El mito de Sísifo quizás reproduzca como ninguno la pasión intransitiva del héroe contemporáneo por darle sentido a la vida, incansablemente. Es el trajín de alguien que sube una roca trabajosamente ladera arriba de una montaña y que, cuando ha culminado el ascenso, la roca rueda el fondo y hay que subirla de nuevo, como si se tratara de un bucle interminable. Así la labor incansable de esos comunistas, que lo son por honor y dignidad, que no dejan de zurcir una bandera roja y conforme han terminado de unir las hebras del desgarro, la bandera vuelve a romperse por otro lado, interminablemente. Y quizás en eso consista su victoria: no en proclamar que se ha terminado positivamente una tarea, sino en proclamar que uno se ha instalado en la lucha. Como hizo a lo largo de su vida Saramago, a través de su literatura mayor, intentando separar las voces de los ecos, intentando columbrar, más allá de la niebla de la ideología dominante, la verdad material, el conflicto real.

En sus últimos escritos, los que redactó en los cuadernos de Lanzarote, Saramago es plenamente consciente de esta crisis general, y también de la crisis particular que vive la izquierda organizada. Y lo dejó dicho de manera contundente: “La pregunta no debería ser ¿qué queda aún de la izquierda?, sino ¿qué hemos abandonado de la izquierda?… Espero que la izquierda (la que todavía queda) lo entienda a tiempo”.

Es la queja de un comunista que no sabe respirar fuera de este compromiso alternativo en un momento muy determinado. El capitalismo se recompone férreamente, después de cada crisis, aumentando la explotación y dispersando a sus antagonistas. Y esto lo puede hacer por el enorme desierto que va dejando tras de sí la izquierda. No existe ya la política, en sentido fuerte, y ni siquiera el gran simulacro de los medios es capaz de mantener las cosas. Se desploma la carpintería del escenario. Los partidos de la izquierda transformadora están hechos fosfatina; no han sabido resistir el empujón neoliberal, ni tienen gábilos para restituir las cosas ahora que se bambolea este sistema de explotación y dominio. Los socialdemócratas, reconvertidos en social-liberales, son cómplices de todo tipo de recortes. Los comunistas se han visto conducidos a la antesala de la nada. Y la izquierda en su conjunto ha desistido de organizar una alternativa socialmente articulada. Ya no se quiere organizar nada, excepto actos institucionales, más o menos teatrales, y por encima de todo esa feria comunicativa y ruidosa que todo lo convierte en mercado. Y en este contexto, el capitalismo relanza urbi et orbi, con nuevos trajes y lenguajes, el tren infame del neofascismo.

Saramago, en sus ensayos novelescos sobre la lucidez y la ceguera, pone en pie críticas profundas y dolorosas sobre la izquierda de occidente, sobre sus desistimientos políticos y sobre la pérdida constante de valores como recurso para recuperar, inútilmente, su sitio en la historia. Incluso, tanto en estos textos como en otros, desarrolla una crítica de fondo en contra de las llamadas democracias liberales, que solo sirven para elegir gobiernos, sabiendo, por otra parte, que los gobiernos no pueden hacer otra cosa que obedecer al sector financiero y a los bancos.

Y, sin embargo, hay que seguir subiendo la piedra, es necesario no dejar de remendar la bandera roja. Saramago lo dice de otra manera: si se vive desde la dignidad, es fácil comprender la posibilidad, la necesidad, de seguir siendo comunista. Como una respuesta permanente, como una filosofía de vida, como una forma de entender la inevitable convivencia humana, como un discurso indesarmable que denuncia la injusticia, que denuncia la explotación y el dominio ocultos detrás de la palabra libertad. “No veo motivos para dejar de ser comunista”, le dice a un periodista. Y le pone las cosas más difíciles a una periodista brasileña, a la que explica que lo mismo que tiene un gen para que le crezca la barba, tiene un gen que le impele a ser comunista.

Yo creo, en definitiva, que Saramago logra alcanzar una cima, no siempre bien entendida, y ahí se sitúa él y sitúa la metáfora de su gran literatura (Levantado do chäo, Memorial do convento, O ano da morte de Ricardo Reis, A jangada de pedra, A caverna, Ensaio sobre a lucidez, Ensaio sobre a cegueira…). Y esa cima es la posibilidad de seguir siendo comunista incluso aunque no existiera el Partido. De seguir siendo comunista en la vida, en las relaciones sociales. O, también, de ser siempre comunista por encima de las direcciones concretas y sus estrategias. De ser comunista a pesar de todo, incluso de forma recalcitrante, si cabe, a pesar de los tiempos y sus modernidades. De ser comunista como alternativa invencible, realmente la única, a los estragos del capitalismo.

Saramago, desde luego, por su claridad a la hora de plantear su compromiso profundo, no se hizo el sueco para conseguir el premio Nobel.

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