Premio Nóbel de la PazRigoberta Menchú: 'La matanza de 1980 en la embajada de España en Guatemala merecía un juicio internacional'

Pablo Rabasco. Profesor titular del Departamento de Historia del Arte, Arqueología y Música de la Universidad de Córdoba 06/03/2021

El 31 de enero de 1980, el temido Comando Seis de la Policía Nacional, dirigido por Pedro García Arredondo, asesinó brutalmente a 37 personas en el interior de la embajada de España en Guatemala. Solo hubo tres sobrevivientes, el embajador Máximo Cajal, el abogado Mariano Aguirre Godoy y el campesino Gregorio Yujá Xoná, secuestrado del hospital esa misma noche. Fue torturado hasta la muerte y su cuerpo arrojado al Campus de la Universidad de San Carlos con un cartel al cuello señalándolo como comunista.

La embajada fue ocupada por treinta dirigentes comunitarios y estudiantiles en respuesta a las barbaridades gubernamentales en el conflicto armado. Esta acción, que tenía como objetivo llamar la atención de los medios internacionales, terminó en una matanza. La Embajada fue incendiada con lanzallamas y fósforo blanco. A las personas encerradas en el interior les dejaron arder hasta morir.

Estos son sus nombres:

Campesinos/as: Juan Chic, Vicente Menchú Pérez (padre de Rigoberta Menchú), Gabina Morán, María Pinula, Regina Pol, María Ramírez, María Ramírez Anay, Mateo Sic, Juan Tomás Lux, Francisco Tum, Gaspar Viví, Juan Us, José Ángel Xoná, Juan López Yac, Gregorio Yujá, Mateo López, Juan José Yos, Francisco Chen y Salomón Tabico.

Estudiantes: Edgar Rodolfo Negreros, Leopoldo Pineda, Luis Antonio Ramírez y Sonia Magalí Welches.

Funcionarios: Lucrecia Anleu, Lucrecia de Avilés, Mary de Barillas, Nora Mena, Jaime Ruiz, Luis Felipe Sánez y María Teresa Villa.

El sindicalista Felipe Antonio García Rac y la activista Trinidad Gómez.

Rigoberta Menchú (Premio Nobel de la Paz) ha aceptado realizar esta entrevista para MUNDO OBRERO en la que repasa aquella tragedia y nos explica el estado actual de la causa judicial en la que sigue directamente implicada.


PABLO RABASCO: El único juicio legal sobre la matanza en la embajada se realizó en 2015. ¿Qué podemos esperar en lo referente a la resolución del caso?
RIGOBERTA MENCHÚ:
Aunque el caso tiene un largo tiempo de recorrido en la búsqueda de justicia, hasta el 1 de octubre de 2014 no se inició el debate oral y público después de que en 2010 nos constituimos, con Sergio Fernando Vi Escobar, como querellantes adhesivos y que en noviembre de 2011 el juzgado a cargo de la investigación penal emitiera orden de aprehensión en contra de Pedro García Arredondo, procesado por los delitos de asesinato y contra los deberes de humanidad.

Pedro García Arredondo dirigía el temido Comando Seis de la Policía Nacional (PN), un cuerpo élite al que se le atribuyen cientos de desapariciones forzadas y asesinatos de sindicalistas, estudiantes y profesores universitarios.

El 20 de enero de 2015, el Tribunal B de Sentencia Penal de Mayor Riesgo condenó “por unanimidad” a Pedro García Arredondo a 90 años de prisión por el asesinato de 37 personas que murieron calcinadas dentro de la embajada de España en Guatemala el 31 de enero de 1980 y por el asesinato en grado de tentativa de los únicos sobrevivientes de la masacre, el embajador Máximo Cajal López y Gregorio Yujá Xoná. También se le encontró responsable de los asesinatos de Jesús España Valle y Gustavo Hernández González, estudiantes que murieron por heridas provocadas por armas de fuego como consecuencia del ataque del mismo Comando Seis el 2 de febrero de 1980 durante el funeral de las víctimas de la matanza en la embajada.

P.R.: Han pasado 41 años y aun sigues luchando para que haya justicia y reparación. ¿En qué consiste el último recurso que has presentado?
R.M.:
La vía judicial en Guatemala está totalmente agotada después de haber presentado el recurso extraordinario de casación que fue rechazado por la Cámara Penal de la Corte Suprema de Justicia. En este recurso se cuestionó la decisión de no dar intervención al Estado de Guatemala en la audiencia de reparación digna como solidariamente responsable de las acciones realizadas por sus funcionarios públicos en el ejercicio de sus cargos.

En el ámbito internacional, el caso se presentó en junio de 2020 ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, órgano de la Organización de Estados Americanos.

Izq: Vicente Menchú, padre de Rigoberta y una de las víctimas de la matanza en la embajada; dcha: Acto de conmemoración en el 40 aniversario de la matanza

P.R.: Quizás puedas recordarnos los acontecimientos que propiciaron las acciones de la toma de la embajada desde la perspectiva de tu padre. ¿Cómo fueron para él las semanas anteriores a los hechos?
R.M.:
Campesinos, obreros, estudiantes, catequistas e indígenas ocuparon las instalaciones de la misión diplomática para denunciar las masacres en el marco del conflicto armado interno de Guatemala, especialmente en el departamento del Quiché.

Mi padre Vicente Menchú Pérez, una de las víctimas de la matanza en la embajada, era un líder comunitario, un guía espiritual y uno de los fundadores del Comité de Unidad Campesina, quien, entre otras responsabilidades, se encargaba del cuidado de las semillas de su comunidad. En esos años se estaban agudizando las masacres en el Quiché en el marco del conflicto armado. Por esa razón, buscaron apoyo en la embajada de España para denunciar la represión contra la población civil. Ningún medio de comunicación radial, escrito y mucho menos televisivo quiso darles un espacio para exponer tal situación. La última instancia era buscar el apoyo de la comunidad internacional presente en Guatemala.

P.R.: Gracias a escritores como Eduardo Galeano, sabemos que Guatemala fue campo de experimentación de las torturas y el exterminio racial, político y de género que después se extendió por otros países de América Latina. La matanza en la embajada fue quizás el acto con el que los gobiernos del terror comunicaron al mundo que la barbarie no tenía fronteras ni en el derecho internacional.
R.M.:
Gracias al extraordinario escritor y querido y entrañable maestro Eduardo Galeano, que fue voz de los sin voz, se llegaron a conocer situaciones aberrantes para la humanidad. La masacre en la embajada de España fue el hecho más simbólico de una política de represión del Estado guatemalteco en contra de la población civil. Visibilizó en las áreas urbanas la brutalidad de las fuerzas de seguridad y la presentó al mundo sin ninguna vergüenza.

P.R.: Tras la matanza, España rompió las relaciones diplomáticas con Guatemala ¿Puedes valorar la reacción del gobierno de Adolfo Suárez?
R.M.:
Considero que fue la respuesta idónea del gobierno de España. Según entiendo, el rompimiento es una de las medidas más enérgicas que se utilizan en las relaciones diplomáticas. La invasión de su sede diplomática, además de atentar contra la vida del embajador, constituía una violación de la Convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas.

Desde mi punto de vista, el gobierno de España fue aún complaciente con el de Guatemala porque una actuación como aquella debió llevar a Guatemala a un juicio internacional. Las demandas del gobierno de España se diluyeron con el tiempo, especialmente cuando se retomaron las relaciones diplomáticas en septiembre de 1984.

P.R.: El cadáver de Gregorio Yujá (del Comité de Unidad Campesina), uno de los tres sobrevivientes de la matanza, fue arrojado en la Universidad de San Carlos, quemado y torturado, con un cartel al cuello que le señalaba como comunista. Su tumba se colocó en el campus. Hoy pocos recuerdan que allí sigue.
R.M.:
Como lo dije antes, la masacre mostró al mundo la brutalidad de las fuerzas de seguridad del Estado de Guatemala en contra de la población civil organizada que pedía el cese a las hostilidades, los asesinatos y las masacres, especialmente contra los pueblos indígenas del altiplano de Guatemala. El mensaje fue para las organizaciones campesinas y los sindicatos pero también para los estudiantes y los profesores de la Universidad de San Carlos que apoyaban las denuncias de los campesinos asesinados. Hay que reconocer el importante papel de la Universidad de San Carlos al apoyar las justas demandas de los indígenas. Por eso, las fuerzas represivas del Estado, después de secuestrar y torturar a Gregorio Yujá Xoná, arrojaron su cuerpo sin vida en el campus central como un claro mensaje de amenaza e intimidación para las organizaciones estudiantiles y de profesionales. Por mucho tiempo se ocultaron estos hechos pero ahora hay un mayor reconocimiento de la tumba de Gregorio Yujá en la Universidad de San Carlos. Cada 31 de enero se le rinde homenaje en el lugar donde está sepultado.

P.R.: También fue señalado el papel de la iglesia católica. Hubo una posición clara de los jesuitas y de los seguidores de la teología de la liberación en aquellos años y específicamente en la matanza de la embajada, con la referencia quizás del jesuita español Fernando Hoyos asesinado en 1982.
R.M.:
Fueron señalados todos aquellos que estuviesen del lado de los excluidos y empobrecidos y que denunciaran la represión contra la población civil y especialmente contra la población indígena. La iglesia católica apoyó mucho el movimiento cooperativo en las áreas del Quiché y denunciaron constantemente los asesinatos. Por esa razón se recuerda al jesuita español Fernando Hoyos y también a los misioneros españoles del Sagrado Corazón, como José María Gran Cirera, Faustino Villanueva y Juan Alonso Fernandez, que fueron asesinados en el departamento del Quiché. Asesinatos que siguen en la impunidad.

P.R.: Juan Pablo II visita Guatemala pocos años después, en marzo de 1983. ¿Recuerdas la posición tomada por el Papa en aquel momento y la repercusión de aquel viaje?
R.M.:
Por primera vez una voz de tal magnitud, como la del Papa Juan Pablo II, reconoció abiertamente a las culturas indígenas del continente americano y pidió respeto para estos pueblos de manera pública. A pesar de las recientes muertes de sacerdotes, misioneros y catequistas de la iglesia católica y de los fusilamientos a pocos días de su llegada a Guatemala, el Papa Juan Pablo II se sumó a la voz de quienes pedían el cese de la represión contra los pueblos indígenas. Estuvo claramente de su lado. En su discurso en Quetzaltenango para los indígenas, cerró su intervención con un saludo de paz para las mujeres, hombres, jóvenes y ancianos en idioma maya K’iché. Esta postura por supuesto que no fue del agrado del gobierno guatemalteco.

P.R.: La extensión de la teología de la liberación propició, como respuesta, la llegada de la iglesia protestante en aquellos años. Recientemente se ha vinculado a la CIA con la creación del Instituto Lingüístico de Verano que enmascaraba un proceso de evangelización protestante, iglesias que ahora ya son mayoritarias en Guatemala.
R.M.:
Mucho del trabajo de la iglesia católica en relación con el movimiento cooperativista para buscar el desarrollo de las comunidades se realizó en comunidades y territorios de los pueblos indígenas. El gobierno estableció que eran sus enemigos toda persona o grupo que trabajasen para el desarrollo de los pueblos, que eran fuerzas subversivas.Y buscaron múltiples estrategias y elaboraron planes de desarticulación, de represión y de aniquilamiento. Se enfocaron en dividir lo que unió a las comunidades para tener un control social. Y, por supuesto, debían desarticular las organizaciones religiosas de la iglesia católica y crearon instituciones para infiltrarse, dividir y confrontar a los pueblos indígenas y a la sociedad civil en general.

P.R.: Por otro lado está el papel de las mujeres. Cinco lideresas campesinas (Gabina Morán, María Pinula, Regina Pol, María Ramírez y María Ramírez Anay) y una estudiantil (Sonia Magalí) fueron asesinadas en la embajada.
R.M.:
Para los pueblos indígenas, la participación de la mujer siempre ha sido un complemento en el diario vivir y en este caso las mujeres eran parte del grupo de hermanos y hermanas indígenas que buscaban alzar la voz para denunciar las violaciones de los derechos humanos en sus territorios. Las cinco lideresas representan la lucha de muchísimas mujeres que quisieron estar ahí en ese momento, por la justicia y la paz. A pesar de sufrir discriminación por ser mujeres, indígenas, campesinas y pobres, estas valientes mujeres representaron a sus comunidades y lucharon junto a los hombres hasta perder la vida en aquella matanza.

P.R.: El papel del Centro Cultural de España en Guatemala en aquellos años se antoja crucial para entender los sucesos de la toma de la embajada y el rechazo que se impuso hacia cualquier propuesta de liberación cultural. El asesinato en setiembre de 1980 de Roberto Mertins (director interino del instituto) por sus denuncias en RTVE fue lo más llamativo dentro de un reguero de represión y muertes.
R.M.:
Asesinar era una práctica de las fuerzas oscuras del gobierno para callar la voz de quienes denunciaban las injusticias en el país, principalmente si lo que se denunciaba eran hechos que se relacionaban con un caso emblemático como la masacre de la embajada de España que ilustra la brutalidad de las fuerzas de seguridad y de los militares. No miraban quién denunciaba, simplemente era un enemigo del gobierno y había que eliminarlo. Esa horrenda y sistemática práctica se aplicó a Roberto, que había denunciado en España la crueldad de la matanza y fue asesinado con 52 impactos de armas de fuego poco después de regresar a Guatemala. Otro caso más en absoluta impunidad.

P.R.: Para finalizar, el indigenismo guatemalteco, a pesar de todo, se empoderó y se extendió por buena parte de América Latina. Quizás un precio muy alto pero una esperanza enorme.
R.M.:
Pudieron cortar las ramas y el tronco del árbol pero no lograron eliminar sus raíces. Y esas raíces retoñaron, se multiplicaron y están floreciendo en toda nuestra América. La voz de la denuncia de nuestros padres, hermanos y hermanas masacradas en la embajada de España la siguen una diversidad de organizaciones indígenas, campesinas y populares, que se presentaron en los inicios de la década de los noventa como la campaña continental 500 años de resistencia indígena, negra y popular, un esfuerzo que levantó la reclamación de los pueblos pidiendo reconocimiento, autodeterminación, paz y justicia.

Finalmente rindo homenaje a todas las víctimas de los crímenes de lesa humanidad, a las organizaciones de derechos humanos, a los dirigentes, líderes y lideresas de los pueblos indígenas y del movimiento social, popular y campesino que durante 41 años, a través de diferentes actividades cada 31 de enero, honramos la memoria de nuestros seres queridos, mártires de la masacre de la embajada de España en Guatemala.

Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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