Tuvo siempre la honestidad y la valentía de decir lo que pensabaAdios, Rossana Participó en la Resistencia y al acabar la guerra se afilió al PCI donde fue responsable de cultura

Higinio Polo 02/12/2020

Aunque ya tuviese 96 años, la muerte de Rossana Rossanda nos ha dejado una repentina congoja en los surcos de la memoria del comunismo, de ese Novecento italiano donde ella se definió, ya en el nuevo siglo, como la ragazza del secolo scorso.

Hacía años que no podía moverse y su compañero de tantas aventuras vitales, K. S. Karol, había muerto hacía seis años, dejándole una herida que no pudo cerrar. Rossana Rossanda era aún aquella chica que, en su vejez, todavía se despertaba con el frío de la guerra, de aquellos noviembres gélidos cuando dormía vestida en Milán siendo la Miranda de los partisanos que combatían al fascismo.

Se hizo comunista entonces, con la idea lejana que tenía de los comunistas españoles que llegaron a los noticiarios italianos durante los días de la guerra civil. A aquella España fascista viajó Rossanda en 1962, en una misión clandestina para reforzar la resistencia, intentando ver en la oscuridad del franquismo, perforar en las transformaciones, llevando el aliento del comunismo italiano. Tras la Segunda Guerra Mundial, participó en todos los grandes combates de la izquierda italiana, cuando era una joven que se iniciaba en la dura prueba de la militancia comunista y trabajar para el partido implicaba dificultades y renuncias: fue diputada comunista veinte años después, algo que implicaba trabajar sin descanso cobrando como un obrero de fábrica.

Su trayectoria se desarrolló primero en la Milán de posguerra y después recorriendo toda Italia, durmiendo en casas de camaradas, porque la militancia no tenía nada que ver con los privilegios de la política burguesa ni con los graznidos satisfechos de los viejos tiburones atlantistas de la corrupta Democrazia Cristiana.

Rossanda era la joven entusiasta que asistía a las células lombardas, que recorría las fábricas ayudando a sus camaradas, que enseñaba Milán a Bertolt Brecht en 1956 y que se encontraría, sin saberlo, con su tumba en el Berlín de la guerra fría, en el cementerio junto a la casa del dramaturgo.

Palmiro Togliatti se fijó en ella para pedirle que dirigiese la Comisión de Cultura del PCI, en unos años en que Pasolini, Calvino, Galvano della Volpe, Vittorini, Colletti, Guttuso, Visconti, Rossellini, Moravia, Pontecorvo, Elsa Morante, Natalia Ginzburg, Camilleri, Ettore Scola, lo mejor de la cultura italiana, eran miembros del partido o lo apoyaban, intentando cultivar la vida para que no pereciera en las tierras calcinadas del capitalismo.

Después llegó el momento amargo de su expulsión del PCI por disputas que no le impidieron seguir siendo comunista pero conservando amigos y relaciones en el partido de Gramsci y Togliatti. La creación de Il Manifesto la llevó a ser expulsada del PCI pero nunca dejó de sentirse camarada de aquellos que habían reconstruido la razón obrera tras dos décadas de fascismo y un cuarto de siglo de posguerra. Con Magri, Pintor, Castellina, trabajó en Il Manifesto, un diario comunista que intentó servir de enlace entre las nuevas generaciones que habían surgido en Italia veinticinco años después de la guerra y el Partido Comunista pero no fue posible, como ella misma reconoció.

Sin dogmatismo ni inclinaciones sectarias

Tantos años leyendo la realidad italiana, analizando críticamente la actuación del Partido Comunista y de la izquierda, intentando conjugar la apuesta por el socialismo con la interpretación de los nuevos fenómenos y del nuevo capitalismo que en los setenta y ochenta estaba cambiando Italia, Europa y buena parte del mundo, atacando y destruyendo las condiciones en que había fermentado el Partido Comunista, acabaron en la impotencia de ver su disolución en 1989. Rossanda no estaba en el partido pero era comunista y sabía que el PCI eran los suyos.

Tuvo siempre la valentía de decir lo que pensaba, aunque eso incomodase a muchos de sus camaradas, desvelando también las causas que llevaron a los herederos de Acchile Occhetto a buscar cobijo en la vieja socialdemocracia atlantista. Occhetto, el secretario que disolvió el PCI, y quienes le siguieron, acabaron engrosando las filas de la izquierda que aceptó el liberalismo y que se hundió después en la mugre y la vergüenza de las guerras estadounidenses. Lo hicieron primero como Partito Democratico della Sinistra, para acabar en una rápida sucesión en el Partito Democratico que se unió a los restos de la Democrazia Cristiana que había perseguido a los comunistas a lo largo de treinta años. Por eso, Rossanda tuvo duras palabras para hombres como Massimo d’Alema, el dirigente de Democratici di Sinistra y presidente del gobierno italiano que apoyó la guerra de la OTAN contra Yugoslavia.

Rossana Rossanda siguió escribiendo con más de ochenta años, desentrañando la grotesca Italia que había configurado el berlusconismo y la falsa izquierda del Partito Democratico, huyendo del dogmatismo y de las inclinaciones sectarias, y cuando escribió sus memorias se detuvo en el momento de su expulsión del PCI como si no quisiera contar su vida fuera del partido, aunque siempre se definió comunista.

Siempre atenta al mundo, en sus últimos meses Rossanda leía mucho sobre China, como ha contado Luciana Castellina, el país que su marido, K. S. Karol, siempre admiró. Ella, que supo ver los errores, las dificultades, los caminos equivocados que, en ocasiones, tomaban los partidos comunistas y los países socialistas, fue un ejemplo de honestidad y de entrega, de fraternidad, sin engañarse ni abandonar el camino inconcluso del socialismo, y no tuvo reparo al final de su vida en definirse como una “comunista ortodoxa” porque siempre supo al lado de quién estaba. Adiós, Rossana.

Publicado en el Nº 338 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2020

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