Psicóloga de la Asociación Clara CampoamorOlivia Gasco: 'Del abuso sexual infantil no se habla, es innombrable'

Guadalupe Barahona. Redacción Mundo Obrero 05/03/2021

El libro CONSENTIMIENTO, de Vanessa Springora, abrió el año pasado un debate en Francia sobre la pedofilia y la capacidad de consentimiento en la adolescencia. Recientemente, la publicación de LA FAMILIA GRANDE, de Camille Kouchner, ha contribuido a sacar a la luz el abuso sexual infantil en el entorno familiar, desatando el movimiento #MeTooInceste que ha permitido a miles de víctimas visibilizar la dimensión de esta violencia y romper el silencio. Pero no estamos ante un problema que se circunscriba a Francia. La violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes nos concierne como sociedad en primera persona: uno de cada cinco menores la sufren en nuestro país

Olivia Gasco es psicóloga de la Asociación Clara Campoamor, en Álava. Trabaja desde hace una década con mujeres, niñas y niños, víctimas de violencia de género y/o agresiones sexuales. Lo que más le gusta de su trabajo es “ver cómo se les va iluminando la mirada durante el proceso de recuperación” y lo más difícil y cansado es “la sensación de estar peleándonos con el sistema continuamente”.

GUADALUPE BARAHONA: Cuando un adulto mantiene relaciones con un adolescente o un niño, en ocasiones no hay violencia física y existen lazos afectivos entre la víctima y su agresor. ¿Qué consecuencias tiene una experiencia de abuso sexual, incluso si es consentida, en la víctima? ¿Qué se rompe?
OLIVIA GASCO:
En primer lugar, me gustaría aclarar que el abuso sexual lleva implícito una relación de asimetría de poder y el consentimiento es lo opuesto a esto. No se puede consentir algo que no se entiende o de lo que no se comprende su envergadura.

Efectivamente, el uso de la violencia en el abuso sexual infantil está más relacionado con aquellas situaciones en las que el agresor es desconocido. Cuando el agresor es una persona de confianza del entorno de la víctima es muy probable que existan lazos de afecto. Este tipo de agresores (conocidos) abusan de esa confianza, manipulan y/o coaccionan a las víctimas. El abuso sexual por parte de una persona conocida puede resultar más dañino, ya que se genera un sentimiento de traición y de pérdida de confianza, puede conllevar la desintegración familiar y/o social, generar incredulidad cuando se produce la revelación y un menor apoyo emocional para la víctima.

El abuso sexual infantil puede tener consecuencias a corto, medio y largo plazo, y constituye un factor de riesgo importante en el desarrollo de psicopatología en la edad adulta. Se relaciona con depresión, presencia de ideación suicida, ansiedad, trastornos del sueño, trastorno de estrés postraumático, disociación, trastorno límite de la personalidad, revictimización en la edad adulta, sentimientos de vergüenza y culpa o efectos en la sexualidad. Lo que se rompe es a la persona.

G.B.: La violencia sexual intrafamiliar, el incesto, sorprende por las cifras: se estima que un 80% de los casos de abuso sexual infantil ocurre en el seno de la familia. ¿Por qué si estamos ante un problema de semejantes dimensiones no se habla apenas de él?
O.G.:
La prevalencia del abuso sexual infantil en España, en función de la fuente a la que se recurra, se sitúa en torno a entre un 15% y un 20% de las personas que, en edad adulta, reconocen haberlo sufrido. Y, efectivamente, del abuso sexual no se habla, es innombrable. Pueden pasar años hasta que una víctima rompe el silencio. Para mantener esta situación de abuso, el agresor manipula a las víctimas para poder abusar y continuar abusando de ellas, las víctimas no comprenden el motivo por el que esa persona que quieren les produce dolor, pueden incluso reconocer lo impropio del contacto y avergonzarse de ello, puede tener miedo a que cumpla con las amenazas y las coacciones que recibe.

Estamos fallando como sociedad cada vez que una víctima de abuso sexual infantil tiene miedo a la falta de apoyo, a ser incomprendida, a no ser creída, a que le culpabilicen de la situación, a las consecuencias de la revelación, a que una denuncia por abuso sexual infantil en un contexto de crisis matrimonial se interpreta por parte del Sistema Judicial como un instrumento para ganar una disputa. Todas estas cuestiones muestran cómo la sociedad es cómplice en el mantenimiento de esta ley del silencio.

G.B.: ¿Tienen voz los niños y adolescentes que son víctimas de abusos sexuales? ¿Se les cree? ¿Se les protege?
O.G.:
Las niñas/os y adolescentes víctimas de abuso sexual ven la revelación como la única manera de parar esta situación. Una vez que lo hacen, se pueden encontrar con que el entorno familiar y social puede negar o evitar hablar del abuso sexual. Es habitual que una vez que han revelado el abuso, se retracten y, posteriormente, vuelvan a reafirmarse. Esta retractación se explica por el sentimiento de culpa, el sufrimiento de la familia tras la revelación, la coacción o las amenazas que recibe. Sin embargo, el entorno familiar y/o social lo interpretan como la confirmación de que no es verdad. En este contexto, es muy complicado que se adopten medidas que protejan a las víctimas.

Cuando el entorno familiar les cree y ponen en marcha medidas para protegerles, las víctimas se tienen que enfrentar a numerosas entrevistas, exámenes, separaciones testificales por parte de diferentes profesionales que no tienen la obligación de especializarse en el tratamiento de esta problemática. El sistema judicial continúa siendo muy poco sensible a las necesidades de las niñas, niños y adolescentes, así como a los efectos que el proceso en sí mismo puede generar en su desarrollo emocional.

G.B.: ¿Qué puede mejorar en la sociedad, en las familias, en la escuela, para favorecer un desarrollo sano de la infancia y la adolescencia?
O.G.:
Nos queda, como sociedad, mucho camino por recorrer. En el momento en que se observa cómo se reprocha a las niñas, niños y adolescentes que no quieran dar o recibir una muestra de afecto, te das cuenta de que difícilmente se va a poder prevenir el abuso sexual si no somos capaces de respetar este NO. Existe un abismo entre las Convenciones de Derechos Humanos, los principios de la ONU y esta sociedad patriarcal y misógina. Te das cuenta cuando se cuestiona a las víctimas por su forma de vestir o de comportarse, se las culpa de haber sido agredidas o abusadas o se les acusa de mentir, cuando se disculpa al agresor y se consienten justificaciones de sus actos. Cuando se refuerza la idea de que la imagen personal que se proyecta en las redes sociales es la imagen real de las personas y esta imagen es garantía de éxito social, estamos dañando a las niñas, los niños y adolescentes e interfiriendo en su adecuado desarrollo personal.

Es necesaria una mayor inversión de tiempo y espacios de formación, prevención y sensibilización en educación sexual, educación en igualdad, confrontación de estereotipos y abuso sexual. Estos programas deben dirigirse a familias, al entorno escolar y social y también deben dirigirse tanto a profesionales que en un momento dado se pueden encontrar con que van a tratar una situación de abuso sexual (cuerpos de seguridad, fiscales, jueces, profesorado) como a profesionales que están en contacto con estas poblaciones y están desarrollando contenidos dirigidos a ellas.

G.B.: El libro CONSENTIMIENTO, de Vanessa Springora, cuestionaba cómo a los artistas y escritores se les consiente la pedofilia e incluso que reivindiquen las prácticas sexuales con menores en sus libros. En España tenemos el caso no tan lejano de Sánchez-Dragó, que hace diez años llegó a jactarse en un libro de haber tenido sexo con dos niñas en Tokio que, según él, “no tenían ni 13 años”. Se desató un escándalo mediático pero no hubo consecuencias para el escritor. ¿Cómo se explica esta doble moral, donde, por un lado se afirma la protección de la infancia y por otro este tipo de comportamientos y manifestaciones no tienen castigo?
O.G.:
La doble moral se explica desde la dificultad para resolver la disonancia que se crea entre ideales como la protección a la infancia y la igualdad entre mujeres y hombres y la integración de estos ideales en nuestro día a día. La primera traba, de hecho, la encontramos cuando suponemos que estos ideales se han logrado y son efectivos, sin tener en cuenta la influencia de los prejuicios que nos condicionan y nos han condicionado como sociedad durante siglos.

En la Convención de los Derechos del Niño en 1989 se comenzó a reconocer a las niñas y niños como sujetos de derechos y se consideró el abuso sexual infantil como un atentado contra los Derechos Humanos. Sin embargo, hoy por hoy, se les sigue tratando como objetos y se continúa observando la sexualización de la infancia y la adolescencia. La sexualización no es sinónimo de sexualidad, es la percepción de la persona como objeto sexual valorado en función de su atractivo personal, es la imposición de una sexualidad adulta a niñas, niños y adolescentes para la que no están preparadas/os ni física, ni psicológica ni emocionalmente.

Afortunadamente, no toda la sociedad comparte o se lucra de esta hipersexualización. Sin embargo, el hecho de que haya personajes públicos que, amparándose en su trayectoria profesional, se jacten de este tipo de comportamientos e, incluso, obtengan la complicidad de su entorno en lugar de una respuesta condenatoria por parte de la sociedad, contribuye a que se prolongue este trato vejatorio a niñas, niños y adolescentes, a que se minimice la importancia del respeto a los derechos de estas niñas y niños y a que este tipo de actos se continúen realizando de forma impune.

Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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