Los que solicitan ayudas después de la explotación laboralLobos con piel de cordero

Miguel Ángel Parra González. Militante del PCE / Núcleo de Lugo 21/11/2020

La crisis sanitaria ha devenido rápidamente en crisis económica, al vernos abocados a restricciones que nos afectan diariamente en nuestros hábitos, rutinas, trabajo, ocio y movimientos en general. Porque la única forma de parar una pandemia mientras no haya vacuna y tratamientos efectivos es reducir al máximo las interacciones sociales que la propagan.

Uno de los sectores que más se han visto afectados es el de la hostelería. La sociedad española, como sociedad mediterránea, disfruta mucho de las reuniones sociales en las viviendas, los bares y en la calle. Somos mucho de tocarnos y abrazarnos y muy poco de distanciamiento social. Y es por eso que las diferentes administraciones se han visto obligadas a restringir o directamente cerrar los bares y restaurantes como medida de contención, ya que son los espacios favoritos de socialización y más difíciles de controlar.

Según datos de 2019 del Anuario de la Hostelería de España, la facturación del sector supuso un 6,2% del PIB estatal. Con ello, y teniendo en cuenta toda la economía en red que circula a su alrededor, empezando por las empresas de distribución, somos conscientes de su enorme importancia. Y precisamente por ello uno de los deberes que tenemos pendientes es un rediseño de la estructura económica de nuestro país que, sin dejar de lado el turismo, la hostelería y los servicios, dote de un mayor peso a la industria y a los sectores de alto valor añadido con el objetivo de que el motor de la economía se base en empleo estable, con derechos y garantías, y en sectores que contribuyan al desarrollo del país de una forma que minimice la dependencia respecto a otros. En resumen, construir soberanía económica y con derechos.

A nadie con cierta experiencia en el ámbito laboral se le escapa la dificultad añadida de hacer valer los derechos laborales en las pequeñas empresas. Las luchas más exitosas se han basado en la unidad de los trabajadores, que es lo que nos hace más fuertes frente al patrón o el empresario. Algo que es evidentemente más complicado cuando hablamos de empresas con uno o pocos empleados, en los que en algunos casos se genera una suerte de síndrome de Estocolmo disfrazada de familiaridad. El jefe adoptando una figura paternalista hacia el empleado. En otros casos lo hemos visto en la versión más mezquina, resumida en la famosa amenaza de "y si no te gusta, hay cien más en la puerta esperando por tu puesto". Bajo éstas dos facetas, se han construido unas relaciones laborales en la hostelería basadas en la explotación más descarnada. Horarios extenuantes, en ocasiones de más de doce horas y seis días a la semana. Sueldos de miseria en comparación a la horas trabajadas. Contratos de media jornada para trabajadores que las hacen completas y con más horas de lo que la legalidad establece. Sueldos en negro y, por supuesto, sin cotizar al Estado. Lo cual hace que uno de los sectores más importantes de nuestra economía sea uno de los más precarios y con relaciones laborales casi feudales. Entre la dependencia emocional y el terror, las condiciones para la penetración sindical en estas realidades son francamente terribles, quedando prácticamente reducida a las grandes franquicias. Quienes hemos participado activamente en huelgas generales recordamos la típica imagen de hosteleros pretendiendo abrir su negocio como si la cosa no fuera con ellos y poniendo al frente a sus empleados para defender la apertura con uñas y dientes.

El show de ‘Espejo Público’

La recesión económica, las restricciones y los cierres han empujado a la calle al sector de la hostelería. En muchos medios de comunicación se está dando cobertura a situaciones particulares de muchos hosteleros que se han visto obligados a cerrar o abrir con limitaciones sus negocios, con grandes pérdidas. Estos días atrás se hizo viral el caso de José Luis, hostelero sevillano que apareció en el programa Espejo Público de Antena 3 explicando el drama particular que padece con las restricciones en su mesón. En el programa, con una carga emocional enorme y entre lágrimas, cargaba también contra el gobierno por la situación, defendía la tauromaquia y hacía un totum revolutum de temas que le resultaban indignantes, sin un hilo claro. Todo bajo la compasión de la presentadora y la entrevistadora. Un show orquestado por la cadena con un claro trasfondo político. Poco después aparecía en las redes sociales un mensaje anónimo que aseguraba que en una entrevista de trabajo para ese mismo establecimiento le ofrecían una jornada de 66 horas semanales con un día libre para que pudiera ir a bañarse. Todo expresado con total naturalidad, como si no se tratara de una barbaridad. Pasaría como una anécdota si no fuera la realidad de miles de camareros y camareras que durante los años de bonanza económica no han visto mejoradas sus condiciones económicas y en época de crisis han sido utilizados como arietes por sus jefes para mostrar una imagen lastimosa.

Por supuesto que los autónomos y pequeños empresarios han de ser ayudados en época de crisis. Con un gobierno de izquierdas no es posible que de la crisis se salga en beneficio de los ricos, grandes empresarios y banqueros, como hemos visto en gobiernos tanto del PP como del PSOE en solitario. El escudo social que se ha desplegado en forma de ERTEs, ingreso mínimo vital y diferentes medidas de protección demuestra que éste gobierno intenta dar respuesta a las dificultades de las clases populares a las que representa. No obstante, no son suficientes y hay mucha gente viviendo en situación de penuria. Añadiendo el colapso de las administraciones y los retrasos en los pagos, la situación se hace alarmante y es necesario solucionarlo. También es cierto que muchos de los que reclaman ayudas urgentes del Estado han estado años y décadas defraudándole en forma de horas de trabajo en negro. Con ese dinero estaríamos algo mejor para afrontar la situación. Ello no significa que todos los hosteleros participaran de esas prácticas. Hay gente honrada que no merece estar pasándolo mal. Pero con ellos han coexistido frecuentemente el fraude y la explotación laboral. Hay que denunciarlo. Y tan pronto como las condiciones lo permitan se han de redoblar los esfuerzos para perseguirlo mediante inspecciones laborales y desplegando medidas que permitan garantizar condiciones laborales dignas y el cumplimiento de los convenios colectivos.

La solidaridad entre quienes padecemos los efectos de la crisis tiene que servir para mejorar nuestras condiciones y conquistar derechos. Tenemos que solidarizarnos con los hosteleros y los trabajadores que lo están pasando mal pero sin bajar la guardia porque entre la gente honrada y bajo las causas nobles se camuflan los lobos con piel de cordero.

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