Un español en Alemania

Cómo van a vivir los emigrantes en Navidad

José Mateos Mariscal 18/11/2020

Si 2020 fuera un año normal, sin pandemia, ya estaríamos planeando la fiesta más bonita de nuestro calendario. ¿Cómo será la Navidad este año? Lo pensamos lejos de casa. Con la morriña de la familia que quedó en España, viviendo apretadamente porque buena parte de lo que se gana lo mandamos a nuestro país para ayudar a las familias. Arracimados en una nueva familia, la de la emigración forzada, cuya razón es la necesidad.

La época decembrina suele estar asociada al encuentro, la unión y el vínculo entre familiares y amigos. Sin embargo, somos muchas las familias que por necesidad decidimos emprender un viaje con un rumbo incierto y probar suerte en otro país.

Mi familia y yo tratamos de controlar la nostalgia, con la esperanza de llegar a un destino en el cual encontrar un futuro mejor. Nos damos fuerzas para continuar la travesía y, con lo poco que tenemos, adecuarnos a la época navideña a pesar de las circunstancias.
Sin trabajo, sin ingresos y sin posibilidad de regresar a nuestros lugares de origen, padecemos el denominado síndrome de la silla vacía que surge cuando las emociones por la ausencia de un ser querido entran en conflicto con el ambiente festivo típico de las celebraciones navideñas.

Aunque la Navidad puede aumentar los niveles de estrés y ansiedad, hasta el punto de que en algunas personas provocan un profundo sentimiento de angustia, los psicólogos precisan que estas fechas no suelen desencadenar una depresión. No es que la Navidad genere un trastorno depresivo sino que, si una persona experimenta previamente un cuadro depresivo, la Navidad puede convertirse en un factor de riesgo o en un desencadenante para que toda esa sintomatología aflore de manera más vívida.

Las fiestas navideñas, tan pródigas en emotivos encuentros y reencuentros con familiares y seres queridos, tienen el lado oscuro de la soledad forzada que vivimos muchos emigrantes.

En el mundo de hoy millones de personas que han tenido que dejar sus países viven sin derechos y en situaciones de gran soledad, lejos de sus seres queridos. El caso más dramático es de los padres que han tenido que dejar a sus hijos pequeños en sus países de origen, una separación emocionalmente devastadora. Lamentablemente, en nuestras sociedades hay toda una ingeniería legal que dificulta e incluso en muchos casos impide la reagrupación familiar, violando sistemáticamente no solo los derechos humanos sino los más elementales rasgos de humanidad.

La soledad forzada es uno de los grandes dramas de la emigración. No hay estímulos externos que puedan distraer a la persona de sus preocupaciones, del recuerdo de los seres queridos lejanos.

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