En Colombia siempre se ha hablado de los cien días de espera o de confianza para hacer las primeras evaluaciones de los nuevos gobiernos, dándoles este tiempo para que se acoplen, hagan los nombramientos respectivos en todo el andamiaje gubernamental y estatal y empiecen a ejecutar el programa con que se presentaron a las urnas o sus promesas electorales. Suele hablarse más de lo segundo que de lo primero. Hubo algún tiempo donde se le llamaba a este tiempo “los cien días de luna de miel”. Los desarrollos de las polarizaciones políticas han ido eliminando tiempos de espera, de confianza o de la tal “luna de miel”. En lo que tiene que ver con el nuevo gobierno colombiano las derechas opositoras y sus emporios mediáticos no esperaron ni un solo día para atacarlo despiadadamente e incluso antes de posesionarse ya le estaban reclamando por todo , señalando incumplimientos y responsabilidad en el desastre nacional que se vive. No deja de ser anecdótico que los que gobernaron durante unos doscientos años y construyeron un país profundamente inequitativo, atrasado, violento y corrupto, le reclamen al nuevo gobierno que no haya resuelto las cosas que ellos mismos generaron. También hay cierto sector, especialmente del activismo tuitero, que habiendo votado por el Pacto Histórico reclaman que todo se reforme a profundidad y de inmediato. Pero en amplios sectores de la sociedad se siente y se dice que en muy pocas semanas este nuevo gobierno y el nuevo congreso han hecho más por el país que lo que hicieron o no hicieron en toda su vida los partidos tradicionales, con la excepción de algún ya lejano periodo de intentos reformistas.

Para evaluar el desempeño del gobierno de Gustavo Petro hay que tener en cuenta elementos como la profundidad de la crisis social, el déficit presupuestario, el endeudamiento, la desindustrialización y los niveles de violencias existentes, y no olvidar que si bien el Pacto Histórico tiene las bancadas parlamentarias más grandes, no posee las mayorías absolutas, lo que le obliga a la realización de acuerdos y negociaciones que pueden implicar bajarle el ritmo y la profundidad a las reformas, o a algunas de ellas.

Pese a lo anterior, el torrente transformador es intenso y de profundidades históricas en temas del uso y tenencia de la tierra, la modernización y democratización de la política, el combate al clientelismo y la corrupción, una nueva concepción de la doctrina militar basada en el respeto a la vida y los derechos humanos y no en la “seguridad nacional”, el enfoque no militar en la lucha contra los cultivos ilícitos y el narcotráfico, la defensa de la amazonía y la diversidad, unas nuevas relaciones internacionales basadas en la amistad y la cooperación que tienen su máxima expresión en el reinicio de las relaciones a todo nivel con Venezuela y todo el proceso que se adelanta con una reforma tributaria que no afecte a las grandes mayorías sociales y productivas.