesidad de, por poner un ejemplo sencillito, tener servicios públicos, atrajo a crédulos procedentes del mundo de las criptomonedas y sus alrededores; nómades digitales, emprendedores y pioneros en el uso de bitcoins. En 2020, adquirieron un crucero de 245 metros de largo llamado Pacific Dawn en el que planeaban navegar y fondear en Panamá para que fuera la sede central de una nueva sociedad que comerciaría solo utilizando criptomonedas. Lo bautizaron MS Satoshi en honor al presunto inventor del Bitcoin. Y para resumir mucho la historia, su aventura fue tan desastrosa que a día de hoy el barco está rebautizado y presta servicio en una naviera que hace cruceros por el mar del Norte… Pero la idea de que los gobiernos mantienen como rehenes a los siete mil millones de ciudadanos del mundo y que soluciones estúpidas como ciudades flotantes los permitirían liberarse de las cadenas de las normas y los impuestos que solamente sirven para oprimirlos, sigue ahí,  creciendo en las sombras de la frustración de muchos, y está creando monstruos.