El pasado 6 de noviembre, el exministro del Interior José Barrionuevo reconocía alegremente haber dirigido el terrorismo de Estado en una entrevista concedida al diario El País. Y digo alegremente porque su cara sonriente y sus palabras eran más propias de una celebración que del reconocimiento de un delito. Es la lógica felicidad de quien sabe que los crímenes de Estado en este país gozan de la más absoluta impunidad.

Barrionuevo fue condenado por el Tribunal Supremo en julio de 1998 a una pena de diez años de prisión por secuestro y malversación de caudales públicos. La Justicia demostró su responsabilidad en el secuestro en Hendaya (Francia) del ciudadano francés Segundo Marey, cometido en 1983 por tres mercenarios a sueldo del Ministerio del Interior que confundieron a la víctima con un dirigente de ETA. Cuando fue liberado a un kilómetro de la frontera, llevaba en su bolsillo un comunicado redactado en francés y firmado por los desconocidos Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL). Paradojas de la vida, Marey era hijo de un socialista exiliado en 1936 y uno de sus secuestradores era un cabo de la Legión Extranjera francesa llamado Pedro Sánchez. Sería la primera de las acciones de los GAL, a la que seguirían otros actos violentos y atentados que costaron la vida a 28 personas.

El Tribunal Supremo también condenó a otros cargos socialistas, como el ex secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera; el exgobernador civil de Vizcaya, Julián Sancristóbal; y el exsecretario general del PSOE en Vizcaya, Ricardo García Damborenea. La sentencia confirmaba que Barrionuevo y Vera eran los máximos responsables en la jerarquía de los GAL. El 10 de septiembre de 1998 se produjo el famoso y efusivo abrazo de Felipe González con los condenados, realizado a las puertas de la prisión de Guadalajara cuando dirigentes y militantes de su partido les acompañaron en sus últimos momentos de libertad. Según el discurso oficial del PSOE, se trataba de mártires que pagaban injustamente con la cárcel por acciones que no habían cometido. «Queremos la libertad ya, porque en este caso libertad es igual a justicia», sentenció González, más conocido por ser “la X de los GAL”, de cuyo “proyecto de país” formaba parte el terrorismo de Estado.

De todas maneras, el paso de los dos ex altos cargos de Interior por prisión fue tan efímero que tres meses después fueron excarcelados, gracias a un indulto parcial decretado por el Gobierno del fachita José María Aznar. El entonces secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, había apelado a «criterios humanitarios y de oportunidad política» para que el Ejecutivo del PP accediese a su petición. Aún así, el Tribunal Constitucional confirmó la sentencia en marzo de 2001, sin consecuencias para los indultados.

Por tanto, el reconocimiento que ha hecho Barrionuevo confirma los criterios judiciales. No sorprende la desfachatez del susodicho, sobre todo conociendo la impunidad con la que se han movido y se mueven en este país los criminales de Estado. De hecho, hemos llegado a un punto en donde las polémicas al respecto únicamente se quedan en tanganas dialécticas, enfrentamientos en Twitter y mucho humo, pero sin ninguna consecuencia.

El guardia civil Manuel Pastrana reconoce en un libro y en entrevistas su pertenencia a los GAL, su participación en el 23-F y señala al rey como organizador de la intentona. Y no pasa nada. La ex esposa del mercenario Jean Pierre Cherid demuestra que su ex marido trabajó durante años para el Ministerio del Interior en la guerra sucia contra ETA y salió armado para el Congreso la noche del golpe. Y no pasa nada. Tres agentes del CESID admiten también el papel principal del rey emérito en el 23-F en el documental «Salvar al rey» emitido por HBO. Y no pasa nada. El pasado año, Televisión Española pudo acceder a documentos y grabaciones de audio del 23-F conservados en el depósito acorazado del Tribunal Supremo, demostrando que agentes del antiguo CESID dieron cobertura a la operación de asalto al Congreso. Y no pasa nada. ¿Por qué no presumir de ser criminales de Estado, si en el fondo, aquí nunca pasa nada.

Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

Y luego, ¿por qué me lo preguntas?