Un español en Alemania

Migrar no es fácil, es un camino largo y tortuoso

José Mateos Mariscal 30/11/2020

En pueblos de España aún es fácil ver de tanto en tanto un palacete, una casona o un chalet. Las mansiones que, sobre todo en los años ochenta del siglo XX, construyeron los emigrantes en su regreso triunfal de Alemania. Sus hazañas y aventuras, unas más creíbles que otras, están más que contadas. En público y en privado.

Nosotros los emigrantes, por culpa de una maldita crisis, cerramos la maleta y nos vamos. Una maleta llena de ilusiones, esperanzas y otras tantas dudas, miedos y todos esos objetos que te recordarán de donde vienes y donde te esperarán siempre.

Cuando eres padre y emigras con tus hijos, a esa maleta tenemos que añadirle una buena máscara de “esto es genial”, la máscara del optimismo perpetuo que les ayude a vivir su propia emigración desde el punto de vista más positivo posible.

Cuando eres un padre en un país extraño, no solo debes adaptarte, aprender o mejorar el idioma y gestionar el día a día, la adaptación de tus hijos se convierte en una prioridad constante. No hay día en el que no pienses si esto es lo mejor para ellos, si crecer lejos de sus abuelos, sus tías, sus primos es tan genial como los beneficios que el bilingüismo añadirá a su CV cuando sean adultos. Los años van pasando, los niños van creciendo pero esta pregunta nunca deja de sobrevolar tus pensamientos. Algunos conseguimos retornar, otros muchos no lo conseguirán nunca, algunos porque no pueden, otros porque así lo decidirán.

Y luego empiezan a llegar los días importantes en los que no puedes estar. La boda de tu primo, el primer hijo de tu mejor amigo, la muerte de tus abuelos (esos con los que tus hijos casi no han tenido relación) y el vacío te va comiendo por dentro, algo se va rompiendo, al mismo tiempo y de manera proporcional que esa máscara de “todo es genial” se va haciendo cada vez más grande y más pesada de llevar.

Y entonces el calendario se llena de días que antes no significaban gran cosa para ti y que empiezan a tomar una dimensión hasta entonces desconocida, el día del padre es uno de ellos. Cada país tiene su propio día. La fecha de celebración del país en el que vives no llegas a integrarla como propia y el diecinueve de marzo no significa nada, los niños no te hacen regalitos ni te dan besos por la mañana, para ellos sólo es un día más, por mucho que les hayas dicho mil veces a lo largo de la semana que este diecinueve es el día del padre en España.

¡Qué saben los que nunca han tenido que migrar, que nunca han vivido la sensación de sentirse extraños en un país ajeno!

Dichosos los que tienen la suerte de vivir en el lugar en que nacieron, que no tienen que cambiar su rutina diaria, que no tienen que volver a comenzar desde cero, aprender otro idioma, costumbres, nuevas relaciones. Se necesita tiempo para adaptarse de la mejor manera posible a esa nueva realidad, el acoplamiento no se da de inmediato, es un proceso que requiere su tiempo, quizás poco o mucho, eso no se sabe. Algunos tratarán de marginar a esos extraños por no ser como ellos, por tener otro color de piel, otra creencia religiosa. Los migrantes tendrán que luchar contra los prejuicios, la desconfianza.

La nostalgia es un sentimiento preponderante en los migrantes, nunca olvidarán de dónde vienen. Uno puede acostumbrarse a asimilar el nuevo entorno pero no olvida sus orígenes.

Lo que durante decenios ha permanecido oculto bajo un manto de vergüenza son los avatares y desventuras de los emigrantes que, lejos de triunfar, las pasamos canutas para sobrevivir y salir adelante. Somos los emigrantes que no triunfamos, los que no volveremos.

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