Mediaciones

Trumpantojos y el imperio Google Una alternativa democrática con políticas activas de acceso y apropiación social de la economía digital por los sectores populares

Francisco Sierra 11/12/2020

El espíritu de Silicon Valley, en palabras de Eric Sadin, engendra una colonización –una silicolonización- de nuevo tipo, más compleja y menos unilateral que lo acostumbrado, al presentarse como natural y aparentar inmutable. Así, en la llamada “sharing economy” y la cultura colaborativa, pareciera que disfrutamos de un espacio liso, abierto y democrático. Existe una idea sobre el poder e influencia de las nuevas tecnologías tan asumida como inductora de erráticas lecturas que permean nuestro imaginario con nefastas consecuencias para la autonomía social. Al respecto, cabe recordar al padre de la cibernética moderna, Norbert Wiener, que insistía en advertirnos, no sin conocimiento de causa, que, en tiempos de alumbramiento de la Inteligencia Artificial, hay que dar al hombre lo que le corresponde y a la máquina lo que le pertenece. Ni más ni menos.

El fetichismo tecnológico que nos invade por las fantasías electrónicas ha popularizado sin embargo una concepción de la galaxia Internet más bien idílica. El concepto de red se ha convertido de hecho en la noción explicativa para comprender todos los fenómenos de nuestra contemporaneidad, sin discutir las formas de acoplamiento y ensamblaje que tienen lugar en la estructura social y el tejido económico y cultural de nuestros pueblos y que resultan determinantes por la posición monopólica que sostienen los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft).

En este contexto, la iniciativa del gobierno republicano contra Google no deja de ser un nuevo trumpantojo, sabiendo como sabemos que el lobby tecnológico forma parte del poder corporativo del complejo industrial-militar del Pentágono que ha dominado la política estadounidense desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Toda iniciativa antimonopolio ha terminado por lo mismo reforzando la posición de las grandes empresas de comunicación que nos dominan en la UE y el hemisferio occidental. De ahí la guerra comercial contra China y la persecución de Huawei mientras se pregona el sinsentido de narrativas al uso sobre la contribución de las empresas punto.com al desarrollo nacional. En algunos discursos de los apologetas de la sociedad digital pareciera, como critica Morozov, que Google y los GAFAM son una suerte de Cruz Roja Internacional. Pero no es posible entender Internet y las nuevas técnicas de comunicación sin comprender que, de la lógica del transporte a la ingeniería social, la gobernanza de la cibercultura es una cuestión política antes que técnica o instrumental. La geopolítica de la red de redes así lo ilustra si el usuario busca, por supuesto en Google, el mapa del ciberespacio y observa que la supuesta equidad y la estructura distribuida y horizontal no existen salvo como falacia.

Una estricta lógica de dominio

La estricta economía de hierro del capital imprime un modelo de desarrollo de Internet dominado por operadores privados transnacionales e intereses politico-militares, con sus brechas y dispositivos de poder que Estados Unidos, activo y dominante usuario de la red, ejerce en los golpes mediáticos y los apagones informativos en revueltas como la primavera árabe o la resistencia contra el golpe de Temer en Brasil. Las reglas, operadores, formas de organización y prácticas de intercambio están no solo glosadas sino prescritas con una lógica de dominio tan estricta como fue la guerra aeroespacial en la disputa satelital de la guerra fría. Por otra parte, además, tal y como explicara Mandel, el auge de la economía digital es resultado de una respuesta a la crisis de sobreproducción y la caída tendencial de la tasa de ganancia.

El gran capital monopolista ha tendido recurrentemente a impulsar su productividad por medio de la Revolución Científico-Técnica. La innovación y aplicación tecnológica impregna desde entonces, en especial a partir de los años ochenta, todos los espacios de producción y reproducción social. Esta lógica se ha venido desplegando desde la programación del trabajo (Kanban, círculos de calidad, teletrabajo…) al ocio (televisión interactiva, videojuego, Internet, móviles…), la innovación científica (ingeniería genética, biotecnologías, inteligencia artificial…), la planificación territorial (tecnopolos, ciudades digitales, economía creativa…), la transformación de los productos (nuevos materiales, obsolescencia planificada…) hasta la participación política (marketing electoral y ciberdemocracia), la organización administrativa y las formas de consumo y representación cultural.

Una alternativa democrática en este sentido pasa por cuestionar la soberanía tecnológica, la autonomía informativa, la disposición de medios de innovación y codificación propios y el diseño de políticas activas de acceso y apropiación social de la economía digital por los sectores populares. En suma, Internet no es la nueva Alejandría ni un espacio libre y liberado de todo control. Antes bien, más de veinte países han venido regulando, en los últimos años, para interferir en la red y los intercambios descentralizados. Pero nada sobre la posición de monopolio que en el caso de Donald Trump obedece más a estrategia electoral que a voluntad de cambiar el muro de Wall Street y el complejo industrial-militar que sigue imperando dentro y fuera del país para hacer uso de la fuerza según sus intereses. Nada que ver, en fin, con la libertad de la información pregonada.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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