Ángel Rodríguez Leal hoy estaría a punto de cumplir 72 años si aquella noche del 24 de enero de 1977 no hubiera ido a buscar su Mundo Obrero. Lo había dejado olvidado en el despacho de abogados en el que ejercía como administrativo,  trabajo que compatibilizaba con sus estudios de Economía. Se trataba del despacho de abogados laboralistas y de barrio de Atocha 55. Habían terminado una reunión celebrando el éxito de la huelga del transporte, y que además ésta se hubiera concluido sin despidos ni sancionados. Ángel ya estaba en el bar con Navarro y otros compañeros, pero cuando subió a por el periódico, allí estaban los tres asesinos materiales de la Matanza de Atocha. Le dispararon a la cabeza. Ángel murió en el acto.

Aquella noche del 24 de enero de 1977 había nueve personas en el despacho. Dispararon a discreción. Mataron a 5 de ellos, a Ángel Rodríguez Leal, de 25 años; Luis Javier Benavides Orgaz, de 26; Serafín Holgado, de 27; Javier Sauquillo, de 29; y Enrique Valdevira, de 34. A los otros cuatro les dejaron malheridos: Dolores González Ruiz, de 30 años; Luis Ramos, de 38; Alejando Ruíz-Huerta, de 29; y Miguel Sarabia, de 50. Todos militaban en el Partido Comunista de España y pertenecían a CC.OO. Eran abogados laboralistas y abogados de barrio, que ayudaban a legalizar las asociaciones de vecinos desde donde se desarrollaba la lucha de la clase obrera.

El atentado lo reivindicó la Triple A. Nunca se llegó a investigar a los autores intelectuales.

Atocha no fue algo aislado ni se puede entender realmente fuera de su contexto: en ese momento el PCE era muy fuerte en España y en Portugal había triunfado la revolución de los claveles. Pero estábamos en la Guerra Fría y los Estados Unidos no permitirían una izquierda fuerte y comunista en España. El atentado de Atocha 55 está muy vinculado al fascismo italiano; y la red Gladio de la OTAN estaba metida en el fascismo italiano.

Falta mucho por saber e investigar, pero se van dando pasos. Carlos Portomeñe tiene aún reciente el libro La Matanza de Atocha y otros crímenes de Estado, que recoge nueve años de investigación sobre el tema. En el capítulo dedicado a la masacre en el despacho de abogados recuerda aquel día “especialmente convulso”. El GRAPO había secuestrado al teniente general Emilio Villaescusa y la estudiante Mari Luz Nájera había perdido la vida durante una manifestación de protesta por el asesinato del joven Arturo Ruiz. Y por la noche el asesinato de los abogados.

Cuenta Portomeñe que en aquellos momentos la izquierda temió “una noche de los cuchillos largos” que diese inicio a la represión violenta contra la oposición antifranquista. “Esa noche se sucedieron en Madrid una serie de acontecimientos que confirmaban la clara intencionalidad de generar el pánico: dirigentes políticos, periódicos y personas comprometidas con el regreso a la democracia recibieron llamadas amenazadoras; un diario madrileño que celebraba una cena en un hotel recibió amenazas de muerte por parte de un individuo que irrumpió en el restaurante, provocando la intervención de una docena de policías que incluso llegaron a instalar una ametralladora con trípode en una de las plantas del hotel; varios locales frecuentados por personas de izquierda sufrieron asaltos de distinta gravedad por parte de grupos extremistas, como el pub Santa Bárbara de la calle Fernando VI en el que se produjo un tiroteo sin víctimas. Existía un interés deliberado en generar desconcierto y pánico social, especialmente en el ámbito de la izquierda que había encabezado la oposición al régimen”.