Para la mayoría de nosotras escribir es complicado. Por mucho que estemos comprometidas con el lenguaje, que intentemos cuidarlo, esculpir pensamiento en palabras y establecer un diálogo con quien nos lee, no siempre logramos nuestro cometido. Luego está Antonio Flores Ledesma, que se las ingenia para que las ideas más abstractas resulten accesible para todas.

Libro Marx juega, de Antonio Flores Ledesma

Marx Juega (Episkaia, 2022) es un ensayo, pero también podría definirse como un lugar de encuentro. Flores Ledesma genera un espacio en el que una selección de autores del marxismo entra en contacto con algunos de los títulos más conocidos en el mundo del videojuego. Es un libro que, como el propio autor señala, podía haber enfadado a mucha gente. A quienes piensan la teoría política desde la torre de lo académico, así como a quienes defienden posturas más ortodoxas, el presupuesto y desarrollo les podría haber parecido banal o superficial. Quien juega, quizás en la costumbre de una separación impostada entre lo político y la vida, podría torcer el gesto y exigir que nos dejemos de ideología cuando solo hay entretenimiento (si es que eso fuera posible). De hecho, el público evidente de esta propuesta es una rara avis: la ciudadanía que juega desde el materialismo dialéctico. El mayor éxito de Flores Ledesma no es identificar a su público –gamers marxistas- y escribir para él, sino que sabe escribir para quienes el texto podría sacar de sus casillas.

El resultado es una obra didáctica que invita a jugar. Leerla es lo más parecido a ver actuar a grandes acróbatas, un espectáculo en el que el público disfruta de unas contorsiones que parecen naturales. En Marx juega, la palabra está trabajada para que la experiencia resulte una placentera, aparentemente sencilla e incluso divertida. Y, sin embargo, sus párrafos son una caja de herramientas bien equipada para trabajar tanto la teoría marxista como el mundo del videojuego.

Pero si hay algo que me resulta reseñable de la propuesta es que se sitúa en el espacio del juego para hablar de lo videolúdico. El propio texto, en su planteamiento, lleva al lector a ese jugar que tan denostado ha sido por el pensamiento -y que tanto echamos de menos quienes pensamos que en lo filosófico hay mucho de juego. Marx juega no es otra obra más que utiliza la narración de un puñado de videojuegos para ejemplificar las ideas de ciertos autores. La imaginación juega un papel clave en la construcción de esta propuesta. Se trata de propiciar un diálogo imposible: con lo que sabemos de los pensadores que nos ocupan, ¿a qué juegos jugarían? Es más: ¿qué tipo de jugador jugadora serían?

Hay un punto cómico en imaginar a un Marx cascarrabias que pone en valor, de manera casi imperceptible, una idea que late durante toda la lectura, y que se antoja verdaderamente revolucionario para quien escribe estas líneas: hay mucho pensamiento en el entretenimiento, en las pasiones positivas, en el disfrute. De inicio a fin, Flores Ledesma invita a imaginar, a participar en la conversación ficticia entre autor y juego. Esto conlleva, a su vez, una cierta implicación de su público: quien quiera puede participar de este juego, imaginar a qué jugaría su autor de referencia o fantasear sobre las obras que le recomendaría.

Es importante también poner en valor todo lo que no aparece en la propuesta. Marx juega es un libro breve, casi de bolsillo, que omite muchas cosas. En su estructura, los vacíos se antojan como los espacios que dejan las piezas de un jenga: podemos ver el espacio en negativo que generan, y permiten que la obra alcance su máxima altura.

Flores Ledesma evidencia muchos de estos espacios tanto en la introducción como en las conclusiones del libro. Queda patente que hay mucho que no se dice en la estructura elegida: si quieres saber más, solo tienes que recurrir a la bibliografía que aparece en la primera página de cada capítulo. Lee, saca tus propias conclusiones y vuelve al texto para seguir dialogando con todas las subjetividades implicadas en él. Si quieres saber más, siempre puedes consultar la ludografía, que tiene tanto peso como la palabra escrita. Ve, juega, vuelve al texto. Construye tu ciudad, muere muchas más veces de las que quieres reconocer, vuelve al texto.

En las presentaciones de Ideological Games (Héroes de papel) tuve la suerte de compartir muchas conversaciones con Antonio. Una de las ideas que siempre reiteraba, cuya esencia sigo viendo en Marx Juega, es que la obra escrita es solo el principio. El texto no es más que un guion a partir del cual pensar, debatir, construir y aprender. Y en esta premisa, que podría parecer ingenua, explota un universo que se aleja de las concepciones clásicas de la creación cultural. Al proponer y facilitar este espacio, Flores Ledesma hace complicado adoptar la figura del espectador clásico y evidencia la posibilidad de otras estéticas posibles, más cercanas a las que pensaba Sánchez Vázquez. Al mismo tiempo, intenta hacer ver el importante papel que juegan otros estadios de lo cultural, como la crítica y el archivo, pese al poco reconocimiento que obtienen como elementos vertebradores de ideología.

Antonio Flores Ledesma nos invita a jugar como una manera de acercarnos al pensamiento revolucionario. Porque el juego no solo contiene esa potencia emancipadora sobre la que se cuestiona en la apertura del texto, sino que, tal y como reza el cierre, abre nuevos caminos. Seamos audaces: recorrámoslos.