Trabajo, habitación y vida La convivencia en el trabajo y en la vida cotidiana produjo una cultura obrera, digna y solidaria. Ahora, al no vivir donde se trabaja, se acabaron las experiencias colectivas, la solidaridad y los valores compartidos

Gregorio Benito Batres. Analista sindical 17/01/2021

Durante una larga etapa industrial, los espacios y los tiempos para la vida del empleado y para su trabajo estuvieron estrechamente conectados, incluso confundidos. La necesaria proximidad del lugar de trabajo al lugar de habitación influyó decisivamente en las formas de socialización.

Los poblados mineros son un ejemplo antiguo. Ubicados en lugares no urbanizados, aunque en muchos casos acabaran convirtiéndose en ciudades y pueblos, eran autosuficientes en algunas necesidades básicas.

Las Colònies Industrials en Catalunya son otra construcción social obrera con los mismos orígenes y características. La necesidad de utilizar directamente la energía hidráulica procedente de las corrientes fluviales en los sistemas de norias, volantes y poleas y después para las turbinas que movían la maquinaria textil exigió la ubicación de familias y fábricas en lugares propicios despoblados. Todo ello conllevaba la creación de una serie de servicios imprescindibles para la vida cotidiana de las familias, dotándolas de una relativa autosuficiencia y también de aislamiento y dependencia del patrón.

Arquitectura e ideología

En Europa, los arquitectos y los estudios empezaron a trabajar en proyectos de casas baratas y viviendas unifamiliares para obreros durante la primera mitad del siglo XX. Se fundaron cooperativas obreras y algunas grandes empresas se las ofrecieron a sus trabajadores a precios asequibles y en lugares próximos a la actividad. Hoy todavía se reconoce el modelo de casas de ferroviarios construidas por la Cooperativa de Casas Baratas de la Asociación General de Empleados y Obreros de los Ferrocarriles de España.

El modernismo arquitectónico, con instituciones como la Bauhaus y figuras como Le Corbusier o Gropius, pero también arquitectos conocidos de ideología socialista y de los estudios de arquitectura de la URSS, trabajaron en proyectos de casas baratas para familias obreras, funcionales, dignas y próximas a sus lugares de trabajo. Hasta hace poco tiempo, el lugar del empleo fue el referente necesario para la vivienda del trabajador y de su familia.

Movilización obrera y movilización ciudadana

Coincidía el rol de obreros con el de vecinos. Se fue construyendo una cultura a partir de unas costumbres, unas experiencias, unas necesidades comunes. La solidaridad natural y la organización espontánea fue el resultado lógico de esa convivencia en el trabajo y en la vida cotidiana. De todo ello fue surgiendo una cultura específicamente obrera, solidaria, cohesionada, digna, inclusiva. Y, ¿por qué no decirlo?, con fuertes vestigios procedentes de la cultura campesina, artesana, religiosa, sexista.

De esa convivencia nacieron los movimientos vecinales y las asociaciones de vecinos en las zonas industriales de nuestro país que posteriormente cambiaron las políticas locales: participando en las elecciones municipales, democratizando la vida ciudadana y desarrollando políticas sociales desde lo local.

En la ciudad se pasó del taller gremial a la pequeña y después a la gran industria que creció ocupando los arrabales y las coronas exteriores con los pueblos agrícolas circundantes convertidos en pueblos industriales y polos de atracción para las grandes empresas. La red ferroviaria ubicaba sus muelles en los grandes núcleos industriales. Eran las arterias y venas para el transporte masivo de insumos y productos, fundamental para la nueva industria y la producción y el consumo en masa. Eran grandes zonas con miles de obreros y sus familias, cohesionadas por los mismos problemas, las mismas formas de vida, las mismas culturas, que se fueron cocinando a fuego lento durante años.

Las migraciones interiores

Lugares de aluvión de sucesivas oleadas de inmigrantes, la despoblación y el abandono del campo español que se iba convirtiendo en un desierto económico, demográfico y social. El destino fueron las zonas de la periferia industrial de Barcelona y su cinturón industrial, Bilbao, Asturias, Valencia. En menor medida Vigo, Valladolid, Cádiz, El Ferrol.

A finales de los 70 la crisis industrial se focalizó en esas zonas y destrozó riqueza y sociedad. La construcción, las administraciones públicas y el pujante sector servicios paliaron en alguna medida el paro. Y se fueron cambiando el tipo de trabajos, las formas de vida, las relaciones y los valores de convivencia y solidaridad desde abajo. Los antiguas cinturones industriales se reconvirtieron en ciudades dormitorios. El crecimiento demográfico en las grandes ciudades, que concentraron la actividad económica, convirtió a Madrid y Barcelona en verdaderas megalópolis y objetos del deseo para partidos políticos y especuladores oportunistas. Un crecimiento no planificado del que ahora pagamos las consecuencias, con desequilibrios estructurales y sociales graves.

Los cambios en las migraciones

Cuando la industria redujo la demanda de trabajadores del campo no especializados, el empleo se desplazó hacia la construcción en alza y el turismo estacional. En los dos casos la formación profesional ha sido nula y las expectativas profesionales de futuro también.

La despoblación rural se empezó a cubrir con la inmigración ilegal, explotada en condiciones esclavistas. Miles de trabajadores y trabajadoras, marroquíes, subsaharianos, de países del este de Europa, acuden temporalmente en períodos de recolección y se unen a los que ya están fijos en tareas agrícolas durante la mayor parte del año. La pandemia ha sacado a la luz todas las deficiencias en infraestructuras y servicios para estos trabajadores. A la vez, trabajadoras y trabajadores españoles acuden anualmente a la vendimia o a la recolección de la manzana en Francia. Al mismo tiempo, jóvenes licenciados e investigadores españoles encuentran su oportunidad en el extranjero, con lo que hemos invertido en su formación y la necesidad que tenemos de su trabajo.

En el sector de la construcción sucede lo mismo. El pistolerismo ha seguido nutriéndose de cargar furgonetas en plena calle y el porcentaje de trabajadores inmigrantes en este sector también ha crecido significativamente. La cadena de subcontrataciones de las grandes constructoras terminan en autónomos, pistoleros y mano de obra mal pagada, desprotegida, con baja formación y con fraudes a la Seguridad Social y a la Hacienda Pública. Las políticas clientelares a nivel político se deben revisar radicalmente.

Los nuevos empleados del sector servicios ya no viven dónde trabajan. Se tienen que desplazar todos los días a kilómetros de distancia. Lugar de trabajo y lugar de habitación dejaron de tener una vida en común y dejaron de existir las experiencias colectivas, la convivencia, la solidaridad y los valores compartidos. De la habitación en el campo y el poblado minero, pasando por las colonias industriales, a los barrios obreros en los arrabales de la gran ciudad. De los cinturones industriales a las ciudades dormitorio. Un camino lleno de interrelaciones dialécticas entre el trabajo y la vida conformaron culturas en escenarios que cambiaron drásticamente.

Esa relación empezó a desaparecer con el crecimiento del sector servicios y la mejora radical de las infraestructuras de transportes, de los medios de desplazamiento, del abaratamiento de la energía, las medidas medioambientales sobre las fábricas contaminantes y el desplazamiento de los espacios industriales de los grandes núcleos urbanos hacia coronas exteriores. El suelo industrial en las antiguas zonas se ha recalificado en suelo residencial, con las plusvalías correspondientes para sus propietarios, la pérdida de empleo para los residentes de la zona, su obligado desplazamiento o movilidad y con las pérdidas correspondientes para la arqueología industrial. Se aleja la producción y se acerca el consumo con todas sus consecuencias para el tipo de trabajo, la forma de vida y la cultura de lo cotidiano.

La movilidad del trabajo y del trabajador

Junto a la crisis industrial y al traslado de las industrias supervivientes a zonas nuevas, con las consiguientes plusvalías obtenidas de la recalificación y venta de los antiguos terrenos de uso industrial, el crecimiento de los nuevos sectores de servicios, por su fácil movilidad y la crisis de la contratación fija e indefinida, modificaron sustancialmente la relación entre lugar de trabajo y espacio habitacional del trabajador.

Al decaer el empleo fijo e indefinido, el trabajador no podía ya encadenarse a un lugar de vivienda fijo de por vida próximo a la fábrica. Sin embargo, la tradición en nuestro país de la vivienda en propiedad conlleva una rigidez mayor en el lugar de residencia del trabajador. Tampoco la localización de la empresa de servicios estaba sujeta, como la planta industrial, a permanecer indefinidamente en el mismo lugar. El trabajador y el trabajo se vieron abocados a ser móviles. El uso del coche y los transportes colectivos con motivo del trabajo se incrementaron exponencialmente. El mantenimiento de horarios laborales irracionales unidos a lo anterior obligó a la comida fuera de casa y sus desastrosas consecuencias para la salud y la vida personal y en familia. En todo ese ámbito se mueve el sector de la construcción, tanto residencial como de grandes infraestructuras de obra civil. Es obvia la relación que existe entre especulación, burbuja inmobiliaria, corrupción, deslocalización empresarial, recalificación de terrenos, movilidad, mercado hipotecario, gentrificación y políticas municipales.

El capitalismo ha ido modelando y adaptando el mundo a sus necesidades, exprimiendo sus recursos hasta el agotamiento, frecuentemente de forma brutal y sin escrúpulos. Y la clase obrera es parte de su mundo.

El capitalismo ha esclavizado, ha matado, ha torturado, ha reprimido, ha expoliado, ha explotado, ha engañado a cientos de millones de personas durante siglos y lo sigue haciendo todos los días y en todo el mundo. Hoy, ahora mismo, somos contemporáneos de personajes rigurosamente representativos de lo que acabo de escribir.

Es camaleónico y adapta sus actuaciones desde lo más general a lo más concreto, a las distintas fases históricas, lugares y características sobre las que actúa. Se reinventa permanentemente y su única ética es la del dinero y el poder para incrementar su dinero.

Recordemos el “yo sé y tengo las pruebas” de Pier Paolo Pasolini y Roberto Saviano. Hoy, todos sabemos y tenemos las pruebas.

Publicado en el Nº 340 de la edición impresa de Mundo Obrero dic2020-ene2021

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