Una historia bastante negra Una novela que muestre en toda su magnitud la lucha de clases. Todavía muchos intelectuales consideran la literatura policíaca como una distracción

Juan Madrid 04/01/2021

Gloria BenditaJuan MadridAlianza editorial

El comprador actual de novelas de ficción en España es una minoría que puede alcanzar las doscientas mil personas al año, como mínimo, y nunca suele propasar el millón, como máximo. Ese comprador de libros es un tanto ingenuo y se la pueden dar con queso en cuanto se despiste. Ese lector de ahora mismo no tiene nada que ver con el lector de antaño. Ha sido creado y amamantado en los planes de enseñanza de la transición y es capaz de creer que sabe, me refiero a que conoce lo suficiente la historia de la literatura y es capaz de sentir placer con la lectura de novelas. Además, cree que está en condiciones de escoger libremente un nuevo libro en el amplísimo catálogo de las editoriales y librerías de nuevo, pequeñas, grandes o fabulosas. El problema es que desconoce en qué maraña se ha metido.

Cuando ese lector adquiere un libro y lo lee, su capacidad receptora de mensajes ha sido condicionada con una variadísima propuesta de llamadas y confidencias al oído de un enorme aparato de publicidad, de libros y películas, y de trucos cuya supremacía corresponde a lo audiovisual: la televisión y la narración fílmica, más la prosa periodística de cualquier tipo, impresa u oída en la radio o vista en la televisión. En resumen, ese nuevo lector recibe diariamente una avalancha inmensa de mensajes publicitarios sobre libros como nunca se ha hecho antes. Todo el mundo sabe que el libro se ha convertido en un objeto publicitario de consumo.

La influencia que todo ello ha generado en la técnica de la novela contemporánea merecería mucho más espacio que el previsto en estas páginas. La relación de comunicación entre el lector y el escritor ya no se establece como en el siglo XIX, por ejemplo. Ni siquiera como en 1930. No sabemos en qué soñaban nuestros abuelos pero sí sabemos lo que hacemos ahora con esas imágenes gráficas y en tecnicolor que nos lanzan. La prosa novelesca de cualquier tipo que nos llega, policíaca o no, se ha modificado profundamente. Se ha hecho más escueta, más directa, menos descriptiva y más ágil.

Hace unos años, las colecciones de novelas policiacas o del Coyote, o románticas, todas de consumo inmediato, se vendían como churros entre unos lectores que acababan de acceder históricamente a la posibilidad del ocio lector, las vacaciones pagadas, el tiempo libre y la lectura variada, posible y barata. Hoy, a las mismas colecciones de novelas policiales les saldría moho en las estanterías de las librerías modernas esperando que alguien las comprara.

Todo eso sin contar con que las editoriales importantes que pertenecen a cadenas extrajeras, aunque afincadas en España, son responsables de la edición masiva de libros para adultos y jóvenes, además de revistas y periódicos de todas clases, junto al apoyo de emisoras de televisión que acompañan a la industria editorial. Me refiero a editoriales gigantescas, como Ramdon House, la casa editorial más poderosa del mundo, Harper Collins, la mayor en lengua inglesa, y otras menores pero tan importantes como la Macmillan y la Penguin Group, que juntas acaparan casi todo el comercio mundial de libros. El 70% del total de libros editados. En España solo hay una editorial (Planeta) que pueda acercarse a ese volumen de ventas y distribución de sus libros.

UNA NOVELA QUE MUESTRE LA LUCHA DE CLASES

El lector de hoy y de ahora está enchufado a la televisión y al video. Suele comprar los libros tras sofisticadas técnicas de marketing. Ese lector suele hacer caso de la publicidad masiva de las grandes casas editoriales, con la ayuda de la televisión y la prensa, que colman sus necesidades de emociones, estremecimientos y gozo. Un editor que no conozca esta máxima tan sencilla está abocado al fracaso. De ahí que con una falsa óptica se suceden las colecciones de novelas policiales que, muchas de ellas, apenas nacen, se reproducen y poco después fallecen de muerte natural. Los editores suelen achacarlo a que aquí se lee poco. Y no es eso. Aunque se siga leyendo poco, a lo mejor es que nos lo merecemos.

Estoy convencido de que, por su carácter de novela en lucha, la novela policíaca no puede ser mala ni pasto de consumo. Para eso está ya la televisión. Debe ser un nuevo producto, una nueva novela que ofrezca al lector una narración diferente, con nuevos puntos de vista, capaz de competir con el cine y los videos. Debe ser una narración que cuente el mundo -papel histórico de la novela- con otra óptica y otras gafas, unas gafas que nos permitan ver mejor la realidad. ¿Puede ser de recibo una novela, por bonita que sea, que relate solo cómo unos listos roban y otros, más listos aún, los descubren y van a la cárcel?

Me refiero a una novela futura que muestre en toda su magnitud la lucha de clases con todo su horror. Como se origina, cómo se desarrolla e incluso su mimetismo. Habría que evitar en lo posible el esquema clásico y dejar de crear un crimen y un policía bueno, aunque a veces sea un borracho -y encima divorciado-, que solucione su trabajo con mucho esfuerzo y peligros.

Esta literatura estereotipada debe competir con otra literatura, la que se considera seria. Todavía hay mucha gente, y muchos intelectuales, que consideran a la literatura policíaca como una distracción más. No se ha creado aún una novela policiaca, negra, como La Montaña Mágica, pero todo se andará. La novela negra es una niña que aún tiene ochenta años.

Una vez le pregunté a un conocido intelectual si solía leer novelas policiales. Me respondió que sí. “Cuando voy a viajar suelo comprar antes una novela policiaca para el viaje en tren o en avión,” me dijo. Esto ahora sería una boutade. Hoy y ahora la novela negra y no puramente policíaca goza de todos los favores y méritos de los críticos, las editoriales, los jurados de los premios y los escaparates de las librerías en sus listas de libros de la semana, siempre que no ataquen a los gobiernos ni a las autoridades, por supuesto. De todas maneras, como se cree en la libertad de expresión, no la prohíben. Sin embargo, las más críticas con el sistema son extrañas en las críticas de los periódicos y raramente se consideran en los premios nacionales.

Hoy apenas existe el lector específicamente motivado hacia las novelas de género. Son raros los forofos exclusivos de la novela policíaca. El que compra libros con intención de leerlos adquiere en primer lugar a su autor favorito, que puede ser desde Milán Kundera a cualquier otro, incluido Emilio Salgari. Los lectores de la novela negra española no tienen por qué ser lectores de género en su mayor parte. Es posible que pueda haber forofos de la novela policial, incluida la negra, que los hay, pero la mayoría adquieren novelas a secas, sean policiales o no.

El nuevo lector es un conocedor post cultura audiovisual y no es tonto y sabe lo que tiene entre manos. Sabe que el lector y el escritor son cómplices en la novela negra. Los dos saben en el fondo de qué va el asunto y los dos, autor y lector, asumen los guiños, por encima o por debajo, de la publicidad machacona de los media. Cuesta trabajo desconocer el papel que cumplen las campañas de venta y difusión, apoyadas por los canales de televisión. Un libro, acariciado con esos métodos del capitalismo de nuestros días, es difícil de soslayar. Será siempre un éxito de ventas que se reproduce hasta que se hayan comercializado sus ediciones. No hay quien se libre de esos enormes tentáculos y de la habilidad de los especialistas en ventas.

EL ‘ROMAN NOIR’ DE LOS ADMIRADORES FRANCESES DE HAMMETT

El término ‘novela negra’ encierra no pocas dudas. Incluso ha habido dudas para definir películas y publicaciones de terror con ese apelativo. Es muy corriente que en periódicos y revistas se mezclen los conceptos de novela de enigma, criminal, de suspense o de detectives con la novela negra. Y sobre todo de la novela a secas, sin aditivos. ”Quiero una novela sin más pero que cuente la realidad de lo que pasa”, escuché en una librería. El dependiente no supo qué contestar.

El propio concepto de novela policial y sobre todo de novela negra tiene detractores que la encuentran esquemática y poco acorde con la realidad. Para muchos literatos y críticos la novela negra sigue siendo un subgénero de la novela criminal del siglo XIX. La denominación de ‘novela negra’ fue creada por los primeros seguidores en Francia de Dashiell Hammett, alrededor de 1940-1950. Esta denominación de negra sería aplicable solo a un determinado grupo de escritores estadounidenses que luego copiarían todos. En estas novelas el acento no está marcado en la solución del enigma del caso, o en descifrar pistas, sino en el relato social de los personajes, el estudio de los caracteres y los conflictos humanos y de clase que crean el andamiaje de cualquier novela. Es decir, que cada novela, toda, es un relato del mundo.

Los elementos que configuran una novela a secas no son modificados por el apelativo de negra. Hace falta una construcción novelesca diferente. En realidad, roman noir es un término francés y se empezó a utilizar con el descubrimiento de un grupo de intelectuales, sobre todo los de París, entre una maraña de literatura de evasión que enviaban desde Estados Unidos a los soldados acantonados en Francia como alimento espiritual para las tropas. Los intelectuales franceses que sabían inglés comenzaron a descubrir un nuevo tipo de novela policiaca. Tenía todos los ingredientes de un género popular, aunque trataba los crímenes de manera que parecían reales. Con una prosa escueta y parca en palabras. Y en descripciones muy ricas en imágenes, como si se viera una película. Narraban crímenes y situaciones reales, de verdad. Sartre, Beauvoir y Gide, entre otros, escribieron cartas anunciando la buena nueva. Había aparecido una manera diferente de contar la realidad, o sea de novelar. Además era popular y barata. Se podía leer rápidamente, se entendía todo y mostraba el mundo y sus miserias con una claridad meridiana. Mejor y más fiable que otro tipo de literatura.

Descubrieron la novela de su tiempo. Fueron, sobre todo, los llamados intelectuales de la rive gauche, en la década de los cuarenta y cincuenta del siglo XX. Se dieron cuenta de las posibilidades técnicas y narrativas de esas novelas. La llamaron roman noir. Los lectores de la novela policial de kiosco se dieron cuenta de que esas novelas narraban de otra manera los crímenes, los robos, las violaciones y las estafas clásicas. Parecía literatura de kiosco pero de otra manera. Esa literatura surgía del seno de una aguda lucha de clases.

En realidad estaban contando la nueva realidad que se había creado al finalizar la Segunda Guerra Mundial, con la aparición del fascismo, la Unión Soviética (dónde mandaban los obreros), las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Y se anunciaba otra sociedad. Era una sociedad capitalista extrema pero bastante diferente a la que existía antes de la guerra.
El descubrimiento de autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes, Jim Thompson o James Cain, cuyas novelas mostraban un capitalismo cruel e inmisericorde, reflejaban muy bien la ascensión social del fascismo, camuflado y sin camuflar, y una cruel lucha de clases. Ese grupo de escritores mostraba la verdadera y brutal cara corrompida y explotadora de la sociedad sobre la que escribían en sus novelas

Cernuda opina al leer a Hammett que “es un escritor para escritores, un técnico agudo en el arte de la novela y un estilista”. Y Gide, siempre obsesionado con la técnica de la novela, manifiesta también su admiración. Dice en su diario que “he podido leer con asombro considerable, cercano a la admiración, Cosecha roja, de Dashiell Hammett, a falta de La llave de cristal, libro tan recomendado por Malraux pero que no he podido encontrar por ningún lado”.

LA NOVELA ENIGMA Y LA NOVELA NEGRA

El término novela negra es francés, como ya hemos dicho, y data aproximadamente su origen de 1940, cuando el pintor parisino Duhamel planificó la colección del famoso y astuto editor Gastón Gallimard, que quiso hacer una colección de esas novelas y de otras parecidas. El director de la colección sería Jacques Prévert que la bautizó con el nombre de Série Noire, aludiendo al color de las tapas de los libros que diseñó Duhamel, homenajeando, implícitamente, a la vieja revista estadounidense Black Mask, Máscara Negra, donde empezaron a publicar los primeros escritores de esa nueva literatura policial en la década de los 20 en Estados Unidos.

Pronto comenzaron a llegar a París películas como El halcón maltés, de John Houston, basada en la novela homónima de Hammett, Double indemnity, de Billy Wilder, según la novela de James Cain, y Farewell, my lovely, de Edward Dmytryk, basada en otra de esas novelas, Adiós muñeca, de Raymond Chandler. A aquellas películas se les llamó filmes noirs y las novelas, romans noirs.

Se llamó de esa manera solo en Francia y en España. En Estados Unidos se sigue llamando novela criminal, de detectives o de misterio… En Italia se llama giallo, definiendo el color amarillo de las portadas de una colección de viejas novelas policíacas clásicas de los años treinta.

La novela policíaca existe desde que aparece la policía a comienzos del siglo XIX. La primera policía civil surge en Francia, tras el nombramiento de Joseph Fouché (1759-1820) por Napoleón como jefe de las fuerzas de seguridad. La Sûreté francesa fue creada en 1927 y dos años antes el Yard inglés. La primera novela reputada como policíaca fue la del ya clásico Edgar Allan Poe con Los crímenes de la calle Morgue (1841) que crearía las dos grandes divisiones de la novela policíaca posterior: la novela de enigma, en la que lo importante sería descubrir al culpable de un delito, y la novela negra, que intenta el retrato social de los conflictos humanos que configuran una aguda lucha de clases, como hemos dicho repetidamente.

Lo que define una novela de enigma es su estructura interna. Un hecho criminal seguido de las investigaciones llevadas a cabo por la policía o por un detective privado. El final de la novela sería la solución del crimen. Durante el siglo XIX se dio el auge de este género que se convirtió en el preferido de los lectores de periódicos y de las primeras revistas de Europa. La Revolución Francesa había acabado y una época de miseria azotaba a Francia, una crisis de hambre y miseria sin parangón que inauguraba las luchas sociales de los siglos posteriores.

El siglo XIX fue un siglo de angustia y temor. El siglo de la Revolución Industrial y la lucha de clases, un periodo histórico de miedos, creados por la presencia en Paris y en otras ciudades de una multitud de campesinos sin trabajo que genera un miedo cerval, incluso terror, según la denominación de Soren Kierkegaard en su estudio sobre el miedo (1844). El pavor que sufrían las clases acomodas ante la miseria del pueblo y su violencia social que les hizo escribir a Marx y a Engels su famoso opúsculo que comenzaba con la inolvidable advertencia de un fantasma recorre Europa. Ese fantasma fue estudiado y descrito por una nueva clase de escritores.

En el siglo XIX, el favor del público se había centrado en la lectura de las novelas policiales en las que los culpables eran descubiertos por detectives privados, como pasa en las novelas de Conan Doyle y Agatha Christie, pero nunca por la policía pública recién creada. Las fuerzas de seguridad eran sistemáticamente burladas en esas novelas gracias a los detectives contratados por la burguesía. La novela policiaca del siglo XIX se burla al principio de la recién creada policía.

Los detectives privados cumplen esa función, ante la explosión de las luchas sociales. Georges Simenon, un escritor francés, inaugura una inmensa colección de novelas policíacas, creando policías amables como el comisario Maigret, un buen padre de familia que nunca, o casi nunca, utiliza sus armas y menos la tortura, el método policial con diferencia.

Publicado en el Nº 340 de la edición impresa de Mundo Obrero dic2020-ene2021

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