Libro 'Cosas vivas' de Munir HachemiLos etcétera de Europa La novela se vertebra sobre dos ejes: de un lado, la representación de la violencia laboral, agroalimentaria y racial; del otro, cómo afecta en las relaciones y en sus subjetividades

María Ayete 11/12/2020

Cosas vivasMunir HachemiEditorial Periférica

España. Primera década de los dos mil. Verano. Cuatro veinteañeros de supuesta clase media se marchan al sur de Francia con el objetivo de trabajar en la vendimia. ¿Necesitan el dinero? No, realmente. Necesitan otra cosa: tener algo que contar, mercantilizar “la experiencia”. Es decir, convertirla en valor de cambio, poseerla para traficar con ella, explotarla en las redes sociales, currículums, bares nocturnos. Sin embargo, y como poco a poco descubrirán los jóvenes, el discurso del viaje como mecanismo de capitalización de experiencia vital es un engaño, pues la mera acumulación de esas mercancías jamás da sentido ni rellena una vacuidad existencial por otro lado endémica.

Sobre esta línea argumental, que irá rápidamente ampliándose y adoptando otras formas, construye Munir Hachemi (Madrid, 1989) un artefacto a caballo entre el diario ficcionalizado y la crónica que, con el thriller como envoltorio, pone sobre la mesa distintos modos de explotación y sus efectos. Así, puede decirse que la novela Cosas vivas se vertebra sobre dos ejes: de un lado, la representación de la violencia laboral, agroalimentaria y racial como si de un nudo borromeo se tratara, esto es, una representación entrecruzada de todas ellas (¿acaso son independientes?); del otro, los modos en que esa violencia afecta tanto a la relación entre los cuatro amigos como a sus respectivas subjetividades.

Pocos días en el extranjero y una visita a la Empresa de Trabajo Temporal (ETT) son necesarios para la corroboración de una verdad (ay, y es que “esa verdad –que hoy es notoria– entonces constituía una revelación”): los jóvenes no son en Francia sino “el etcétera de Europa”, el sobrante, el excedente que, junto a rumanos, marroquíes, argelinos, portugueses y un largo etcétera, se ve forzado a migrar para sobrevivir. La novela, no obstante, lejos de hacer de esa súbita conversión en “el otro” de los viajeros elemento de equiparación entre los jóvenes y el resto de los trabajadores de la ETT, resalta la verdadera tragedia: las condiciones de precariedad extrema que arrojan a ciertos colectivos a no tener más remedio que realizar esos trabajos. Esta constatación parece, por otra parte, augurio hiperbolizado del futuro que espera a esos cuatro jóvenes, es decir, a parte de una generación todavía no consciente de su propio desclasamiento.

La novela de Hachemi arranca con una serie de sugerentes reflexiones en torno al lenguaje entendido como dispositivo de desplazamiento de lo real. Las palabras –nos recuerda el narrador– no solo son insuficientes, por naturaleza, en su función representativa, sino que están sujetas a los peligros de la interpretación. De estos peligros deriva la insistencia –ingenua, claro– de la voz narradora en subrayar una escritura, la del libro, elaborada desde “el grado cero del ornamento”, esto es, desprendida de todo sentido que no refiera al significado literal de los términos empleados. Dentro de esta lógica, “cosas vivas” son, en efecto, muchas cosas: desde las plantas, las gallinas y los pollos objeto de las atrocidades del imperativo de producción capitalista, hasta el cuerpo de esos mismos trabajadores que, a cambio de un sueldo irrisorio, son tanto sujetos agentes como pacientes de la brutalidad de la explotación de la industria alimentaria.

El primer paso para intentar salir de un agujero es saber que nos hemos caído en uno, y saberlo pasa quizá no tanto por voltear la mirada como por cambiarla, es decir, por (re)aprender a mirar(nos). Creo que el cambio en la mirada de los personajes de la novela a raíz del golpetazo con una realidad que no han sabido (o no han querido) ver hasta el momento no es sino el golpetazo que Hachemi espera en el lector. Un golpe que no es el de la caída en el agujero (hace tiempo que caímos en él), sino el que supone el ejercicio de (re)aprender a mirar, para destapar, el mundo que hemos construido.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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