¿Por qué recelamos de que el 20% de la población mundial mejore sus condiciones de vida?¿Podemos dialogar con China?

Marcelo Muñoz 08/03/2021

Defendemos nuestra democracia liberal occidental como el sistema político más adecuado o el menos imperfecto de todos y lo queremos llevar a todos los países. Incluso, a veces, queremos imponerlo con sanciones y hasta con otros métodos más contundentes.

El pilar fundamental de este sistema es, sin duda, el parlamentarismo que significa diálogo, debate, parlamento que, tras el diálogo y el acuerdo, emite leyes.

Este sistema lo mantenemos en nuestras sociedades occidentales, con más o menos imperfecciones y carencias, y lo ofrecemos a todas las sociedades con las que nos relacionamos, sin imposiciones ni complejo de superioridad, en diálogo abierto, o ésa debería ser nuestra estrategia con todos los países.

Desde luego, con China no lo es. Desde Estados Unidos la estrategia predominante es la de una competencia abierta, que significa contener o frenar a China. Desde la Unión Europea la estrategia es más suave: predomina el recelo, que significa apertura, comercio, intercambio... Pero sin llegar al diálogo abierto, con reservas.

Una potencia a tener en cuenta

Como resulta que China ha vuelto a la esfera internacional con fuerza, y ha vuelto para quedarse, nuestra reacción, la de Occidente en general, es contener a China o desconfiar de ella.

De ser la potencia 120 en PIB en 1978, ha pasado a ser la segunda. Ha multiplicado por 4.000 su renta per cápita. Han salido de la pobreza 700 millones de personas y acaba de eliminar la última bolsa de pobreza extrema. Su crecimiento económico contribuye en un 40% al crecimiento mundial. ¿Queremos frenar a China en este crecimiento que nos beneficia a todos? ¿Por qué recelamos de que el 20% de la población mundial mejore sus condiciones de vida?

China ha superado a Estados Unidos en robots operativos, produce el doble de vehículos que Japón y Estados Unidos, está en el segundo puesto en inteligencia artificial a nivel mundial y en primer lugar en economía digital.

¿Por qué queremos frenar tal desarrollo? ¿Por qué nos produce desasosiego? ¿No debería, por el contrario, estimularnos?

El 44% de los jóvenes llegan a la Universidad, cada año se gradúan más ingenieros y científicos que en el resto del mundo.

En la sanidad pública China tiene aún mucho camino que recorrer, aunque el 95% de su población tiene ya una cobertura básica. Siendo el primer país que sufrió la pandemia, ha sido también el primero en superarla salvo pequeños focos residuales. Ha desarrollado sus propias vacunas y las está llevando masivamente a países de África y América Latina.

China es la primera potencia mundial en comercio exterior y acaba de suscribir el mayor mercado común del mundo, con los diez países del Sudeste asiático y con Japón, Corea, Australia y Nueva Zelanda. Un mercado común, el mayor conocido hasta ahora, que afecta a más de 2.300 millones de personas, con más del 30% del PIB mundial. Con la posible incorporación de India, alcanzaría al 50% de la población mundial.

El necesario diálogo

China es el mayor responsable de la contaminación del aire y contribuye en gran medida al deterioro del planeta pero al mismo tiempo es líder mundial en todas las energías renovables, invierte el doble que Estados Unidos y la Unión Europea juntos en investigación y en medidas de todo tipo para frenar el cambio climático y tiene como objetivo para 2035 que el vehículo de combustión se reduzca en un 90%.

¿No podríamos dialogar con China para aunar esfuerzos y debatir políticas y tecnologías para salvar el planeta?

En los medios occidentales, cualquier dirigente político que visita China está obligado a interpelar al anfitrión sobre los derechos humanos. ¿No se podría dialogar en lugar de interpelar? Sería razonable y beneficioso preguntar cómo se cumplen cada uno de los derechos humanos en cada uno de los países interlocutores.

¿Podemos dialogar con China? Parece meridianamente claro que podemos y debemos. Y que resulta imprescindible dialogar como intercambio y debate para abordar seriamente los graves problemas que acechan al mundo del siglo XXI. Un diálogo que, para que conduzca a algo positivo, exige un requisito irrenunciable: que sea en pie de igualdad. ¿Pueden aceptarlo Estados Unidos y la Unión Europea? ¿O nos lo impiden tantos años erigidos como árbitros y jueces?

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