Resumiendo… nos tocaba crecer y crecimos, vaya si crecimos; cada vez con más dudas, más viejos, más sabios, más primos … resumiendo, esto no es un arreglo floral por tu santo … resumiendo, nos veremos cuando se ponga el sol… (J. Sabina, Resumiendo)

Una tarde neblinosa y lluviosa de un otoño tan espléndido como éste a la hora del crepúsculo, del ocaso, puede ser un buen momento para ponerse a escribir no tanto sobre las memorias de Albiac (En tierra de nadie, La Esfera de los Libros, 2022) sino sobre uno mismo tomando como pretexto su libro. Escribir, lo único que nos justifica, lo único por lo que todavía vale la pena seguir viviendo. Este pequeño escrito es generacional: pertenezco a la generación de Albiac, los dos somos de la Complutense, aunque mi recuerdo es más favorable que el suyo de la misma; los dos somos de formación francesa; los dos nos dedicamos a Espinosa, los dos somos althusserianos; los dos fuimos amigos mutuos en los años 80; los dos fuimos comunistas, aunque yo, al igual que Juan Carlos Rodriguez, el profesor althusseriano de Granada,  conservo mi vinculación con el partido del proletariado; los dos somos ya otoñales y nos disponemos a hacer balance de nuestras vidas y de nuestro siglo, uno de los más apasionantes que ha vivido la humanidad; los dos concebimos que la escritura es lo que nos salva; los dos entramos en política, yo con menos dedicación que él, en el contexto de la guerra del Vietnam; los dos fuimos poco receptivos al maoísmo; los dos fuimos antifranquistas furibundos; los dos somos fervientes ateos y anticlericales (me acuerdo que cuando ambos formábamos parte del consejo editorial de la revista Contrarios, un juguete político-intelectual que un millonario comunista regaló a Manolo Ballestero para que se viniera de Paris y que se cerró cuando el millonario se aburrió del invento, se propuso un número ‘Adversus cristianos’ y nos quedamos solo nosotros dos defendiéndolo contra el parecer mayoritario de Ballestero, Jesús Ibáñez y el resto del consejo); los dos combinamos la reflexión erudita con la intervención periodística, aunque él con más provecho que yo; los dos cultivamos una cierta elegancia ‘casual’ con un plebeyismo radical. Por último, los dos compartimos que nuestras mujeres respectivas, en mi caso las dos que he tenido,  han sido historiadoras de arte.

Las principales diferencias entre los dos radican en que, a pesar de que a ninguno de los dos Octubre nos conmovía, él tuvo una etapa leninista muy acentuada, mientras que yo fui desde el origen hasta hoy eurocomunista convencido, es decir socialdemócrata (debo ser el único eurocomunista confeso que queda). En estas mismas páginas ya critiqué esa vuelta al leninismo del PCE por extemporánea, identitaria y, en última instancia inane. Afortunadamente esa vuelta absurda a los orígenes pre-Dimitrov, como decía el añorado maestro Sánchez Vázquez, pre- frente popular y pre- reconciliación nacional, ha sido absolutamente inocua, sin llegar a ser inicua. Otra diferencia radical se encuentra en la relación con las mujeres: en su libro Albiac se muestra muy promiscuo, mientras yo he de confesar que he querido a algunas mujeres que distan mucho de ser legión. Por otra parte, nunca me acerqué a la droga, mientras en cambio no desprecio de vez en cuando un Armañac. A los dos nos gusta el rock, pero yo no he frecuentado los conciertos en directo y, al contrario que Gabriel, no soy noctámbulo en absoluto. También me gusta mucho comer, contra la parquedad gastronómica de Gabriel. De igual manera, no me quedo solo en la literatura y en la música, como hace él, sino que para mí, las artes plásticas y los paisajes son fundamentales. Yo no solo leo sino que también veo. Yo soy de tradición visual, de la teoría griega, es decir de la contemplación, más que de la tradición judeo-cristiana del oído y la palabra.

Albiac de todos los antiguos izquierdistas conversos a la extrema derecha es el único que conserva su lucidez intelectual. Comparándolo con otros dos que le acompañaron en ese paso que también conocí, aunque de forma más distante, Jiménez Losantos y Agapito Maestre, Albiac es el único que puede ser leído con provecho cuando no recita el argumentario extremista que los medios en los que se mueve le exigen. Jiménez Losantos hace años que solo insulta, no argumenta, no analiza, solo echa baba. Y es una pena porque en la mítica revista Diwan dejó algunos de los escritos mejor hechos de su, de nuestra, generación y su presentación de algunas obras de Lyotard fueron memorables. Nada de eso queda ya, para regocijo de sus actuales seguidores y tristeza de los que reconocemos su anterior valía. Agapito, mucho más limitado desde siempre, tiene sin embargo algunas cosas aprovechables, cuando habla de España, por ejemplo, cuando recuerda a Menéndez Pelayo o critica a Bosch Gimpera. Pero los tres pierden toda referencia cuando desgranan de forma monótona las letanías anti-izquierdistas que ahora les hacen célebres entre su público extremista. Pero yo, que puedo prescindir sin ninguna nostalgia de Federico y de Agapito, me resisto a abandonar a Albiac en manos de su seguidores; me pasa lo mismo con Gustavo Bueno, no me resigno a que uno de los principales pensadores y escritores de la época sea recordado solo por sus cretineces extremistas de senectud poniendo entre paréntesis sus aportaciones teóricas esenciales para la filosofía española del último siglo.

Otro punto que admiro de Albiac es la fidelidad a los amigos. El libro está dedicado a José Luis Rodríguez García, su entrañable Pepo, recientemente desaparecido y cuya amistad se preservó a costa de no hablar de política, cosa que le sucedió también con otros como, por ejemplo, el gran maestro espinosiano Jean François Moreau. Hablando de Espinosa, recuerdo ahora que yo desde que soy presidente del Seminario Spinoza siempre intenté que Gabriel participara de nuestras reuniones, cosa que siempre rehusó porque al fundador de nuestro Seminario, Atilano Domínguez lo consideraba un rabadiano compluténsico (seguidor de Rábade, célebre profesor de la Complutense que dirigió mi tesis doctoral) y extendió al Seminario el odio que profesaba a la Facultad de la Complutense. Una cosa que tengo que agradecer a Albiac es que fue en su casa donde vi por primera vez la revista Rinascita, la revista intelectual del PCI, que fue la base de mi relación con el marxismo italiano y la cultura italiana en general a partir de los años ochenta, y que tan decisiva ha sido para mi formación política e intelectual. Hubo un momento en que estuve suscrito a numerosas revistas italianas y leía en italiano todas las semanas. He de confesar que para mí, que no soy de formación alemana, la via italiana fue mi camino real hacia las letras germanas. El marxismo italiano de los años 80 y primeros 90 fue fundamental para mí, dándome una gran soltura y libertad teórica al comprobar que un autor como Máximo Cacciari podía ser el alcalde comunista de Venecia muchos años y al mismo tiempo escribir cosas sobre los ángeles, la cultura vienesa finisecular, Heidegger y Wittgenstein conservando una matriz teórica marxista y una militancia comunista.

Lo que más me separa de Albiac es su devoción por la prensa de derechas, aunque al fin y al cabo es lo que le da de comer y le ha abierto a un público amplio que, sin embargo solo retoma de él lo más mostrenco y menos idiosincrásico, incapaz completamente de captar sus vertientes epicúrea, espinosiana y ni siquiera la pascaliana, y mucho menos de aceptar su antifranquismo, su ateísmo, su crítica del poder, su amor a sus raíces plebeyas y republicanas. En concreto me parece delirante esa respeto beato por ABC y especialmente por Bieito Rubido, uno de los periodistas más romos y aburridos de la derecha. También me extrañó su incoherencia al aceptar el Premio Nacional de Ensayo de un gobierno que para él tenía las manos manchadas de sangre, por las actividades del GAL. De igual manera me parece incompatible con su finura intelectual y su cultura filosófica ese anti-islamismo radical junto con la beatería indefendible que muestra respecto del Estado de Israel. La crítica del terrorismo islámico como el enemigo fundamental a batir es muy parcial, ya que  olvida que dicho terrorismo es un hijo de Occidente, creado y desarrollado por los Estados Unidos para combatir a la URSS en Afganistán, pero que como todas las causas segundas al final se autonomizan de sus creadores y se ponen a actuar por su cuenta, y lo que empezó siendo un arma anticomunista se ha convertido en un arma anti -ilustrada, que identifica, con cierta perspicacia, al occidente capitalista con el oriente socialista, en tanto que ambos son herederos de la Ilustración. El islamismo radical, al igual que los demás integrismos religiosos que Albiac por cierto omite, el católico, el protestante y especialmente el judío, presenta una relación ambigua con el legado ilustrado del que hacen una recepción selectiva: aceptan sin problemas la tecnología y el capitalismo, pero rechazan los aspectos éticos de una moral laica y humanista; los aspectos políticos, la democracia liberal y la socialdemocracia; y los aspectos estéticos y los referentes a la vida cotidiana, abierta al placer sensual y a la sexualidad libre. En resumen, retoman la modernización tecnológica, (los que atentaron contra las Torres Gemelas eran ingenieros), y la modernización capitalista (Bin Laden era de una familia de banqueros), pero rechazan la modernidad ética y política, los derechos humanos y la democracia, y el modernismo artístico y cultural. Albiac es ciego para los integrismos que no sean el islámico y especialmente para el sionista cuya crítica identifica con el antisemitismo; olvidando que una cosa es reconocer el gran legado cultural de origen judío, en su mayor parte por cierto de judíos secularizados, como Marx, Freud y tantos otros, y no ortodoxos, y lamentar el holocausto y todas las formas de antisemitismo aún latentes, y otra muy distinta justificar todos los crímenes del Estado de Israel al que se identifica con Europa y con Occidente olvidando que es, y últimamente ya de forma legal, un Estado confesional, no laico, y además racista, ya que discrimina a sus habitantes por su origen étnico y religioso. No se puede decir que el islam no es la República y a la vez decir que Tel Aviv es Europa y que Israel es la única democracia del área. No se puede decir que Israel es la Europa que nos queda contra el mal absoluto, porque Israel no es Europa, ya que no es laico, y el mal está mucho más repartido, por desgracia, de lo que Albiac dice aquí de forma tan maniquea e incompartible con su finura analítica .

En resumen, Albiac es una curiosa combinación de un Dr. Jekyll fino, culto y sensible, y un Mr. Hyde al servicio de los poderes económicos y políticos menos presentables. Expresión de la radical tragicidad del individuo moderno, en su caso esta tragicidad se muestra excesivamente polarizada. De todas formas, yo que estuve a punto de suscribirme al ABC para poder leer sus crónicas, o al menos algunas de ellas, no dejo de agradecer al antes mentado Buido que lo publique en abierto aunque sea en un bodrio confesional como es El Debate. No estoy dispuesto a abandonar las vetas literarias y anímicas que comparto con él a ese público iletrado y fanático que consume la basura entre la que destacan a veces sus crónicas como un diamante entre el fango.

(*) Profesor de la UNED. Responsable de la Sección de Pensamiento de la Fundación de Investigaciones Marxistas