No sé si os importa, pero reconozco que estoy disgustado. Resulta que me toca (como labor militante) asistir a los Plenos Municipales de mi Ayuntamiento y evaluar el desafío del trabajo comunicativo para la acción política e institucional… y no me gusta lo que veo y escucho. Cada punto del orden del día se convierte en una pelea de “corrala” donde determinados personajes practican la provocación y querencia hacia un enfrentamiento que parece concederles el protagonismo agresivo que les gusta y el desprestigio del adversario, como si éste, en vez de una opinión política (por pobre que ésta fuese) tuviera una disminución psíquica o unas malas intenciones que (encima) deben ser puestas en solfa…y ridiculizadas.

Se dedican a participar en el debate sólo para vencer a los demás, como si se tratase de una lucha personal y sin atender a la fuerza de los argumentos en sí. Resulta muy trabajoso entender la declaración de posiciones de cada interviniente cuando no hay siquiera confrontación de posiciones sino descalificación del adversario que acaba de finalizar su turno de palabra. Se utiliza un tono desabrido que quiere disfrazarse de “humorada” aunque no se supera el nivel de chistes faltones y ocurrencias incluso crueles sobre las capacidades intelectuales del que se quiere “ningunear” y que tienden a provocar una pelea de “patio de vecindad”, en la que destacan los elementos más agresivos de palabra y gesto.

Es una pena que este estilo comunicacional haya calado tan hondo en el debate político como en la rueda de prensa y hasta en el canutazo. Pero no creo, y de ahí mi tristeza y preocupación, que esto suceda por casualidad. Porque más bien parece el resultado de una obsolescencia programada mediante la cual se quiere acabar con la argumentación razonada  y promover una irracionalidad situada en el centro de nuestras vidas y apoyada en variados tipos de falacias, entre las que destaca, por el uso constante que se hace de ella, la llamada falacia ad hominem, que es la que trata de negar la veracidad de ciertas ideas resaltando las supuestas características negativas de quien las defiende, que –a su vez, si tiene cerebro suficiente- puede recurrir a la falacia tu quoque y agrandar la pelea señalando que la persona que te ataca con sus conclusiones no se comporta consecuentemente con sus supuestamente brillantes ideas. O sea, y tú más. ¿Os suena?

El resultado es que estoy rodeado de estímulos que me llevan a una percepción negativa de lo que me rodea y percibo que mis seres más próximos sufren conmigo la intoxicación de ese desacuerdo confuso sobre cómo nos va la vida, cómo nos la cuentan y cómo nos la administran. Y lo peor es cómo nos consolamos con el enfado y la generalización de nuestro malestar. Está llegando el momento en que tendremos que protegernos de la indigestión de emociones y volver a la vieja práctica, tan mal utilizada en estos tiempos, de saber argumentar.