'Un amor', de Sara MesaEl individuo y el grupo En Un amor se dan la mano buena parte de los grandes temas de la autora: las relaciones de poder, los prejuicios, la incomunicación, la opresión, la exposición de las zonas difusas de esa moral que marca lo aceptado socialmente

María Ayete 28/12/2020

Un amorSara MesaEditorial Anagrama

La capacidad de Sara Mesa de emborronar situaciones mediante los silencios y los sobreentendidos es algo que sus lectores conocemos bien. Unos pocos personajes y cuatro trazos espaciales dados con precisión le son suficientes para crear unas atmósferas –asfixiantes, tensas, turbias– que son ya marca de la casa. Su publicación más reciente, Un amor (Anagrama), no es, en este sentido, ninguna excepción.

Nat, nombre del personaje principal de la novela, alquila una casita en el pueblo de La Escapa con la intención de trabajar en un encargo de traducción literaria. Llegar a un sitio nuevo y pequeño en el que todo el mundo se conoce implica convertirse inmediatamente en el otro, en el foráneo, y también iniciar un proceso de adaptación que pasa por el aprendizaje de los códigos y las reglas del lugar. Como en la ciudad abandonada de Un incendio invisible o en el colegio internado de Cuatro por cuatro, la mirada que sobre el pueblito arrojan los ojos de la recién llegada es una mirada de extrañamiento. Porque –y esto es importante– la narración de Un amor está contada desde el punto de vista de Nat, por lo que el lector accede, en realidad, a la visión que de su entorno y de los demás habitantes de La Escapa tiene la protagonista. ¿Qué supone la adopción de ese filtro? Supone que lo que leemos son, en su mayoría, los pensamientos y las impresiones de la traductora.

En el terreno de la interiorización (o psicologización) de los personajes, Sara Mesa se maneja con holgura –buena muestra de ello es Cicatriz pero también Cara de pan– y el hecho de que Nat se dedique a la traducción no es para nada baladí. La protagonista se enfrenta al reto de la traducción del mismo modo en que se enfrenta al reto de la comunicación. Es decir, que existe una equivalencia entre los problemas con los que se topa en su trabajo y los que se encuentra en la vida real. Esta suerte de estructura especular da pie a una serie de reflexiones en torno al lenguaje y su automatización que son, me parece, centrales en la novela. Nat es incapaz de entender o de quedarse en la literalidad de las palabras –su oficio la empuja a la consideración de la polisemia–, por lo que sus interacciones están marcadas por la búsqueda de las dobleces del lenguaje, lo que la lleva al desconcierto, cuando no directamente a la parálisis. Si en la traducción no hay lugar para los vacíos de sentido, en el orden de la realidad, piensa Nat, no debe haberlos tampoco.

En Un amor se dan la mano buena parte de los grandes temas de la autora: las relaciones de poder, los prejuicios, la incomunicación, la opresión (fruto en este caso de una violencia casi invisible), la exposición de las zonas difusas de esa moral que marca lo aceptado socialmente y una especie de rebeldía interior de los personajes protagónicos. Sin embargo, aparecen también el sexo, la educación sentimental y la construcción femenina del deseo, así como el imperativo de la normalidad y la lucha del individuo frente al grupo. En esa lucha, huelga decir, el individuo lleva siempre las de perder, pues una vez el orden ha sido alterado su restablecimiento implica la identificación de un culpable y su posterior purga, una purga que toma las más de las veces la forma de expulsión de la comunidad. ¿Será Nat, a fin de cuentas, el chivo expiatorio? Ténganse en cuenta todos los personajes.

Publicado en el Nº 340 de la edición impresa de Mundo Obrero dic2020-ene2021

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