Ni dios ni amo

Artistas Lo que importa son las ventas de coches. Para esa industria sí hay Plan Renove, por más que las grandes multinacionales, estas sí, una vez cobradas las subvenciones, estas también, se vayan del país

Benito Rabal 11/12/2020

Cada vez que se habla de ayudas a la cultura, parece que vuelve al imaginario colectivo la frase, tan denigratoria como falsa, que más de uno de nuestros antecesores ha tenido que escuchar: “Guardar las gallinas, que vienen los cómicos”.

La frase en sí tiene múltiples versiones y todas conducen a un mismo denominador común, definir al llamado artista como un ser que no trabaja y pretende vivir del cuento. La esperanzadora ley de Cine que intentó llevar a cabo Pilar Miró, se estrelló no sólo contra el inmenso poder de las Multinacionales, sino contra la campaña que confundía unas supuestas subvenciones, a decir de algunos entregadas a los amiguetes, con el apoyo a una industria, la del espectáculo que, a día de hoy, supone casi el 4% del P.I.B., lo cual no es moco de pavo.

Luego vinieron los tiempos en que los llamados artistas alzaron la voz contra el genocidio de Aznar y sus secuaces y entonces, aparte de vagos y maleantes, se nos calificó de bocazas y poco menos que de estar a sueldo del extinto K.G.B., con lo cual, ya que se suponía que cobrábamos un salario otorgado por la Internacional Roja, o vaya usted a saber, se rebajaron los apoyos y se denostó nuestro trabajo. Fruto de aquellos lodos fueron la escasa presencia de nuestra industria cultural en los foros internacionales, así como el menosprecio nacional, promovido por declaraciones y ninguneos de las autoridades, a la misma. Todavía resuenan las palabras del entonces Director General de Cultura, de cuyo nombre ni me acuerdo ni falta que hace: “Para que vamos a apoyar al cine español si es mejor el norteamericano”.

Y en esas estábamos, sobreviviendo a base de convertir la cultura, salvo honrosas excepciones, en mero entretenimiento al dictado de televisiones privadas y fundaciones de oscuros intereses y blancos lavados de dinero, cuando llegó la pandemia.

Entonces nos dimos cuenta de la importancia de un libro, una película, la pintura, el teatro o el ballet. Las redes sociales se llenaron de nuestras obras y por un instante se le encontró sentido a nuestro cometido. Parecía que, finalmente, la gente se daba cuenta que, detrás de éstas, había un trabajo.

Incluso hubo quien alzó la voz señalando a la industria cultural como una de las puertas por la que escapar de la crisis económica que se avecinaba. Finalmente parecía que alguien ponía en su lugar nuestro trabajo. Finalmente parecía, al menos en las intenciones, que en este país nuestro se iba a considerar la Cultura como Bien Esencial.

Y basta con echar un ojo a la reciente historia europea para darse cuenta de los beneficios que eso tiene. La actitud del Estado italiano en la postguerra, por poner un ejemplo, hizo que el Neorrealismo viera la luz a base de facilitar su difusión con salas de cine, productoras o distribuidoras nacionales. Y eso no sólo mejoró la salud del pensamiento, también mejoró la de otras industrias. ¿O es que no hay paralelismo entre la imagen de Marcello Mastroiani en la “Dolce Vita” y las ventas de Martini?

Pero, ¡vana ilusión!, pasado el confinamiento, lo que importa son las ventas de coches. Para esa industria sí hay Plan Renove, por más que las grandes multinacionales, estas sí, una vez cobradas las subvenciones, estas también, se vayan del país. En su defensa dirán que es para apoyar a los trabajadores. Pero es que eso es lo que también somos nosotros, trabajadores, trabajadores de la cultura. Lo de artistas, ya lo dirá el tiempo.

“La cultura es algo tan importante que no se puede dejar solo en manos de la iniciativa privada” decía André Malraux. Hay mecanismos para que no sea así. Y no hablo solo de dinero contante y sonante.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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