La digitalización de la comunicación ha cambiado para siempre la manera en que consumimos el entretenimiento

Raúl Pérez Andrade. Doctorando en Filosofía 26/11/2020

Sí, lo he hecho. Me he abierto una cuenta en TikTok. No quería. Lo último que necesito ahora es otra aplicación que me absorba más el tiempo y la atención, pero si quería estar conectado con mi tiempo era necesario. La primera semana solo me aparecieron vídeos que no me interesaban lo más mínimo. Estuve a punto de cerrarla hasta que un amigo me dijo: “es que tienes que alimentar el algoritmo”. Su comentario me dejó perplejo y me hizo pensar en las repercusiones que ha tenido la introducción de las redes sociales en el mundo del entretenimiento.

Como espectador predominantemente televisivo estoy acostumbrado a dejarme llevar por el contenido que se me ofrece. Es verdad que las redes sociales tienen un funcionamiento diferente -más que una programación fija, son un almacén por el que debo navegar- pero había trasladado a ellas parte de la pasividad con la que consumo la televisión. La digitalización del entretenimiento suponía, para mí, sustituir la figura del programador por la de un algoritmo que, en vez de imponerme una parrilla, me recomendaba el contenido más adecuado a mi perfil. Como buen ciudadano obediente aceptaba su oferta y no me había dado cuenta de lo que significaba este cambio.

Frente a la relación autoritaria que establece el programador con el espectador, en las redes sociales nuestra relación con el algoritmo está abierta a la interacción y podemos alimentarlo con nuestras decisiones. Esto supone que podemos hacernos responsable de las elecciones que tomamos y, al hacerlo, podemos determinar a qué tipo de contenido vamos a tener acceso. En ellas podemos ignorar y/o bloquear lo que no nos gusta y apoyar lo que sí. Nuestros “me gustas”, comentarios y visualizaciones sí tienen repercusión y sí modifican el contenido. No solo al que tenemos acceso, sino también al que se le ofrece al resto de usuarios. A más votos, más visibilidad.

EL ROL DEL ESPECTADOR

La digitalización de la comunicación ha cambiado por completo el rol del espectador. Nos encontramos frente a dos modelos que son consumidos prácticamente en la misma proporción. Durante el confinamiento, los medios más habituales de información en la población de 25 a 45 años fueron la televisión (88%) y las redes sociales (82%). Son dos modelos que conviven porque satisfacen dos actitudes que también coexisten en la actualidad. Frente al espectador -el que aguarda y contempla con atención-, está el usuario -el que usa, decide y modifica la red con su uso-. Frente a la resignación, la participación. Frente al monólogo, la interacción. Frente a la imposición, la democratización. Estos dos modelos coexisten sin competir porque así el ciudadano puede elegir qué actitud le apetece tener en cada momento, aunque esta coexistencia ha cambiado para siempre la manera en la que consumimos el entretenimiento. Actualmente vemos la televisión con el móvil en la mano y con Twitter abierto. Con el ojo contemplamos y con la mano comentamos.

INTERACCIÓN Y DEMOCRATIZACIÓN DE LA PRODUCCIÓN

Pero pensemos también qué ha ocurrido con la producción de contenido. Con la digitalización, la exhibición se vuelve accesible y gratuita para todos los usuarios. Las redes sociales son plataformas en las que cualquiera puede subir su contenido y donde la visibilidad se gestiona democráticamente dependiendo de la valoración de los usuarios. Pero podríamos pensar: vale, tenemos a mano canales de exhibición y distribución pero, ¿y los medios de producción?

El confinamiento puso en una posición delicada a las cadenas de televisión: ¿seguimos realizando los programas desde el plató, con el riesgo que supone, o los emitimos desde casa? Muchos eligieron la segunda opción y así todos vimos los hogares del Gran Wyoming, Jordi Évole o Roberto Leal. Estos formatos “desde casa” se realizaron con medios que casi todos los ciudadanos tenemos a mano: un móvil, una WebCam y un ordenador. Las entrevistas se hicieron a través de programas como Skype o Zoom. Esto evidenció que la evolución tecnológica ha puesto al alcance de todos tanto los medios de producción de contenido como los canales de exhibición. Ya no dependemos de que grandes empresas compren una idea y la produzcan, ni de que los propietarios de las licencias la exhiban. Se han socializado los medios de producción y exhibición del entretenimiento. Se ha socializado la creatividad.

Por último, si pensamos en el funcionamiento de estos dos modelos, fácilmente podríamos hacer un paralelismo con los modelos de democracia. Mientras que el televisivo mantiene una lógica representativa -las decisiones las toma el programador con su equipo y éstas son valoradas, es decir, votadas por los 4.625 audímetros que están repartidos por toda España- el modelo de las redes sociales funciona como una democracia directa en la que cada usuario vota y participa en su construcción. La digitalización y la Web 2.0. han sorteado todas las barreras comunicativas y han conectado a millones de personas que, de manera instantánea, pueden interactuar entre ellas. Esta nueva interacción masiva puede aplicarse al modelo político. Antes era imposible, y por eso la representatividad era la mejor solución. El sistema no podía movilizar a millones de personas en un referéndum para cada votación. Pero actualmente se han desarrollado las herramientas para que la población pueda participar directamente. Podríamos finalizar el recorrido desde el espectador hacia el usuario, acabando en el ciudadano participativo. Ahora que la democracia directa ya es posible, ¿es inevitable un cambio en el modelo democrático?

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

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