Esperando a los bárbaros

Violeta, rojo, verde Lo rojo se escribe con tinta verde y lo verde puede aparecer con letras violeta y a la inversa

Felipe Alcaraz Masats 08/03/2021

Hace ya treinta años que utilizamos por primera vez esta síntesis cromática de nuestra estrategia de unidad popular, basada en la construcción de un bloque social crítico y alternativo. En Andalucía era una moneda política de uso frecuente, una moneda que, a pesar de su uso, no se ha desgastado y sigue comprando hegemonía en función de la construcción de un sujeto histórico amplio que no se basa exactamente en la conjunción de identidades diversas, que existen, sin duda, pero que no marcan la dinámica real de esta producción específica. Aunque deban ser tenidas en consideración inexcusablemente.

Son tres colores, tres banderas, que solo tienen sentido si se tienden al sol y al aire junto a las otras banderas de la unidad popular. Esa ropa tendida que flamea en las azoteas y que, generalmente, ha sido colgada allí por mujeres. Mujeres que hacen el trabajo y luego desaparecen. Mujeres que tienden, que escriben, pintan, esculpen, filosofan, luchan heroicamente, cuidan, sanan, apagan fuegos... y luego desaparecen. Mujeres que hacen un trabajo esencial pero que en gran parte siguen siendo transparentes ante una mirada que continúa preñada por los factores supremacistas del machismo y del patriarcado.

El motor real de la unidad es más bien la lucha contra el dominio y la explotación. El espacio específico, las azoteas, las calles y las plazas. Una de las fechas de referencia: el ocho de marzo.

Una mujer no nace sino que se hace. Nos dejó dicho Simone de Beauvoir, aunque, sin romper su sentido, hemos invertido en general el que quiso darle, que hablaba más bien contra el significado y el papel que el patriarcado les había dado a las mujeres, naturalizándolas, normalizándolas en su papel doméstico, apolítico, subordinado y obediente. A la contra, hablaba de una mujer nueva, feminista, autodeterminada, en lucha permanente por la igualdad frente al primer sexo. Hablaba, pues, de la mujer libre, consciente, que no se deja hacer desde la esfera del dominio.

La referencia fuerte del 8M

Y una razón tan simple, tan materialmente irrefutable, electrizó al mundo y encendió luces de alarma en los cuarteles del patriarcado. Luces ululantes, ya que el orden, tal como lo conocemos en este tiempo capitalista, no sería igual si se acababa el mundo feliz del trabajo no pagado de las mujeres y si se convertían en un sujeto histórico en igualdad de condiciones.

Pero no solo en el espacio de las azoteas, las calles y las plazas, sino en el espacio de contaminación donde se mezclan lo rojo y lo verde. Con lo cual se produce una sinestesia estratégica donde lo rojo se escribe con tinta verde y lo verde puede aparecer con letras violeta. Y a la inversa. Sin obviar que había, y hay, quien incluye la bandera de lo blanco pero no es exactamente así. La paz que se busca no es la blanca de la neutralidad sino la paz roja de la justicia social, la paz en la guerra de clases de la bandera roja contra la explotación. Pero reconozco que es un debate aún abierto.

Lo que quiero decir es que esa mezcla de lo violeta, lo rojo y lo verde es una bomba atómica contra la estabilidad del capitalismo. Por eso se intenta evitar este encuentro y por eso, dentro de cada color, se pretende una atomización permanente que pretende convertir la pluralidad real en división, en alejamiento, en enemistad.

O, dicho de otra manera, empezando de nuevo esta reflexión: el nivel económico es el determinante (en última instancia) en el seno de la dinámica circular de la sobredeterminación (mezclando sus contenidos con el nivel político y el ideológico-cultural) pero esta aseveración no anula la autonomía de los otros niveles, que no actúan así como una superestructura mecánica sino como un todo enriquecido (determinado) en su sentido por la realidad concreta, en un momento concreto, de cada uno de ellos. En el mismo sentido, la determinación de clase no es exclusivamente económica. Precisamente esta exclusividad, cuando se esgrime, es la que marca ese economicismo automático (a la hora de determinar la estratificación de clases y hasta el sentido del voto) que tanto reduce el alcance del marxismo en nuestros días.

En definitiva, salvado el asunto de la determinación en última instancia, no existe una prelación automática en la dialéctica de lo rojo, lo verde y lo violeta. No implican luchas distintas, a diferente nivel. No hay primera y segunda división. No hay un sujeto dominante sino una relación paralela, de idéntico valor a la hora de analizar el movimiento general de la alternativa al capitalismo. La prioridad no es otra que ese sujeto rojo-verde-violeta y la lucha que se desprende de él contra la explotación y el dominio. La capacidad revolucionaria siempre se ha medido desde la capacidad por unir. Unir, eso sí, una realidad compleja y articulada. Y este es el caso, pienso.

Por eso, se ha dicho más arriba, el 8M es una fecha referencial en sentido fuerte, ese que le da el feminismo, que sin duda en estos momentos comporta una estrategia integral muy articulada y de gran impulso transformador.

Publicado en el Nº 342 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2021

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