Alambradas para Biden Hay que celebrar la derrota de Trump pero no se puede festejar la victoria de Biden. Con Trump se ha configurado ese nuevo fascismo postmoderno que nutre a una inquietante internacional

Higinio Polo 26/12/2020

Más allá de los recursos judiciales, la victoria de Biden es incontestable: ha conseguido cuatro millones de votos más que Trump. El Partido Demócrata ha ganado en la Cámara de Representantes mientras el Senado espera hasta enero, cuando se elegirán dos escaños por Georgia. Si son republicanos, tendrán mayoría. Si son demócratas, los dos partidos tendrán cincuenta asientos cada uno.

La pandemia y las protestas contra el racismo han marcado la campaña. Grupos de defensores de derechos humanos han conseguido inscribir a centenares de miles de nuevos votantes: en 2016, seis millones de estadounidenses no pudieron votar por haber sufrido condena y muchos estados ponen dificultades para que puedan votar minorías, en principio más favorables a los demócratas. La participación es baja y quienes más se abstienen son los trabajadores pobres. Hace medio siglo que apenas vota la mitad del censo. En la segunda presidencia de Obama votó el 52%. Ahora el 66%, el porcentaje más alto desde la presidencia de McKinley.

Cuatro años de disparates y mentiras y el aumento de la participación le han reportado a Trump ocho millones más de votos que en 2016. Ha avanzado entre latinos, negros y asiáticos. Ha retrocedido en los suburbios de las ciudades y en la América rural. Una hábil política de comunicación hizo posible que apareciera como un outsider, aunque le apoyaron Charles Koch (dueño del segundo conglomerado de empresas del país y uno de los hombres más ricos del mundo) y las grandes empresas, el imperio periodístico de Rupert Murdoch, Fox News y la prensa más conservadora, la Asociación Nacional del Rifle y los poderosos grupos evangélicos. Mientras Trump y el Partido Republicano señalaban a China, los peligros para la América blanca, blandían el orgullo patriótico y el nacionalismo, el derecho a las armas y desvalijaban al país. Aunque ahora, en la derrota, muchos abandonen a Trump, apoyaron su política: su reforma fiscal supuso un recorte de dos billones de dólares que benefició a los más ricos y a las grandes corporaciones.

Trump ha provocado un espacio político de extrema derecha

Los Estados Unidos están profundamente divididos y padecen una aguda crisis social, con un sistema político de dos partidos (que en Europa serían considerados de derecha, aunque los demócratas sean algo más receptivos a las necesidades de la población) que impulsan desde hace décadas una política neoliberal que ha agravado los problemas de la América pobre. Los demócratas, con Clinton y con Obama, hablaron de aumentar los programas sociales pero las condiciones de vida de decenas de millones de trabajadores se agravaron. Las reformas neoliberales fueron impulsadas por los republicanos pero también por los demócratas. En 2016, muchos de esos trabajadores se entregaron al espejismo populista y zafio de un Trump que los desprecia. Otros siguieron apostando por el mal menor de los demócratas. La tramposa retórica de la libre empresa, la obsesión por la riqueza, acompañan a las acusaciones de Trump a la prensa y a un Washington imaginario y real al mismo tiempo, al que acusa de confiscar los esfuerzos del país e ignorar a los ciudadanos.

Trump es un personaje profundamente corrupto: ha hecho uso del chantaje, la intimidación, el soborno, ha estimulado la división y el odio, ha engañado a la población con disparates sobre la pandemia, miente con desenvoltura, pero ha configurado un espacio político de extrema derecha que llena de sombras el futuro del país.

La gran coalición de Trump agrupa al Partido Republicano, a buena parte de la alta burguesía y a la América de orden y, junto a ellos, la extrema derecha, los fascistas Proud Boys, los negacionistas de la pandemia, los alucinados seguidores de QAnon (que estarán representados en el Congreso con la georgiana Marjorie Taylor Greene), los grupos armados con fusiles de asalto AR15, los abanderados de la Confederación esclavista, los grupos blancos que defienden la idea de la raza superior con patrullas por las calles, los evangelistas furiosos que creen que su Dios envió a Trump para salvar a Estados Unidos.

Con Trump se ha configurado ese nuevo fascismo postmoderno que nutre a una inquietante internacional con los Bolsonaro, Modi, Netanyahu, Orbán, Kaczy?ski, Erdogan, Al-Sisi, Duterte, todos ellos nacionalistas y xenófobos. Algunos incluso azuzan a sus policías para que maten en las calles. Esa internacional ha causado ya miles de muertos en el mundo. El discurso nacionalista contra los inmigrantes de organizaciones como FAIR, Federation for American Immigration Reform, o NumbersUSA (que cuenta con un millón y medio de asociados) está lleno de odio, aunque los grandes propietarios agrícolas se benefician de la presión contra los inmigrantes: el miedo a ser expulsados facilita su explotación y los bajos salarios.

Millones de estadounidenses tienen salarios de miseria, sobreviven en las grietas de una sociedad temerosa, con una organización educativa que está al servicio de las empresas y refuerza el ideario conservador. Con la carencia de un sistema sanitario universal que proteja la salud y los hospitales convertidos en negocios. La Covid-19 ha causado más de 230.000 muertos, con una desastrosa gestión del gobierno. Las impresionantes colas de trabajadores esperando recibir comida (las colas del hambre) en Nueva York congregan ya a un millón y medio de personas, casi el veinte por ciento de los neoyorquinos. Y aumentan las personas sin hogar. La organización de bancos de alimentos Feeding America calcula que en 2020 la inseguridad alimentaria puede afectar a más de cincuenta millones de personas en Estados Unidos y cuarenta millones no pueden pagar la factura del agua.

Cuando en 2008 colapsó por falta de dígitos el reloj de la Avenida de América de Nueva York que cuenta la deuda, era de 10 billones de dólares. Hoy es ya de 27 billones. El país tiene 700 presos por cada 100.000 habitantes: la mayor población carcelaria del planeta. Sin embargo, entre los trabajadores blancos, afectados por la crisis, agobiados por el futuro, que han visto el cierre de fábricas, Trump conserva un apoyo relevante: han creído en su discurso de “traer de nuevo los empleos”, de volver a hacer grande a América, ven en él a un dirigente enérgico que, en realidad, es un grosero ignorante.

El mayor presupuesto militar

Además de los problemas domésticos, el escenario internacional se ha complicado mucho tras la decisión de Trump de hostigar a China en todos los frentes pero los demócratas tienen la misma convicción providencial del papel de Estados Unidos: Obama bombardeó ocho países. Ahora, Biden anuncia que regresará a la OMS y al Acuerdo de París aunque no ha dicho nada de la UNESCO y no va a renunciar a la guerra comercial con China: Trump y Biden competían mostrando dureza ante Pekín y el presidente electo, que en 2016 apoyaba la noción de “una sola China”, ha dejado de hacerlo y seguirá reforzando su dispositivo militar en Europa Oriental, acosando a Rusia y saboteando el Nord Stream 2.

En Oriente Medio, Biden no presionará a Netanyahu para que abandone su proyecto de anexión en Cisjordania y ha anunciado un regreso cauteloso al acuerdo 5+1 con Irán aunque quiere imponer sanciones por el programa iraní de misiles balísticos, manteniendo otras. Debería optar por un nuevo acuerdo semejante al INF y aceptar la prórroga del Tratado START III que propone Moscú pero es muy dudoso que vaya a renunciar a la carrera de armamentos que impulsa el Pentágono, que persigue la militarización del espacio con el presupuesto militar más elevado de la historia del planeta.

Trump, además de agrupar a una buena parte de la plutocracia, ha sido el grito equivocado de la América del miedo pero Biden no va a resolver los problemas de los trabajadores ni va a superar la fractura del país, lleno de alambradas entre la vieja nación blanca y las minorías pobres.

El año electoral se cierra con una gran paradoja: hay que celebrar la derrota de Trump pero no puede festejarse la victoria de Biden, un hombre que apoyó el bombardeo de Yugoslavia, la sangrienta guerra en Iraq, que causó centenares de miles de muertos, y la agresión a Siria, la intervención en Libia y que ahora quiere reforzar el dispositivo militar estadounidense en Asia.

Mientras el país se debatía entre dos bandos irreconciliables, Wall Street y la gran burguesía permanecían tranquilos: vencían con cualquiera de los dos candidatos. Atrapados en el laberinto político de una oligarquía que tiene a su servicio a republicanos y demócratas, millones de trabajadores temen por su futuro y quieren mantener el orden en su país: que las cosas “vayan como siempre”. Pero el viejo orden mundial donde Estados Unidos podía imponer su ley se ha terminado y Biden gobernará un país profundamente dividido, con colas del hambre, que mira el abismo de su retroceso ante China mientras las alambradas del militarismo y del miedo ensucian el horizonte.

Publicado en el Nº 339 de la edición impresa de Mundo Obrero noviembre 2020

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