«Niemeyer y yo somos los últimos comunistas de este planeta» (Fidel Castro)

La imagen dio la vuelta al mundo, ocurrió el 8 de enero de este año 23, cuando una cuadrilla de hooligans bolsonaristas se encaramaron a la arqueada cúpula del Congreso brasileño, en un intento de golpe de Estado. La cosa va más allá de lo chusquero y, sin gracia alguna, nos recuerda el asalto del Capitolio USA perpetrado por las huestes de Donald Trump. No obstante el caso brasileño aporta una gran paradoja, pues ese edificio es uno de los emblemáticos proyectos de Oscar Niemeyer (1907-2012), el arquitecto comunista que lo ideó y construyó.

Al recibir en 1988 el Premio Pritzker, máximo galardón otorgado en el mundo de la arquitectura, el jurado se deshizo en elogios hacia el discípulo de Le Corbusier, que por aquella época contaba con 81 años: «Hay un momento en la historia de una nación cuando un individuo captura la esencia de su cultura y le da forma. A veces es en música, pintura, escultura o literatura. En Brasil, Oscar Niemeyer ha capturado esa esencia con su arquitectura. Sus diseños son la destilación de colores, imágenes ligeras y sensuales de su tierra natal».

En palabras del propio Niemeyer, poéticamente definitorias: “No es el ángulo oblicuo que me atrae, ni la línea recta, dura, inflexible, creada por el hombre. Lo que me atrae es la curva libre y sensual, la curva que encuentro en las montañas de mi país, en el curso sinuoso de sus ríos, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida. De curvas es hecho todo el universo, el universo curvo de Einstein”.

La gran paradoja a la que antes nos referíamos podría quedar enmarcada en una frase, “la vida imita al arte”. Esto es, a la “curva libre” del Congreso de Brasil ideada por Oscar Niemeyer se ha subido la troupe de Bolsonaro, un líder abiertamente fascista. Enemigo de los principios democráticos, desde Miami el milico tiraba la piedra de la duda sobre la validez del resultado electoral y conspiraba a favor del golpe. ¡Qué mejor imagen podía ilustrar esas intenciones que la de unos brasileños muy brasileños aplastando la curva de Niemeyer, todo un símbolo de libertad vital y creativa! ¡Un Golpe impuesto a golpes de banderazo para imponer “la línea recta, dura, inflexible”, tan rechazada por Niemeyer y tan aclamada por los de siempre!

“Vamos directamente a la dictadura”, ha llegado a postular un Bolsonaro nostálgico del régimen militar brasileño que marcó al país entre 1964 y 1985. Este episodio de la dictadura afectó duramente al arquitecto de la curva, ya que su oficina fue asaltada, sus proyectos comenzaron a ser misteriosamente rechazados y, obviamente, los clientes terminaron por desaparecer. En 1965, doscientos profesores, entre ellos Niemeyer, dimitieron en la Universidad de Brasilia, en protesta contra la política universitaria. Fue ese mismo año, mientras viajaba a Francia para una exposición sobre su obra en el Museo de Louvre, algún ministro de la dictadura se explayó diciendo que “el lugar para un arquitecto comunista es Moscú”. Un año más tarde, en 1966, Niemeyer se vio obligado a exiliarse en Europa, y escogió vivir en París.

En Europa inició una nueva fase de su vida y obra. A su oficina en los Campos Elíseos fueron llegando nuevos clientes de los más diversos países. Enumerar todo su catálogo necesitaría un monográfico de Mundo Obrero, pero sí haremos constar que entre 1967-1981 construyó la sede del Partido Comunista Francés,​ ubicada al nordeste de París, en el 2, Place du Colonel-Fabien. Con el final de la dictadura Niemeyer volvió a Brasil. Él mismo define esta época como el inicio de la última fase de su vida, en la que siguió levantando proyectos importantísimos en todo el mundo, como el Memorial construido en São Paulo (1987), donde una mano herida como la de Cristo refleja la llaga por la que sangra América Latina.

En 2007 Niemeyer donó a España el diseño de su mayor proyecto en Europa, el Centro Cultural Internacional Oscar Niemeyer, con sede en la ciudad de Avilés, Principado de Asturias, inaugurado en la primavera de 2011.  El propio arquitecto lo describió como “una gran plaza abierta a todos los hombres y mujeres del mundo, un gran palco de teatro sobre la ría y la ciudad vieja. Un lugar para la educación, la cultura y la paz”.

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