Se me ocurren algunas palabras que empiezan por la letra V: vil, vergüenza, vasallo, vetusto, verruga, vago, vejatorio, vacío, vulgar, violento, vomitivo. También el nombre de una organización política, el cual me niego a pronunciar. Y tengo mis razones.

Poca gente había oído hablar de esta pandilla cuando Susana Díaz, entonces presidenta de Andalucía, en un programa de televisión lo sacó a relucir a modo de argumento electoral. No creo que fuera consciente del mal que hizo al nombrarles. Al día siguiente, los medios de comunicación, siempre ávidos de novedades que incrementen sus beneficios, no cesaban de hablar del engendro sin tener en cuenta las dimensiones de su inconsciencia. Les abrieron las puertas.

El resto es conocido. Se supuso que la retahíla de ilustres apellidos compuestos de sus dirigentes, indicaban que sus asquerosidades iban dirigidas a una escasa población de ricos nostálgicos, pero no. El discurso marrullero, simplista, falso, mentiroso, logró calar, en contra de lo esperado, en las mentes adormecidas por siglos de incultura, en los descontentos, en quienes, acostumbrados a no tener nada, ahora hacían tintinear las monedas en sus bolsillos.

La historia, desgraciadamente, vuelve a repetirse. Fueron los desposeídos quienes encumbraron a Hitler y a Mussolini, haciendo bandera común, sorprendentemente, con los causantes de su miseria. En nuestro país la cosa fue diferente. Aquí el fascismo no llegó a través de las urnas, sino gracias a las armas, al silencio de las democracias burguesas y a los intereses económicos de la Iglesia, los terratenientes y las grandes empresas. Sin embargo, los herederos de aquella época cruel, de aquel frenazo en el progreso, siguen gozando de un inusitado respaldo, en gran medida gracias al silencio pactado durante cuarenta años transitando por las turbias aguas del olvido.

Y es precisamente ahí, en ese silencio, en ese empeño en no llamar a las cosas por su auténtico nombre, donde está el peligro. Lo estamos viendo en Italia, en Francia, en los países escandinavos, en Estados Unidos. Sólo se le da la espalda allí donde el recuerdo de las atrocidades del fascismo está reciente: Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia. Las heridas están demasiado abiertas para aceptar términos como el de ultraderecha, que suena más bonito, que parece más aceptable, pero no lo es.

Cuando se aparca el pensamiento crítico, cuando se lo arrincona como algo del pasado, es muy fácil apelar al instinto más primitivo del ser humano: el miedo. Basta con repetir que los impuestos son un robo, que no es justo compartir lo conseguido con tu esfuerzo y luego, cuando esperas por una cita médica, cuando necesitas ayuda y ésta tarda en llegar, culpar al inmigrante, al diferente, al más pobre.

No. No son un partido más. No son neo fascistas o neonazis; no son la extrema derecha; no son ultraconservadores. Son pura y llanamente fascistas y nazis.

Y mientras disimulemos su nombre, mientras no desvelemos su rostro, mientras no recordemos, estamos jodidos.