EN EL CENTENARIO DEL PCE (1921-2021)Crítica y autocrítica El acercamiento a los socialistas, la unidad de las organizaciones obreras y el Frente Popular. La reconciliación nacional en la lucha contra la dictadura y hacer de la necesidad virtud en la transición. La actual estrategia de unidad popular...

Mauricio Valiente Ots. Responsable de la Comisión Preparatoria del Centenario del PCE 16/01/2021

Con esta columna concluyo el repaso a los valores que desde la Comisión Preparatoria del Centenario del PCE hemos querido destacar como ideas fuerza de la celebración. Desde luego que podemos estar orgullosos de nuestro pasado, del aporte de los comunistas españoles a la lucha por los derechos y las libertades, por una sociedad mejor, más justa. Pero no queremos limitarnos a una campaña de propaganda, a la reiteración de consignas e ideas prefabricadas.

El Centenario del PCE es también una oportunidad para la reflexión, para el análisis del desarrollo como organización que no ha sido lineal, de las grandes opciones que, como toda decisión en la vida, tienen un componente de riesgo, de incertidumbre, de error.

La crítica y la autocrítica son también valores que queremos destacar a la hora de revisar nuestra historia, hacer balance de lo que somos y poner al día la mejor herramienta con que contamos para el cambio social: el Partido Comunista de España.

Que la crítica y la autocrítica son componentes esenciales en la historia del PCE ha quedado evidenciado en las anteriores columnas, cuando se repasaron los grandes hitos de nuestra lucha política. El PCE surgió de una valoración crítica de la experiencia de la primera expresión política del movimiento obrero en España, el PSOE. Los documentos que está publicando la sección de historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas en la edición digital de Mundo Obrero sobre los primeros años de la presencia comunista en España evidencian un debate a fondo, muy crítico con lo que había sido la práctica de la socialdemocracia, más allá incluso de los debates que atravesaban a toda la izquierda europea. Aunque en ese momento de profunda confrontación, de revisión del pasado, no bastaba con rechazar lo antiguo. El reto más difícil era convertir en una propuesta política coherente y articulada en la sociedad las ideas y las orientaciones que provenían de la Internacional Comunista. Visto en perspectiva, aunque pueda ser injusto en alguna medida con la complejidad de las luchas del momento, parece obvio que no se acertó, que las primeras direcciones del PCE dilapidaron el enorme potencial que se había reunido en los años veinte del siglo pasado.

El anterior contexto condujo a la primera gran revisión de la línea mantenida por el PCE y los métodos de trabajo que había establecido su dirección, cuando la Internacional Comunista promovió un nuevo equipo que estuviera al frente de su sección española, con la fuerte personalidad de figuras como José Díaz y Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Aunque a veces se señala este cambio en la dirección sin mucha precisión, vinculándolo con la nueva política de los frentes populares, es preciso destacar que la precedió dos años y que estaba justificada por una deriva que había conducido al PCE a la marginalidad política.

La política de reconciliación nacional

Sin duda, la gran rectificación en la línea mantenida por los partidos comunistas fue la estrategia de acercamiento a los socialistas, de unidad de las organizaciones obreras y de creación de los frentes populares, en la que el PCE aportó su creatividad y su capacidad de concreción a la realidad de nuestro país, algo que había brillado por su ausencia en los años anteriores. El acuerdo para fundar las Juventudes Socialistas Unificadas y la puesta en marcha del Frente Popular, que condujo a la victoria del 16 de febrero de 1936, fueron grandes logros en este sentido. El golpe de Estado ejecutado el 18 de julio y la reacción popular para enfrentarlo hicieron que la experiencia española tuviera un impacto internacional de primer orden.

La derrota en la guerra provocó un áspero debate, interno y externo, sobre los errores y las deficiencias del PCE, una vez convertido en un partido decisivo en la resistencia frente al fascismo. Los años siguientes fueron los más duros, donde la Segunda Guerra Mundial y la represión implacable del franquismo dificultaban la comunicación entre la militancia y las distintas estructuras operativas. A pesar de todo, el PCE mantuvo su actividad y llevó a cabo en los años cincuenta la segunda gran rectificación de su historia con la política de reconciliación nacional, un enorme reto para construir unidad popular en la lucha contra la dictadura. El esfuerzo de los comunistas fue decisivo para la derrota de los intentos continuistas del régimen franquista pero no lo suficiente para forzar una ruptura democrática. Este condicionamiento caracterizó la transición y la necesidad de adaptar la política del PCE a la nueva realidad. Más allá de la revisión crítica de este periodo que realizó el propio partido años más tarde, se cometió el error de hacer de la necesidad virtud, de defender lo que imponía la correlación de fuerzas como el ideal al que se aspiraba. La posición política adoptada por la dirección en ese momento del PCE se acompasó y justificó con un planteamiento ideológico novedoso, el eurocomunismo, que provocó una fuerte división interna y llevó a una ruptura de grandes dimensiones en la década de los ochenta.

La recuperación del PCE desde el final de la transición fue un proceso largo y difícil pero a ella contribuyó sin duda el arraigo social de los comunistas y su participación decisiva en las movilizaciones contra la OTAN, la reconversión social y la ausencia de aplicación de los aspectos más progresivos de la Constitución de 1978, que confluyeron en la recuperación de la unidad comunista y la configuración de Izquierda Unida.

Pocos años más tarde, la coyuntura internacional desfavorable provocada por la crisis en los países socialistas y el derrumbe de la Unión Soviética generaron un cuestionamiento que afectó a la mayoría de los partidos comunistas del mundo y, como no podía ser de otra forma, al PCE. Fueron años de intensos debates, donde la necesaria crítica de la experiencia socialista se aprovechó para intentar imponer una deriva que propugnaba la desaparición del Partido Comunista y lo que representaba.

El PCE mantuvo su vida orgánica y siguió aportando a la construcción de una alternativa bajo la dirección de Julio Anguita, un dirigente que se convirtió en un referente moral en la resistencia al pensamiento único capitalista, tan hegemónico durante esos años.

Unidad popular, ruptura democrática y proceso constituyente

Ya en el siglo XXI, desde el PCE se teorizó la necesidad de la refundación de la izquierda como un proceso que permitiera volver a contactar con la base social necesaria para el cambio en profundidad en la dirección del socialismo que propugnábamos. La profunda crisis capitalista que comenzó en los años 2007/2008 y su respuesta social con movilizaciones masivas supuso un reto para llevar a la práctica esta orientación.

La indecisión e incapacidad para impulsar la refundación de la izquierda, las nuevas formas de organización y lucha popular en la reivindicación de los derechos sociales, el análisis crítico de la evolución de las políticas económicas que nos llevaron a dar por roto el pacto constitucional de 1978 y la revisión de nuestra actuación en los ámbitos institucionales, son algunos de los procesos políticos que confluyeron en la actual estrategia de unidad popular, ruptura democrática y apuesta por un proceso constituyente ante la crisis de régimen que vivimos. El XX congreso del PCE refrendó estas líneas de actuación, después de un amplio debate, al tiempo que consolidó la recuperación de su presencia pública como partido y del marxismo-leninismo como referencia teórica de su actuación.

En algunos momentos de nuestra historia como partido se pretendió imponer una práctica política acomodaticia al mismo tiempo que se cercenaba el debate legítimo a todos los niveles, algo que debería ser siempre respetuoso con la unidad de acción tan necesaria en una fuerza que se enfrenta al poder económico, social y político. El Centenario del PCE es una oportunidad para reivindicar un proyecto, de defender el esfuerzo colectivo para transformar un país, de reivindicar la vigencia de la lucha por el comunismo.

Como hemos visto en el apretado resumen que acabo de hacer, no se pretende eludir debates, decisiones polémicas, errores o actuaciones condenables. Forman parte de nuestra historia. La complejidad de nuestra existencia como partido no se compadece con justificaciones apresuradas o maniobras de distracción. Pero si hay alguna cosa de la que estamos convencidos es de la crucial importancia de la militancia comunista, de un compromiso individual y colectivo que es lo que ha hecho mover la rueda del desarrollo social, que es la evidencia de que es posible una sociedad que esté basada en la solidaridad, en la libre capacidad de cada persona, sin egoísmos ni diferencias de clase. La complejidad de la historia como organización es la misma de la historia de cada militante, por eso pedimos en un año tan importante que se evite frivolizar. Reconoceremos el compromiso en el PCE de todos aquellos que aportaron a su historia, ya fuera breve o acabara en un distanciamiento más o menos sonoro. No olvidaremos a ningún militante, porque sería como hacerlo con una parte del PCE. Lo anterior no anula la capacidad crítica sino que es la mejor forma para enfrentar a quienes utilizarán el centenario para atacarnos, en un contexto de anticomunismo virulento. La crítica y la autocrítica son la mejor demostración de nuestra vitalidad, garantía de futuro.

Publicado en el Nº 340 de la edición impresa de Mundo Obrero dic2020-ene2021

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