Depende en gran medida de que en ERC sean valientes y abandonen su dependencia acomplejada de JuntsCatalunya después de las elecciones ¿Abrir una nueva etapa o más de lo mismo? La República Federal y Solidaria como vía hacia la solución del conflicto territorial

Eduard Navarro. Secretario General del PSUC Viu 04/03/2021

En Catalunya, a la situación excepcional derivada de la pandemia se suma la permanente incertidumbre política en cuanto al escenario que está por venir. Desde hace una década vivimos inmersos en un contexto político y social caracterizado por la crisis territorial más importante desde la transición política, concretándose en Catalunya en el denominado “procés”.

Todo el mundo sabe, defensores y detractores, que el “procés” está agotado desde hace tiempo, a lo que hay que añadir una división pública y notoria entre los diferentes sectores del independentismo, representados por el espacio postconvergente de Junts y ERC.

Esta prolongada situación nos ha llevado a una degradación constante de las instituciones catalanas, con una carencia de proyecto evidente y con una incapacidad manifiesta para resolver los problemas y las preocupaciones de la población.

En este sentido, hay que destacar la pésima gestión del govern de la Generalitat de Catalunya ante la crisis del coronavirus. Ante el colapso sanitario provocado por la epidemia, y en especial en las residencias de gente mayor, desde el govern se mantuvo una política de gesticulaciones nacionalistas, estériles e irresponsables, y se tomaron medidas que se demostraron totalmente ineficaces para ayudar a los sectores más golpeados por la grave situación.

En este escenario, que nos podría indicar que el conflicto de clase se debería haber agravado, quedó eclipsado por el hecho de que la crisis económica y social arrastrada desde el 2008 se cristalizase en torno al conflicto nacional. Hecho, que tampoco hay que obviar, ha tenido su efecto al otro lado del Ebro, contribuyendo de forma decisiva al auge de las ideas reaccionarias y conservadoras y, en última instancia, a la visualización pública de los herederos del franquismo.

En este contexto, el 14 de febrero se celebraron las elecciones al Parlament de Catalunya en medio de la tercera ola de la pandemia. Con una campaña electoral atípica, con poco movimiento y un ambiente de desgaste y de apatía política creciente derivados de más de diez años de un “procés” que ha llevado a Catalunya al estancamiento económico, social y político. El caldo perfecto para que se diese una caída considerable de la participación en más de un 20%.

Formar una amplia mayoría para un gobierno de progreso

Los resultados electorales han dibujado el Parlament con una composición más a la izquierda de toda su historia, lo que por lógica debería llevar a que se formase una amplia mayoría que sustentase un gobierno de progreso, con una vocación nítidamente social y democrática, que ayudaría a hacer salir a Catalunya del actual estancamiento con políticas que pongan en el centro los intereses de la clase trabajadora y de los sectores populares.

Pero lo que puede parecer lógico no siempre lo es. Bien lo sabemos en Catalunya. Un repaso rápido al actual arco parlamentario nos sitúa dos posibles escenarios. La suma del bloque independentista (ERC, Junts, CUP) tiene los mismos diputados que la suma de un bloque de progreso (PSC, ERC, En Comú Podem). En estas sumas podemos ver que la única pieza que coincide es ERC. El que se abra paso un cambio de etapa o haya una continuidad del actual “desgobierno” depende en gran medida de que sean valientes y abandonen su dependencia acomplejada de Junts.

Por lo tanto, nos situamos nuevamente ante la encrucijada entre la necesidad de un nuevo gobierno que defienda la dignidad de las instituciones y que ponga en el centro de su acción las políticas sociales que den solución a los graves problemas de la clase trabajadora y la mayoría social o continuar como hasta ahora, con un gobierno preocupado por la guerra de banderas, incapaz de solucionar los problemas reales de Catalunya y que nos mantendría en una inestabilidad que podría llevarnos a una repetición electoral, aumentando aún más el descrédito de lo política.

Los y las comunistas seguiremos insistiendo en la necesidad de un gobierno que defienda unos servicios públicos y de calidad, que ponga en el centro el fortalecimiento de la sanidad pública que ha sufrido tanto después de años de recortes y privatizaciones continúas, que impulse y construya un nuevo modelo productivo que tenga la industria y la economía verde y sostenible como motores y que favorezca la creación de trabajo digno y de calidad. Catalunya no puede soportar más el goteo de cierres de industrias. Un gobierno que recupere la dignidad de las instituciones catalanas para que el conjunto de catalanes y catalanas las vuelvan a sentir como propias.

Además, un cambio de etapa con un gobierno de progreso situaría la cuestión nacional lejos de los discursos de tipo identitario y trumpista de Vox y Junts per Catalunya. Sabemos que únicamente la lucha indisociable por los derechos sociales, democráticos y nacionales, tal como hizo el PSUC durante la larga noche de la dictadura y la transición política, es capaz de recoser las heridas abiertas en el pueblo de Catalunya, rehacer las instituciones catalanas, ejercer nuestras competencias y, finalmente, mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora y de los sectores populares.

Por otro lado, vemos como el espacio de la derecha autodenominada “constitucionalista”, representado por Ciudadanos y el PP, ha quedado reducido a la mínima expresión, ante el avance de Vox, como consecuencia de una radicalización de los posicionamientos en el eje nacional. Obviamente, es una mala noticia. Y nos debe hacer reflexionar, sobretodo analizando los resultados en los barrios populares de las ciudades del cinturón metropolitano de Barcelona, que es donde cosechan sus mejores resultados.

Ante esta situación, la unidad de izquierdas y antifascista es la mejor medicina para hacer frente al auge de una ultraderecha que se consolida con fuerza en el Parlament de Catalunya, tanto la de Vox como la que se visualiza en sectores crecientes en Junts per Catalunya, que consideran a la mitad de los catalanes como “colonos”.

Consolidar y fortalecer En Comú Podem

Por último, en el espacio de la izquierda transformadora representado por En Comú Podem se hace imprescindible abrir una reflexión sobre nuestra acción en la realidad catalana, porque es necesario que el espacio mejore su vertebración territorial para arraigar entre la clase trabajadora y los sectores populares y así poder pasar de ser una organización mayoritariamente “metropolitana” a una realmente nacional catalana. Hay que destacar que ante el complicado escenario que teníamos por delante se ha resistido, manteniendo el mismo número de diputados, en gran parte gracias a una excelente candidata. Pero no es suficiente para afianzar y consolidar el proyecto.

Debemos articular un proyecto de país que vaya más allá de unos comicios electorales. Los y las comunistas, que nos reclamamos de la tradición republicana en su sentido democrático más profundo, debemos ser los impulsores de un proyecto sustentado en la radicalidad democrática y cuyo modelo político, económico y social se plasme en la República Federal y Solidaria, como vía hacia la solución del conflicto territorial. Este espacio social y político tan heterogéneo y que tiene un potencial mayor que lo que nos pueda parecer, debe ir adquiriendo conciencia y consistencia para construir un proyecto político de país alternativo al independentismo, hoy hegemonizado por ERC y Junts. En ese proyecto, el catalanismo popular, resumido en la máxima de que “catalán es quien vive y trabaja en Catalunya”, debe ser una pieza fundamental para el aumento de la conciencia de clase entre la sociedad catalana, precisamente en la medida en que los y las comunistas seamos capaces de construir con la clase trabajadora y las capas populares ese proyecto de país.

Será en el proceso de construcción y consolidación de ese espacio, federal y republicano, arraigado en los barrios populares, en las universidades y en los centros de trabajo, donde se empiece a dibujar una solución, dialogada y duradera, a la encrucijada catalana.

Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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