La Retranca

El declive definitivo del imperio americano

Dolores de Redondo 07/12/2020

Donald Trump alertó tantas veces sobre la posibilidad de un fraude electoral en EE.UU. que, independientemente del resultado de los comicios, eliminó definitivamente la poca legitimidad que le quedaba a su país para dar lecciones de democracia a cualquier otro. El macarra yanqui es el mejor exponente de la fragilidad democrática que sufre el centro mismo del imperio. En julio lo expresó con claridad en Twiter: “2020 será la elección más INEXACTA Y FRAUDULENTA de la historia. Será una gran vergüenza para Estados Unidos”. Y en pleno debate televisivo con Joe Biden, el presidente auguró: "Esto va a ser un fraude como nunca hayan visto, es algo horrible para nuestro país. Esto no va a acabar bien". Llegó incluso a proponer a sus votantes de Carolina del Norte que votasen por correo y presencialmente para asegurarse de que su voto contaba. Durante meses planificó el escenario que iba a repetir tras el proceso electoral, y no tuvo empalago en manifestarlo públicamente. De hecho, se aseguró el control del Tribunal Supremo para intentar ganar judicialmente lo que no lograría en las urnas. Ese ha sido el principal argumento electoral del presidente de un país que emite certificados internacionales de democracia por todo el planeta, independientemente del color político que tenga el inquilino de la Casa Blanca.

El “ejemplar” sistema electoral yanqui, que durante años nos han vendido los medios de comunicación y los genuflexos del imperio, se ha desmoronado en un abrir y cerrar de ojos. Ya había dado avisos en 2000, cuando el fraude electoral permitió a George Bush vencer en Florida (el estado gobernado por su hermano) por 537 votos de diferencia, tras un recuento que duró más de un mes y después de una controvertida decisión de la Corte Suprema. Ahora se ha visto que un sistema acostumbrado a una participación del 30% del censo colapsa cuando lo hace un 60%. Se ha comprobado que en el país de Microsoft y Apple el recuento se hace con tam-tam, y no existe un órgano electoral supervisor del proceso que proclame el resultado, de forma que ese papel lo juega la prensa. La masificación del voto por correo ha provocado que el recuento se alargue días, mientras el presidente aúlla para que no se contabilice. Y eso teniendo en cuenta que el resto de candidatos (que los hay) son especies exóticas que ni siquiera se visibilizan. ¿Imaginamos qué haría EE.UU. con un país del eje del mal en el que se diese una sola de estas circunstancias?

Sin embargo, el patético espectáculo ofrecido en las elecciones presidenciales de EE.UU. es solo un síntoma más del declive yanqui. El declive de un sistema al que la pandemia del covid-19 ha sacado todas las vergüenzas (como al sistema capitalista en general, por otra parte). La polarización y crispación generadas por el trumpismo tuvo su punto álgido cuando el FBI frustró un intento de secuestro y golpe a la gobernadora de Michigan por la milicia de extrema derecha. Es la muestra de una parte importante de una población que tiene miedo a las minorías, al cambio y a la pérdida de su american way of life, aunque éste sea la miseria, la desigualdad y el racismo. EE.UU. se ha construido sobre el miedo: el miedo a las tribus originarias, a los negros, al islamismo, al comunismo, a perder la propiedad privada aunque se carezca de ella… Y ese miedo justifica las armas y la violencia, en casa o en el extranjero.

Queda claro que en las próximas elecciones yanquis tendremos que financiar un buen candidato o candidata. Habrá que enviar observadores internacionales para garantizar la limpieza del proceso. Tras declarar el fraude electoral, será necesario confiscar las cuentas de miembros de la Casa Blanca, la CIA y el Departamento de Estado, requisar sus reservas de oro y establecer un bloqueo económico. Simultáneamente, reconoceremos la victoria de nuestro presidente encargado y le llevaremos de gira por varios países amigos. Y no hay que agotar la posibilidad de presentar una resolución en la ONU e incluso realizar un bombardeo preventivo sobre Washington. Es el tradicional método yanqui de promover la democracia por el mundo. Su democracia.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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