Crónicas del Madrid oscuro

Pateras

Juan Madrid 05/02/2021

Una noche fui a la plaza de San Ildefonso con una fotógrafa moderna que buscaba fotos emocionantes y, quizás, un premio en algún concurso fotográfico. En la plaza vimos dormir en uno de los bancos a Abdul y nos acercamos.

Abdul vende cadenitas de oro alemán, pelucos finos de Canarias, encendedores a mitad de precio, y le falta el brazo izquierdo. Abdul es manco hasta el sobaco y la manga de su chaqueta le cuelga vacía cuando se acerca a los bares del barrio e intenta vender su mercancía a los parroquianos.

-Buenas noches, señoritas –pregona Abdul-. ¿Gustan de mirar?, todo bueno, bonito y barato. Vean ustedes, señoritas, preciosa cadenita, bonito reloj.

Nadie hace caso y Abdul repite lo mismo entre las mesas. Lo he visto muchas veces, muchas noches, pero nunca he visto que nadie le comprara nada.

Después, cuando se ha recorrido todos los bares, Abdul suele ir a la plaza de San Ildefonso, sentarse en uno de los bancos de madera, y comerse dos tomates con sal para cenar. Cuando se hace de noche pone la caja con las chucherías de almohada y se duerme como un bendito. Un día le pregunté que por qué le gustaban tanto los tomates y me respondió que el tomate alimentaba mucho y daba color a la sangre.

-Esta plaza es muy parecida a la plaza donde yo vivía de niño y por eso me vengo aquí. Me recuerda mi tierra, yo soy de Tetuán, sabes, soy marroquí, de Tetuán. Allí hay mucha gente parecida a la de aquí. También espero al mago Arturo, gran artista.

El mago Arturo se llama Arturo de verdad y es la única distracción de Abdul. Arturo es de Jaén y muy alto, largo como una espingarda y gasta barba, traje y zapatillas de deportes bastante sucias. No siempre acude a la plaza de San Ildefonso, porque prefiere otras plazas con más señoritos, con más gente que pueda dar dinero, como la plaza de Santa Ana, llena de guiris. Arturo hace un recorrido por los bares y garitos de Lavapiés, Huertas y, a veces, los del Dos de Mayo, siempre con el mismo juego.

Primero hace lo del bastón saltarín, después las anillas chinas y más tarde finge que quema una chaqueta con un cigarrillo. Termina llamando a un espontáneo y con el rollo de que tiene que colaborar descubriendo una carta, le birla el reloj sin que se dé cuenta.

Cuando se lo devuelve vienen los aplausos, casi siempre la gente aplaude en ese momento. Y si Abdul tuviera dos brazos, se mataría a aplaudir, pero por lo que se ríe y por la luz que despiden sus ojos, se nota que le gusta mucho.

El mago Arturo termina su actuación de la misma manera:

-Muchas gracias, señoras y señores, pero yo no robo, yo me gano la vida haciendo magia. Ahora, si les ha gustado el espectáculo, les ruego que me ayuden en lo que puedan, muchas gracias.

-Igual, yo –me solía decir Abdul-. Yo no robo, yo trabajo. Puedo robar, pero no robo.

-Ya lo sé, Abdul –le contestaba yo.

Y cuando el mago Arturo da por terminado su número, Abdul se acuesta en su banco y se duerme, más contento que unas Pascuas. Abdul nunca va al cine, ni a bailar, ni anda con chicas, lo suyo es el mago que le hace feliz a domicilio.

-¿Y nunca roba? –me preguntó la fotógrafa moderna, que tenía un grano rojo en la nariz.

-No, nunca.

-Es un hombre muy bonito –dijo ella-. ¿Podría fotografiarlo?

-Es mejor no despertarlo –le dije yo.

-Va a ser una foto estupenda. Fíjate cómo le cuelga la manga vacía de la chaqueta.

-Pídele permiso –le dije yo.

-Pero voy a tener que despertarlo.

-Pues no lo despiertes, ni le saques fotos sin su permiso.

Y ella, solicita, me hizo caso y me preguntó por la historia de ese hombre manco, dormido en el banco de la plaza de San Ildefonso. Y yo se la conté, le dije que un día, hace tiempo, Abdul se cansó de pasar hambre y de rasparse las manos transportando sacos en el almacén donde curraba en Tetuán y decidió probar fortuna en España. Un amigo le puso en comunicación con un tal Bernisi que, por setenta mil pesetas, lo ponía en una patera en una de las playas de Cabo Martín (cerca de Tetuán) y le llevaría a Algeciras. El viaje duraba doce horas largas y comprendía también un autobús de línea, con billete incluido, que acabaría en Madrid, Málaga o Barcelona. Aunque Abdul sabía de compañeros que soñaban con París.

Abdul lo vendió todo y sus familiares y amigos le dieron una fiesta para desearle suerte. Se despidió de su mujer Zuleima, de su madre y de sus tres hijos con lágrimas en los ojos. Cuando su mujer lo abrazó por última vez en la estación de autobuses de Tetuán, Abdul le juró por Dios Santo que no estaría jamás con otra mujer, que no gastaría dinero y que volvería en cuanto pudiese comprar un puestecito en el mercado.

Abdul entregó las setenta mil pesetas a Bernisi sin saber cómo se repartirían su dinero. Después supo que sólo veinte mil, de las setenta, eran para Bernisi, por intermediario y tío listo, diez más para el sargento de la policía y otras diez para el conductor de la patera. Lo que quedaba se repartiría entre los otros de la organización.

Cuando Abdul vio a la patera balancearse en la playa oscura, se quedó helado. Allí se agolpaban dieciocho personas entre mujeres, niños, viejos y viejas. La capacidad máxima de la barca era de once, y muy apretados, y él dijo que en esas condiciones no hacía el viaje.

No le hicieron caso, claro. Le dijeron que allá él, que era cosa suya venirse o no para España y que no le devolverían el dinero. Abdul lo pensó un poco y, al final, accedió a meterse en la barca. Le hicieron tirar la maletilla de cartón que llevaba y emprendieron la marcha.

La historia de cómo Abdul perdió el brazo es corta. A las seis horas de travesía, la patera se dio la vuelta, así, sin más, en medio del Estrecho y la gente empezó a gritar, mientras se ahogaba. Abdul vio cómo morían ahogados sus paisanos, manoteando en el agua. En medio del griterío, Abdul agarró a una viejecita, que se parecía a su madre y que llevaba en brazos a un niño pequeño, y la subió al casco de la patera. Pero no se dio cuenta de que esa patera tenía hélice.

La hélice le cercenó el brazo y él se apretó la herida con una mano para no desangrarse. De esa forma se mantuvo en el casco de la barca cuatro horas, hasta que lo recogió el bote de un mercante de Málaga que andaba por ahí. Además de él, salvaron la vida la viejecita y el niño.

-¿Oye? –me preguntó la fotógrafa moderna-. ¿Por qué es mejor no despertarlo? Me gustaría mucho fotografiarlo.

-No le gustan las fotos –le contesté yo.

-¿Por qué?

-Porque le da vergüenza que se sepa que no pudo salvar a nadie más.

Publicado en el Nº 341 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2021

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