Decía el activista brasileño Chico Mendes que “la ecología sin lucha de clases es jardinería”. Por eso en diciembre de 1988 le asesinaron los terratenientes, hartos de que su actividad sindical y medioambiental en defensa de la Amazonia y sus habitantes les trajese por la calle de la amargura. Mendes era un activista más del incontable número de víctimas que se ha cobrado el capital entre aquellas personas que consagraron, y consagran, su vida a defender el medioambiente y los derechos de los seres humanos que sufren su destrucción.

Sin embargo, la versión postmoderna del activismo medioambiental es el cretinismo acultural de quienes arrojan salsas contra obras maestras del arte mundial. Es la versión verde de los tiempos de retroceso ideológico que nos han tocado sufrir y vivir. En julio, cinco elementos pegaron sus manos con pegamento al marco de “La Última Cena” de Leonardo Da Vinci en la National Gallery de Londres. En agosto, otros dos decidieron pegarse a los marcos de “La Madonna” de Rafael en Dresde. A mediados de octubre tiraron salsa de tomate contra “Los girasoles” de Van Gogh (de nuevo en la National Gallery de Londres) y unos días más tarde lanzaron puré de patata sobre el cuadro “Les Meules” de Claude Monet en el Museo Barberini de Potsdam. Son algunas de las acciones de quienes pretenden, supuestamente, llamar la atención de los poderosos sobre el cambio climático. Eso sí, eligen obras protegidas con cristal y arrojan papillas, no se sabe si naturales o de Tetra Brik. Que se vaya preparando el Museo del Prado, porque intuyo que algún cuadro con vidrio, en su versión española, será rociado de gazpacho.

Está claro que prefieren minimizar los efectos secundarios. El activismo de riesgo es vieja política. Obsoletos quedan quienes abordaban barcos balleneros para luchar contra la extinción de los cetáceos; quienes se interponían en una lancha zodiac bajo los bidones radioactivos que se arrojaban frente a las costas de Galicia; quienes se encaramaban a chimeneas para protestar por la contaminación de las centrales térmicas o quienes penetraban en zonas prohibidas para encadenarse denunciando los males de la energía nuclear. Quizás alguna vez leyeron en wikipedia que, en 1985, agentes secretos franceses hundieron el Rainbow Warrior, el famoso barco de Greenpeace, mientras se encontraba en el puerto de Auckland (Nueva Zelanda), matando a uno de sus tripulantes, porque el gobierno francés ya estaba harto de aquellos ecologistas que protestaban contra sus ensayos nucleares en el atolón Mururoa.

Al igual que los neoactivistas del puré, Los Verdes alemanes también se manifestaron muchas veces contra el cambio climático, pero ahora lo hacen un poquito menos. Los otrora antibelicistas y beligerantes con la energía atómica, se han convertido en grandes entusiastas de jugar con átomos, quemar carbón y enviar armas a Ucrania. Y todo ello teniendo en cuenta que controlan las carteras de Exteriores, Economía y Protección Climática en el gobierno de coalición y, por tanto, controlan la diplomacia y la política energética de Alemania. Las supuestas razones humanitarias del envío de armas quizá se diluyen un poco cuando aprueban el envío de armamento a Arabia Saudí para destrozar Yemen y el fondo especial de 100.000 millones de euros para rearmar Alemania. Asimismo, sostienen que China amenaza su “modo de vida democrático”. Su eurodiputado Sergey Lagodinsky sostuvo vehementemente en el Parlamento Europeo que los ucranianos “no pueden defenderse con girasoles”. Espero que no se refiriese a Los girasoles de Van Gogh bañados con puré.

El vacío ideológico actual se está convirtiendo en abismo. Conozco personas que piensan que por el simple hecho de ser vegetarianas son progresistas, pero desconocen que Adolf Hitler ya lo era mientras braseaba carne humana en toda Europa. Está claro que el verde cuando madura se vuelve rojo, aunque algunos también lleven años empeñados en hacer el recorrido contrario.

Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

Y luego, ¿por qué me lo preguntas?