Este mes hemos tenido el privilegio de recibir la visita de Janette, hija de Jim Higgins, brigadista canadiense en la Guerra Civil. Un privilegio y un honor, porque para nosotros, aquellos luchadores que acudieron a defender la República española, son muy queridos, y forman parte indisoluble de nuestra identidad. Janette llegó desde Canadá para presentar el libro de memorias de su padre, “Luchando por la democracia”, recién publicado en castellano por la Universidad de Zaragoza, con traducción de Juanjo Ibáñez. Es un buen momento, este principio de noviembre en el que se conmemora el aniversario de la llegada de las Brigadas, para volver a recordar, de la mano de Janette, el contexto en el que se produjo ese movimiento de solidaridad, como lo hicimos en el acto de San Sebastián.

Las Brigadas Internacionales se crearon el 22 de octubre de 1936 por iniciativa de la Internacional Comunista, como medida urgente para ayudar a la República, abandonada por las potencias occidentales con su criminal política de no intervención; mientras Alemania e Italia ayudaban abiertamente a Franco.

Antes de ese movimiento organizado de apoyo, habían acudido antifascistas extranjeros de una manera más espontánea, entre los que cabe destacar:

– El centenar de internacionalistas que llegaron a Irún en los primeros días de agosto de 1936. Eran originarios de Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Polonia. Algunos llegaban desde el exilio en el que vivían, huidos ya del régimen fascista de sus países. También hubo un importante grupo de judíos polacos, que vivían en Bélgica y Francia, escapando de la política antisemita del régimen de Pilsudski.

– Los atletas que acudieron a Barcelona para participar en la Olimpiadas Populares. Frente a las olimpiadas oficiales que el COI había entregado a la Alemania nazi, el movimiento obrero deportivo, muy pujante en los años treinta, había organizado unas olimpiadas alternativas que iban a inaugurarse en Barcelona el 18 de julio. Era una ignominia que se concedieran a Berlín, un régimen xenófobo y racista que contravenía todos los principios del olimpismo. El golpe franquista hizo que las Olimpiadas de Barcelona se suspendieran, pero muchos deportistas extranjeros se incorporaron a la lucha en las calles de Barcelona para sofocar el golpe, y tras su neutralización, marcharon en las columnas milicianas al frente de Aragón.

-La escuadrilla de 20 aviones Potez-42 que el escritor francés André Malraux consiguió reunir en Francia y enviar para ayudar en el aire a las fuerzas republicanas en los primeros días. Para evitar malentendidos hay que decir que fueron pagados escrupulosamente por el gobierno de la República. Esos aviones tuvieron su importancia en los primeros meses de la contienda, hostigando a las fuerzas franquistas en su avance por Extremadura.

Mussolini y Hitler tomaron el poder sin derramamiento de sangre. “Aquí, por fin, los oprimidos de la tierra estamos unidos, tenemos armas y podemos defendernos”

París fue el centro de reclutamiento de las Brigadas Internacionales. Hasta allí llegaban quienes deseaban venir a luchar. Desde allí se les enviaba a España, pero no en grandes unidades, sino individualmente o como máximo en grupos de dos o tres, para no desafiar la política de no intervención del gobierno francés, y evitar problemas. Viajaban directamente en tren hasta Perpiñán, y de aquí en autobuses hasta Cervera o Le Perthus. Desde donde, por caminos, a pie, pasaban la frontera, a veces tolerados y vistos por los guardias franceses, que en algunas ocasiones les saludaban con el puño en alto, el saludo del Frente Popular. Desde Figueras iban a Barcelona, donde también desembarcaban algunos que llegaban en barcos desde Marsella. Y de aquí a Albacete, donde se ubicó el centro de instrucción; necesario para aquellos jóvenes que nada sabían de armas y guerra.

Entraron en combate a principios de noviembre de 1936, y participaron en las principales batallas, siempre en primera línea: defensa de Madrid, batalla del Jarama, frente de Aragón, Brunete, Teruel, Guadalajara, la primera fase de la batalla del Ebro. Llegaron en torno a 35.000 brigadistas, entre los que, nos contaba Janette, 1.700 fueron canadienses, el segundo país tras Francia en número de brigadistas en proporción a su población. De esos canadienses, 721 murieron en combate. Aunque la cifra de miembros con documentación canadiense era menor, 512, porque Canadá en esos años era un país en formación, con un alto porcentaje de su población recién inmigrada, y que, con estrechos lazos con su lugar de origen, aún mantenían su pasaporte, como el caso de Jim Higgins, con pasaporte británico. Más allá de las razones ideológicas, el alto porcentaje de canadienses se explica además por varias causas: como inmigrantes recientes de Europa, los acontecimientos que sucedían en el viejo continente no les eran ajenos; y cruzar el Atlántico, algo que ya conocían, no representaba un obstáculo insalvable. A diferencia de los europeos, contaba Janette, entre los que abundaban los intelectuales, universitarios, o con profesiones liberales, en los canadienses la extracción era estricta clase obrera. La Depresión de 1929 politizó mucho al sindicalismo canadiense, que agrupaba a todos aquellos que habían inmigrado para trabajar, y muchos vieron en España una salida que les permitía combinar un ideal antifascista y un objetivo vital que había quedado desierto con el paro, tras su llegada al nuevo país.

Unidos en la batalla decisiva al fascismo

Esa cuestión, de por qué vinieron a luchar, la resume bien el brigadista americano Gene Wollman, en una carta a su madre: “Por primera vez en la Historia, por primera vez desde que el fascismo empezó a asfixiar y a hacer trizas todo aquello por lo que sentimos cariño, tenemos la oportunidad de defendernos, Mussolini marchó sin oposición sobre Roma. Hitler se pavonea desde que tomó el poder sin derramamiento de sangre. En Etiopía la maquinaria fascista otra vez ha sido capaz de imponer su voluntad sin una oposición unida. Hasta en los democráticos EE.UU la mayoría ha tenido que sufrir toda clase de opresión sin tener la posibilidad de defenderse. Aquí, por fin, los oprimidos de la tierra estamos unidos; aquí, por fin, tenemos armas; aquí podemos defendernos. Aquí, incluso aunque salgamos derrotados, por el hecho mismo de haber luchado por el debilitamiento del fascismo, habremos triunfado”.

Es lo que sienten los brigadistas, lo que explica su aventura vital en el compromiso a fondo con una causa. Algunos venían obedeciendo el llamamiento de la Internacional Comunista, pero todos venían a entregarse en la lucha contra el fascismo. Porque todos entendían que aquí se estaba librando una batalla decisiva que competía a Europa y al mundo, que si en España no se derrotaba al fascismo, que empleaba nuestra tierra como campo de pruebas, éste asolaría con su crueldad a toda la humanidad, como sucedió apenas un par de años después.

Aunque salgamos derrotados, por el hecho mismo de haber luchado por el debilitamiento del fascismo, habremos triunfado”.

Leyendo el libro de Jim veo las vidas de toda una generación, la que se incorporó al compromiso con los frentes populares, con la JSU; una generación que aprendió la lección de la unidad, necesaria para conseguir las metas más elevadas, y que los mantuvo jóvenes siempre, sin que envejeciera su pensamiento, porque lo vivificaban en la acción.

Estuvieron en combate hasta el 1 de octubre de 1938, cuando la República, con mucho dolor, les pidió que se marchasen. Era un movimiento desesperado del gobierno para intentar que la Sociedad de Naciones instara a las potencias occidentales a exigir a Franco el cese de toda la ayuda de Alemania e Italia. Fue un movimiento bien intencionado, pero ineficaz, pues los fascistas desoyeron este llamamiento. El desgarro con el que se despidió a los brigadistas lo cuenta mejor que nada el discurso de despedida de Dolores: “No os olvidaremos, y cuando el olivo de la paz florezca, entrelazado con los laureles de la victoria de la República española, ¡volved! Volved a nuestro lado, que aquí encontraréis patria los que no tenéis patria; amigos, los que tenéis que vivir privados de amistad; y todos, todos, el cariño y el agradecimiento de todo el pueblo español”.

Con ese espíritu despedimos a Janette, con el poema de Luis Cernuda, que pone de actualidad permanente la causa de aquellos hombres y mujeres que vinieron a darlo todo, sin pedir nada. Como señala Cernuda, por mucho que otros hayan malversado el ideal; la fe de uno solo, nos habla de toda la bondad y solidaridad humana.

“Que aquella causa aparezca perdida,

nada importa.

Que tantos otros, pretendiendo fe en ella,

sólo atendieran a ellos mismos;

importa menos.

Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te parece

como en aquellos días:

Noble y tan digna de luchar por ella.

Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido.

A través de los años, la derrota.

Cuando todo parece traicionarla.

Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Gracias compañero, gracias

por el ejemplo. Gracias porque me dices

Que el hombre es noble.

Nada da importa que tan pocos lo sean:

Uno, uno tan sólo basta

como testigo irrefutable de toda la nobleza humana.