Esperando a los bárbaros

Navidad viral

Felipe Alcaraz Masats 27/11/2020

Eslogan recomendable para la estrategia navideña: Es preferible saludar por teléfono a tu abuelo que despedirlo, tras una fiesta familiar, en una cajita de pino.

El capitalismo estacional da la impresión de que nos prepara una estrategia de picos de sierra para, tras salvar el mes de agosto, salvar la Navidad, salvar la Semana Santa y volver a salvar de nuevo el mes de agosto para el consumo y la eutrapelia del ocio nocturno y la sana compañía sin mascarilla. Y entre paraíso y paraíso del consumismo, iremos de pandemia a pandemia, y tiro porque me toca, hasta la vacuna final (si hay suerte).

El capitalismo estacional, y sus medios, tienen dos instrumentos impagables para cumplir su estrategia: el espíritu clientelar de consumo y el síndrome sentimental incontenible de “Vuelve a casa por Navidad”.

El capitalismo posmoderno se caracteriza por el triunfo absoluto del mercado. Todo es mercado: espacio, tiempo, carne y obra. Y además, disfrazado muchas veces por toda una filosofía de la rabiosa actualidad, fragmentada ella y a contrapunto servida, en contra siempre de las grandes batallas y coherencias; es decir, en el seno de una gran estrategia de olvido: todo se renueva cada 48 horas. Y en esa órbita la gente ha pasado de ser ciudadano a ser cliente. Es el gran triunfo del capitalismo tardío, que ha sabido inocular una ilusión clientelar específica: todos los proyectos personales, incluso a veces compulsivamente, terminan en una tienda. De ahí que hayan creado un inconsciente social que nos hace desear ansiosamente la Navidad como una especie de grandes almacenes, infinitos almacenes, que nos esperan con su abrazo de cosas recién compradas con olor a nuevo.

A la vez la ideología más tradicional se trenza con este inconsciente comprador. Los regalos y el sentimiento familiar nos convocan en torno a ingentes cantidades de comida y de bebida, mientras resuenan los villancicos y todo se vuelve sentimiento a flor de piel. Sentimiento de consumo a gran escala, para demostrar la alegría del encuentro y el amor familiar a través de los regalos, como flores vivas del temblor amable y dulce de los cariños.

Pues bien, todo vale con tal de no perder la “campaña de Navidad” (he oído decir a los empresarios) y en este proyecto los sentimientos antedichos, si nos descuidamos, nos convierten en cómplices. Los dientes de la sierra estadística han llegado a un valle con pocos virus, que empiezan a escalar tras la Navidad a una punta cada vez alta, en uve, como desescalada imprudente que conduce a un nuevo limbo de distancia social, mascarillas y manos escocidas por el alcohol de setenta grados.

Ya sé: me he convertido en una aguafiestas insoportable, en un (como se diría en Granada) “malafollá” agudo. Pero la cosa es así, en este panorama que se caracteriza por el intento de compaginar capitalismo y pandemia, como si esto supusiera una estrategia adecuada para salvar a los pobres. Y es todo lo contrario. Efectivamente, no hay pandemia que no haya hecho retroceder aún más a los pobres, y cuando más dure, peores serán sus consecuencias. Seremos, en este sentido, menos chinos, más libres (“Quién me va a decir a mí cuando tengo que beber”), pero más pandémicos.

He podido comprobar que mucha gente tiene la impresión de que no pasa realmente nada. No es que sean negacionistas los susodichos, pero nunca han visto a un contagiado y tampoco han visto los efectos reales de la enfermedad. En este sentido hay que decir que, concomitante con los sentimientos antedichos, ha funcionado una estrategia informativa que ha roto la memoria pandémica, evitando mostrar los vídeos y las fotografías de la gente asfixiándose en las UCIS, intubada, acostada 60 días bocabajo. Tampoco se ha difundido suficientemente la información de que las secuelas son terroríficas y que la mayoría de los enfermos no vuelven a ser las personas que eran antes de la enfermedad.

Si a esto le sumamos una especie de “trumpismo” espontáneo, sobre todo en esa parte de la sociedad que no ha salido totalmente del posfranquismo, tendremos un panorama global especialmente triste.

Por cierto, ¿sigue saliendo la gente a balcones y ventanas para aplaudir a los heroicos trabajadores sanitarios? ¿O es una reacción de agradecimiento que ha sido superada y ya realmente nadie es capaz de reinventar para el próximo periodo, que se anuncia tan feroz o más que aquellos meses del principio pandémico? Desgraciado el país que necesita héroes, dijo Brecht. Pero desgraciado también el país que, necesitándolos, no los consigue para un momento histórico determinado. Y ese momento específico ha sido el de un hospitalocentrismo que no ha tenido, por razón de los recortes y la política neoliberal, una salida apropiada a través de la medicina de base; de la medicina social, que se había olvidado y ha habido que improvisar sobre la marcha; como esos héroes que son capaces de arreglar en vuelo un avión averiado. Si a esto se suma que nunca se han tomado en serio los rastreadores y que, por ausencia de ellos, las pistas han sido borradas por el agua y el viento, y que, además, no se han hecho las pruebas de detección necesarias, nos encontramos al final con la triste realidad de que los sanitarios, sin los cuales ya hubiéramos fenecido, son héroes que han dado la batalla con armas oxidadas o melladas o rotas.

Pero esos sanitarios casi desarmados han dado esa batalla descomunal, han cumplido esa misión imposible, y han sido el único refugio real, material, que hemos tenido. Y por eso termino mi artículo con un aplauso interminable. Celebremos en su honor la Navidad de forma estoica.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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