La obra creativa de José Saramago parte de una lectura profunda de las vanguardias y solo se pone en marcha cuando el escritor cree que es preciso decir algo. Ese sentido de necesidad impregna cada una de sus páginas. La producción de José Saramago, sin dejar de ser literatura, es una “obra abierta” porque dialoga con otras disciplinas artísticas: pintura, fotografía, arquitectura, cine. En el mismo título de algunas de sus obras encontramos las palabras “pintura” y “caligrafía”.

Con un acusado sentido ético y político, cada una de sus novelas es una acción moral. Asimismo todas y cada una de las metáforas, imágenes o alegorías utilizadas en sus obras hablan de un aspecto radical de la naturaleza humana, de tal modo que, con un lenguaje impregnado de piedad, comprensión e ironía, logra un modo material de trascendencia.

El 16 de noviembre  se cumplen cien años del nacimiento de José Saramago (Azinhaga 1922-Tías 2010). Y en fechas muy recientes sus lectores nos encontramos con la sorpresa de un texto inédito, de la serie Cuadernos de Lanzarote, precisamente el escrito en el año del Nobel. Obra de la que habló en algunas ocasiones pero que nadie sabía que estaba escrita. Y así nos llega esta señal intermitente de vida de un escritor que va creciendo con las décadas. Un escritor que forma parte, junto a Fernando Pessoa y Luis de Camôes, del selectivo grupo de escritores portugueses por antonomasia. Y no deja de ser curioso que sean, no hay casualidades, los dos autores portugueses más citados en este libro titulado El cuaderno del año del Nobel, que contiene, fundamentalmente El último Cuaderno de Lanzarote y algunos textos más que recopilan intervenciones públicas de ese año tan especial para el escritor, pero también para las letras portuguesas.

El Saramago maduro, el escritor que meses después ganaría para su país y para su idioma un premio Nobel de Literatura, reflexiona sobre su vida y sobre su obra, siendo consciente en todo momento de que lo que fue, pudo no haber sido. En una entrada del 18 de agosto dice: “Y he pensado otra cosa: Yo no podía haber escrito este libro y, sin embargo existe (Se refiere a una reedición de Tierra de pecado y subraya las palabras ‘no podía’). Y continúa: “Lo que enseguida me ha llevado al paso siguiente: “Yo no podía haber escrito todo cuanto escribí después y, sin embargo, esos libros existen”. Pero esta idea se repite varias veces. El 10 de diciembre, en la entrega del premio Konserthuset, vuelve a decir: “No nací para esto, pero esto me ha sido dado”. Curiosa reflexión esta de que no nació para escribir y, sin embargo, ha escrito. Esto unido al modo en que han nacido muchos de sus libros, a esa especie de ‘dictado’, de mandato en forma de súbita iluminación. Lo cuenta en muchas ocasiones, cómo se le aparecían los títulos y con ellos, confusamente aún, todo el contenido que vendría después, con el trabajo. Si Saramago fuera un escritor del Antiguo Testamento está claro que sería dios quien dictaba, pero él se declara ateo, para desesperación de los obispos, que reconocen ese modo de escritura.

Sus libros se han convertido en diagnósticos que nos sirven como machetes en esta jungla de ideas, conceptos, intereses económicos, sentimientos y valores, que llamamos realidad

Nadie dudaba más que José de Sousa sobre la posibilidad de que José Saramago llegara a existir como escritor. Lo tenía todo en contra. Y lo tuvo todo en contra hasta una edad muy avanzada. Desde luego dudaba, con fundamento, en las largas noches en las que llegaba a casa con las manos negras de grasa, por haber desmontado un motor y vuelto a montarlo, con la meticulosidad del artesano que sabe que cada pieza es importante. Con el mismo descreimiento se vio, aunque ya con muchas lecturas, cuando empezó a trabajar en un periódico. Sorprende ver de dónde viene el joven José, en sus propias palabras: “En la aldea anduve siempre descalzo hasta los catorce años”. Y cuenta que sus abuelos se llevaban a su propia cama a los lechones recién nacidos para que no se les helasen en las frías noches de invierno, porque de la venta de esos cerdos vivos dependía la precaria subsistencia familiar. El mismo abuelo que, en el discurso de aceptación del premio Nobel definió, no sabiendo leer ni escribir, como “el hombre más sabio que he conocido en toda mi vida”.

Por eso no podía haber escrito y, sin embargo, lo hizo. Y solo encontramos en la historia dos casos similares, Kant y Cervantes, con los que Saramago tiene no pocas similitudes. Ambos hicieron obras bastante jóvenes que apenas tuvieron repercusión. Y tras paréntesis de hasta veinte años, sin existencia oficial en ningún medio literario o filosófico, irrumpen casi en la vejez con obras revolucionarias. En un caso la Crítica de la razón pura y en otro El Quijote. Los tres emergen tras años de duro anonimato y silencio con una lección bien aprendida acerca de la naturaleza del fracaso. En el comunicado de concesión del premio Nobel se destacaba la capacidad de José Saramago de “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. Habría que añadir que Saramago supo incorporar a su literatura el espíritu transgresor de las revoluciones y una asimilación creativa de las vanguardias, todo ello puesto al servicio de una actualización del oficio de narrador. Y en este Cuaderno encontraremos ejemplos de ironía, de imaginación, pero también de compasión, con páginas insuperables sobre Chiapas, por ejemplo.

Para él, en el escritor están sueño y pensamiento reunidos. Y la literatura, fruto de un compromiso ético y político, ha de contribuir a la humanización de las circunstancias en las que se desarrolla la vida. Y para este propósito siempre cita a Marx y Engels, en unas palabras, extraídas de La sagrada familia: “Si el hombre es formado por las circunstancias, entonces es necesario formar las circunstancias humanamente”. Y nos dice: “Bien vistas las cosas, soy solo la memoria que tengo, y esa es la única historia que puedo y quiero contar”. El escritor escribe solo de lo que sabe, de lo que ha vivido y de lo que tiene memoria. Todo un programa que lleva hasta el final con suma coherencia. Considera la poesía como la ficción suprema y la llama “la ficción de las ficciones”. Mantengamos la memoria viva del escritor que queda para la posteridad como José Saramago. Un hombre de profundas convicciones, tan profundas como sus propias dudas. “Si no temo el error, dijo, es solo porque siempre estoy dispuesto a corregirlo”. Supo ser fiel a esas convicciones y mantuvo el coraje de no renunciar nunca a ellas. Hoy, que sus enemigos de antaño han desaparecido o se han diluido como azucarillos, su espíritu profundamente humano sigue latiendo en la escritura con tanta vida como se estremecía su cuerpo frente a los volcanes dormidos de Lanzarote.

Por esto y mucho más sigue siendo necesario Saramago. Porque sus libros se han convertido en diagnósticos que nos sirven como machetes en esta jungla de ideas, conceptos, intereses económicos, sentimientos y valores, que llamamos realidad. Asimismo las reflexiones que hizo hace veinte años sobre la democracia (Conferencia en Guadalajara, México, “Verdad e ilusión democrática”), tienen plena vigencia.

A cien años de su nacimiento, nuestro tiempo sigue necesitando la lucidez, la bondad, el sentido común y la ironía de José Saramago.

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