El tren de la memoria

A vueltas con León Felipe El documental León Felipe. Poeta Peregrino, presentado en la Seminci de Valladolid, recoge las andanzas de este viajero y aventurero que tanto asistió a los exiliados republicanos en México

Mariano Asenjo Pajares 07/12/2020

“Si no es ahora ... ¿cuándo se pierde el juicio?
Respondedme loqueros"

León Felipe (‘Pero ya no hay locos’)

El poeta León Felipe (1884-1968) sigue su ajetreada y errante andadura después de llevar muerto cinco décadas, o eso dicen. Con motivo del cincuentenario de la muerte del autor de 'Versos y oraciones del caminante', el Ayuntamiento de Zamora organizó en 2018 una exposición itinerante (‘León Felipe, ¿Quién soy Yo?’) sobre la vida, obra y época del poeta nacido en el zamorano municipio de Tábara y fallecido en Ciudad de México después de tres décadas de exilio.

Desde entonces, en México y en España, no han parado se sucederse los eventos, veladas poéticas y actos conmemorativos con el fin de mostrar a León Felipe, una figura literaria de primer nivel cuya vida estuvo marcada por su carácter errante. Esa característica viajera de Felipe Camino Galicia de la Rosa, su nombre de pila, es la que justifica el título del documental ‘León Felipe. Poeta Peregrino’ presentado oficialmente en la 65 edición de la Seminci de Valladolid. Se trata de un trabajo del periodista Agustín Remesal, que ha sido auspiciado desde la Fundación León Felipe y el Ayuntamiento de Zamora, que adquirió el legado del poeta.

Nacido en una familia acomodada, su padre, Higinio Camino de la Rosa, era notario, por lo que el niño poeta pasó años de su infancia siguiendo los destinos de su progenitor. Tras licenciarse como farmacéutico, por agradar a Don Higinio, León Felipe inició una vida llena de peripecias, empezando por la regencia de varias farmacias en pueblos de España y recorriendo a la vez el país como cómico de una compañía de teatro. Permaneció tres años en la cárcel de El Dueso, Cantabria, convicto de desfalco. “Viví tres años en la cárcel... / no como prisionero político, / sino como delincuente vulgar...”. Después recaló unos años en Guinea —por entonces colonia española— trabajando como administrador de hospitales. Luego saltó a México “montado en la cola de la revolución. Corría el año de 1923”. En México “he vivido por muchos años: Aquí he gritado, he sufrido, he protestado, he blasfemado, me he llenado de asombro...” Trabajó como bibliotecario en Veracruz y, posteriormente, como profesor de literatura española en la Universidad Cornell, Estados Unidos. Volvió a España poco antes de iniciarse la guerra civil, lo que lo llevaría, de nuevo, a asentarse definitivamente en México, donde contó con el apoyo de la Casa de España, y donde llegaría a ser agregado cultural de la embajada de la República española en el exilio.

A diferencia de otros colegas, su bagaje viajero hizo que no llegara al país azteca como un derrotado (pese a que siempre mostró su apoyo al bando republicano), porque ya había salido antes de España. Una vez llegó al país -en una especie de avanzada de un exilio que todavía no se dibujaba como tal- pudo, en cierta forma, aclimatarse y posteriormente se volvería una presencia casi tutelar entre los que formaron el exilio español. Fue muy importante el papel que desempeñó León Felipe a la hora de recibir a los exiliados, “como puente entre los españoles y los mexicanos”, según el profesor del Colegio de México James Valender.

Avanzaba la década de los cincuenta, en la que ganó notoriedad en América. Su interés por el cine le lleva a escribir el guión de ‘La manzana’ y en El juglarón plasmó su particular adaptación de cuentos populares. Después de ‘El Ciervo’, su gran obra de este periodo, y la muerte de su mujer en 1957 León Felipe, que ya contaba más de setenta años, pareció dar por concluida su obra. Pero no, su legado todavía tendrá un sorprendente epílogo, ya cumplidos los 80, con ‘¡Oh este viejo y roto violín!’, de 1965, expresión de su profunda angustia, y Rocinante, aparecido ya póstumo en 1969, tras su muerte en la capital mexicana el año anterior. Son dos volúmenes llenos de ingenuidad y verdad: “He dormido en el estiércol de las cuadras, en los bancos municipales,/he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos/y me ha dado limosna —Dios se lo pague—/una prostituta callejera...”

Visto León Felipe desde la mirada de otro proverbial exiliado, Max Aub: “Muge, blasfema para ver quién le responde, y sólo oye su eco. No hay Dios que valga. Esa gran protesta humana sólo la podía escribir, en nuestro tiempo, un español o un judío. Y León Felipe, sea o no judío –eso nunca se sabrá- fue español hasta el tuétano”. Eso sí, un español que “constituye por él sólo una generación aparte”.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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