Guatemala, ensayo general de la violencia política en América Latina

Pablo Rabasco. Universidad de Córdoba / Departamento de Historia del Arte, Arqueología y Música 22/01/2021

Guatemala Ensayo general de la violencia política en América LatinaEduardo GaleanoSiglo XXI

La editorial Siglo XXI reedita el libro Guatemala. Clave de Latinoamérica. Publicado por primera vez por Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, Uruguay, a finales de 1967, el libro es un precedente de Las venas abiertas de América Latina (1971), que cumple este año su 50 aniversario. Se trata de la primera reedición en castellano.

“Hemos hecho un alto, me he vaciado el resto de la cantimplora sobre la cara. Llevamos unas cuantas horas caminando, caminando y caminando, arriba y abajo por las sierras verticales, abriéndonos paso dentro de los bosques húmedos y densos a golpes de filo de machete. No estamos lejos de la costa del gran lago; con la primera claridad que anuncia el alba, se delatan, desgarrados, los velos de la neblina que parecen colgar, como anchas lianas ondulantes, de la espesura”.

Me gusta imaginar al joven Galeano, con veintiséis años, adentrándose en las grietas del bosque guatemalteco y con ello en buena parte de la triste historia de América Latina en el siglo XX. Esas marchas a escondidas, cubriendo el cuerpo, callando el frio y absorbiendo el miedo, las hizo con otros igual o más jóvenes que estaban al frente de la guerrilla guatemalteca. En la portada de la primera edición uruguaya del libro aparece el joven César Montes, maestro de profesión, de apenas 25 años que acababa de ser nombrado Comandante en Jefe de las FAR (Fuerzas Armadas Rebeldes) tras la extraña muerte de su predecesor, Luis Augusto Turcios. Galeano pasó los meses de abril y mayo acompañando a la guerrilla de las FAR. Estaba reciente el dolor por la muerte de Otto René Castillo, el poeta de la revolución, torturado durante cinco días, fusilado después y quemado su cuerpo por las fuerzas gubernamentales de la dictadura de Enrique Peralta, apenas unos días antes de la llegada de Galeano a Guatemala.

Eduardo Galeano quiso cubrir el conflicto guatemalteco atraído por la figura del expresidente Jacobo Árbenz, quien gobernó en Guatemala entre 1951 y 1954 hasta el golpe de estado de Castillo Armas y al que Galeano conoció en Montevideo en los años del exilio.

Pocos periodistas se adentraron en territorio guatemalteco en esos años centrales de siglo XX, en un momento donde un periodista internacional era sinónimo de ser objetivo militar para la dictadura. Algunos artículos del periodista mexicano Mario Menéndez o del estadounidense Alan Howard, corresponsal de The New York Times, ambos en 1966 habían puesto el foco en el conflicto guatemalteco dejando entrever algunas de las claves que poco después Galeano desarrolló con gran precisión.

Poco se conocía en España del conflicto guatemalteco, nada. La edición original en castellano no tuvo más recorrido que las iniciales en Uruguay y México, publicadas en 1967. Con seguridad hubo más acceso a la edición norteamericana de 1967 (por la editorial socialista Monthly Review Press, New York), reeditada en 1969 y ya en 2008. La puerta de entrada del conflicto guatemalteco en España fue la singular obra Guatemala. Subdesarrollo y Violencia, (1969) de Juan Maestre para el Instituto de Estudios Políticos de América Latina. Maestre cita el libro de Galeano en varias ocasiones, obra que conocía de manera fragmentada.

Pero en todo caso, el libro es el testimonio más valioso de la capacidad visionaria de Eduardo Galeano, que supo ver en el conflicto guatemalteco un verdadero campo de experimentación del terror y un modo de hacer que se replicaría en el resto de conflictos centroamericanos y en el cono sur. De igual modo, emerge un Galeano que ya marca el estilo que desarrollaría en el resto de su producción. Situándose lejos lejos de las crónicas pasionales y de las del estadista frío, Galeano sabrá detenerse en los gestos más humildes, en la condición humana, para llevarnos desde allí hasta las consecuencias macro políticas del conflicto. El modo de implicarnos en su propia vivencia nos apela al corazón, y el modo de exponer los datos económicos, las alianzas políticas y el nuevo orden mundial nos apela a la razón. Galeano no espera, no recoge noticias, crea puertas hacia la conciencia.

Diez años más tarde, en 1977, Eduardo Galeano sufrió de manera directa las consecuencias de las dictaduras del terror y tuvo que exiliarse en España. Desde aquí publicó con cierta regularidad en la revista Triunfo, verdadero foco de resistencia de las ideas de justicia social y democracia en una España triste y desinformada. Como bien señala Pedro Daniel Weinberg, que realiza una magnífica introducción al libro en esta nueva reedición de siglo XXI, fue desde estas páginas desde donde por primera vez en España se vinculó una estrategia del terror en Latinoamérica cuyas formas se gestaron y experimentaron en la Guatemala de finales de los 60. En el número de Triunfo de octubre de 1977, Galeano publicó un artículo titulado Guatemala 1967. Argentina 1977. El ensayo general de esta obra, en el que establece el escenario común del terror vivido en cualquier rincón latinoamericano en esas décadas negras;

“Aquel había sido oficialmente declarado “el año de la paz” en Guatemala. Pero ya nadie pescaba en la zona de Gualán, porque las redes atrapaban cuerpos humanos. Hoy la marea devuelve pedazos de hombres a las costas del rio de la Plata. Hace diez años los cadáveres aparecían en las aguas del rio Motagua o eran descubiertos, al amanecer, en lo barrancos o al borde de los caminos; esos otros sin rasgos no serían identificados jamás. A las amenazas sucedían los secuestros, los atentados, las torturas, los asesinatos”.

Guatemala fue la puerta de Eduardo Galeano al complejo y riquísimo universo del continente americano. Unos años antes, Galeano había publicado China 1964. Diario de un desafío, una obra con que compilaba artículos de carácter macro político fruto de un viaje a China, la Unión Soviética y Checoslovaquia. Pero fue en Guatemala donde Galeano de impregnó de esa parte intangible de la historia que enraíza en las culturas indígenas de América Latina.

Fue en el mes de julio de 2010. Eduardo y su compañera Helena me hablaban habitualmente de Guatemala, donde nació una entrañable amistad con Rigoberta Menchú. Uno de sus rincones en el mundo era el maravilloso mercado de Chichicastenango. Pero recuerdo especialmente ese día de julio. Eduardo y yo dimos un largo paseo desde su casa hasta la Rambla de Montevideo, en una hermosa tarde templada. Le comenté sobre un documental que vi en Antigua, que narraba la vida del artista guatemalteco Ramírez Amaya “el Tecolote”, quien formó la Brigada Cultural Otto René Castillo en la Universidad de San Carlos en Guatemala capital en esos años centrales de la década de los 70. Entre los grandes murales que pintaron en el campus, hoy apenas borrones olvidados, se conserva parte del rostro de Rogelia Cruz, la reina de belleza. La dirigente guerrillera asesinada brutalmente en 1968. Su historia ha sido rescatada por Marta González en el muy recomendable libro Guatemala. El martirio de una reina y la guerra de la vergüenza (Berlín/Munich, Novum Pro Verlag, 2011).

Recuerdo que entonces Eduardo me dijo; la conocí. Fue ella quien me condujo en uno de mis primeros acercamientos a los campamentos de la guerrilla en 1967. De aquella charla nació su texto “La nuca”, publicado en su libro póstumo El cazador de historias*. Guatemala quedó siempre en su corazón.

“En 1967, pasé un tiempo en Guatemala, mientras los escuadrones de la muerte, militares sin uniforme, sembraban el terror. Era la guerra sucia: el ejército norteamericano la había practicado en Vietnam y la estaba enseñando en Guatemala, que fue su primer laboratorio latinoamericano.

En la selva conocí a los guerrilleros, los más odiados enemigos de esos fabricantes del miedo.

Llegué hasta ellos, en las montañas, llevado en coche por una mujer que astutamente eludía todos los controles. Yo no la vi, ni le conocí la voz. Estaba tapada de la cabeza a los pies, y no dijo ni una palabra durante las tres horas del viaje, hasta que con un gesto de la mano, en silencio, abrió la puerta de atrás y me señaló el secreto sendero que debía seguir montaña adentro.
Años después supe que ella se llamaba Rogelia Cruz, que colaboraba con la guerrilla y que tenía 26 años cuando fue encontrada bajo un puente, después de ser mil veces violada y mutilada por el coronel Máximo Zepeda y toda su tropa.
Yo sólo había visto su nuca.
La sigo viendo”.
(El cazador de historias. Editorial Siglo XXI)

Publicado en el Nº 341 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2021

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