Crónicas del Madrid oscuro

Como tiene que ser

Juan Madrid 13/01/2021

Un día me dijeron que tenía que escribir algo que elevara el ánimo, que hiciera pensar que todo no estaba perdido, y que la crisis sería pasajera, ¿no es cierto? Es decir, querían una historia con final feliz. Y, a mí, ese tipo de historia no me sale demasiado bien.

Entonces, me acordé de la historia de Abderramán y me di cuenta de que de ahí podía sacar una bonita historia con final feliz, que acabara con esa imagen que tengo de contador de horrores.

A ver si les gusta.

Abderramán no se llamaba Abderramán, pero eso da lo mismo, y era uno de esos tíos con mala suerte que todos ustedes conocen. Siempre que había una redada cazaban a Abderramán. Nunca llevaba nada encima, pero si un día, por casualidad, cargaba tres gramos, pues ese día, justo, lo pescaban con las manos en la masa.

Era un tío con verdadera mala suerte. A los veintitrés años tenía encima cinco busca y captura y se había comido más marrones que cualquiera de los que pululaban por la plaza. El caso es que no era mal chico del todo. Era educado, respetuoso y nunca armaba ruido ni se ponía borde cuando le daba el mono.

Una noche lo encontré en el Bar La Manuela, ahí en San Vicente Ferrer, contándole a Juan, el dueño del local, que quería entregarse a la policía y ser honrado.

-Juan, invítame a un irlandés, porfa -le dijo a Juan.

-¿Si? ¿Y por qué, eh? -le respondió Juan.

-Va a ser el último. Estoy cansado de ser un camello. Quiero irme a mi tierra limpio, ¿entiendes? Esto es un sinvivir, cuando haya cumplido con la justicia, me quedaré más tranquilo.

Todos lo entendimos y Juan le invitó a un irlandés. Abderramán nos contó que iba a esperar a que pasara una pareja de guardias y que entonces se entregaría.

Pasó un rato y no vino nadie. Alguien pensó que Abderramán se había tirado un farol a cambio de que lo invitaran. Hubo gente que empezó a mosquearse.

Pero era verdad. Abderramán quería empezar una nueva vida. Al cabo del rato vimos pasar un coche policial y Abderramán salió de estampida del bar y se dirigió a ellos.

Varios de los que estábamos allí hicimos lo mismo. Observamos cómo Abderramán hablaba con los guardias y luego les entregaba el carné de identidad que se había sacado en Melilla. Todos pensamos que lo iban a meter dentro y a otra cosa, pero no fue así.

Los guardias de fueron y Abderramán volvió.

-Me han dicho que esperara, que tienen un servicio. Luego me recogerán y me llevarán a comisaría.

Lo pasamos dentro del bar y lo invitamos a más irlandeses. Y fue pasando el tiempo, y el coche no llegaba.

-Oye, Abderramán -le pregunto el otro Juan-. ¿Les has dicho de verdad que te querías entregar?

-Sí, señor Juan, eso mismo les he dicho. Y también que tenía cinco busca y captura.
-¿Y se lo han creído?

-Al principio pensaban que era de cachondeo, pero han llamado a la central y han visto que era verdad. Yo me quiero entregar, lo juro por Dios Grande.

-Venga, hombre, no te preocupes y tómate otro irlandés, ¿vale?

-Vale, señor Juan.

Y el mismo dueño le sirvió otro de esos brebajes. Pero yo tenía cosas que hacer y no me podía quedar toda la noche esperando que se lo llevasen al trullo, de modo que me despedí, pagué lo mío y me marché.

Mucho tiempo después, ya casi de madrugada, regresaba a mi casa por la misma calle y volví a encontrarme a Abderramán hablando otra vez con los mismos guardias.

La conversación parecía amistosa, pero yo apreté el paso para enterarme. Cuando llegué, el coche de los policías ya se había machado y Abderramán hablaba con Juan.

-Lo juro, señor Juan. Eso ha sido lo que me han dicho. Lo juro por Dios Misericordioso.

-Si no lo hubiera visto, no me lo hubiera creído -estaba diciendo Juan-. Es increíble.

-Ya ve usted.

-¿Qué, te llevan, Abderramán? -le pregunté yo.

-Pues no, fíjese usted. Me han dicho que acaban de terminar su turno, que están cansados y que se van a casa. Me han dicho que si de verdad me quiero entregar que vaya a la comisaría mañana y que allí me entregue.

-Lo he oído todo -intervino Juan-. Es verdad del principio al final. Le han dicho que vaya mañana a la calle de la Luna.

-Ahora te invito yo, Abderramán. ¿Qué tomas?

-Irlandés, es lo que más me gusta. Con mucha nata.

De manera que entramos a La Manuela y Abderramán se bebió otros dos cafés irlandeses. Tenía ya los ojos como dos piedras chupadas de la cantidad de cafeína que había trasegado, pero él como si nada.

No recuerdo a qué hora nos despedimos, pero quedamos muy amigos. Abderramán me contó su historia de Melilla, el colegio, sus padres, las malas compañías y todas esas cosas. Salimos agarrados del hombro y le prometí que le llevaría almendras garrapiñadas a la cárcel, que era lo que más le gustaba después del café irlandés.

La verdad es que no volví a acordarme de Abderramán hasta que, una semana después, volví a encontrármelo acodado en el mostrador del quiosco de la plaza.

Bebía, claro está, un café irlandés y tenía buen aspecto.

-Qué, ¿ya has salido de la cárcel? -le pregunté.

-No, no señor, no he salido.

-¿Cómo?

-Es que no he entrado.

-¿Qué no has entrado?

-Pues no, ya lo ve usted. Mire, me fui para la comisaría al otro día y les dije a los señores que había allí lo que me pasaba. Y ellos me dijeron que muy bien, que me fuera para casa, cogiera ropa de abrigo y algunas cosillas más y que volviera por allí otra vez, que me iban a enchironar. Pero yo no tengo abrigo, ni ropa, ¿sabe? No tengo más ropa que la que llevo encima y pensé que hasta que no ahorrara dinero, no iría a la cárcel. De modo que aquí estoy, ahorrando. ¿Me invita a algo?

En ese momento pensé que éste podía ser un bonito tema para una historia feliz.

Publicado en el Nº 340 de la edición impresa de Mundo Obrero dic2020-ene2021

En esta sección

¿A qué 'batalla cultural' nos referimos?Ariel Goldstein: 'Los evangélicos van a seguir creciendo en Brasil'Nuestra lucha es por la vidaComo tiene que serPaul Strand, exiliado en París

Del autor/a

Como tiene que serUna historia bastante negraCosas de ellasMétodo StanislavskiValium